Saturday, August 18, 2012

18 de agosto de 2012

con él. Vivir rodeada de gente que no te toca para ser tú. Que nadie te maneje, no aceptar ningún constreñimiento. Pero lo que la lleva de un lado a otro, cuando ella confía en que actúa su voluntad, es la vida. Por eso, Mariana sólo es el maravilloso gesto de quitarse un abrigo. Entonces, como si algo se desprendiera del centro sin centro de todas las cosas, aparece esa figura resplandeciente en su ignorancia de sí porque se cree dueña de sí. Todos sus gestos, todos sus movimientos, todas sus actitudes, confirman la neutralidad de la figura. Mariana está como levantada en vilo por una fuerza que la sobrepasa. Cuando supone que se afirma, afirma a esa fuerza. El resultado es una incógnita que no se resuelve más que como contradicción y ha elegido a la que está segura de que se llama Mariana y es Mariana para habitarla. ¿Cuál es, entonces, Mariana? Yo la había visto y mientras escribía en mi diario que me acostaría con ella, la recordaba. Ya he tratado de evocar esa escena para ti. No es la evocación la que puede conducirnos. Hay que repetir siempre un solo instante. Quitarse el abrigo y aparecer. Ésa es mi primera y mi única imprecisión. Lo demás compone una trama. Mariana, intocada, intocable, entre los demás, los otros, moviéndose en el mundo, segura de que así se afirma.
No fue distinta su conducta al encontrarnos en el café. Como era de esperar, llegó tarde. Llevaba más de media hora sentado ante una pequeña mesa, levantando cntinuamente la vista de las páginas de un libro para mirar hacia la puerta, cuando entró segura de que alguien iba a dirigirse hacia ella. Traía puesta una gabardina. Esta vez fui yo el que la ayudó a quitársela y se quedó con la prenda en sus brazos. Es intolerable la seguridad de la mujer cuando se sabe deseada y le basta con reconocer al infeliz que isente el deseo. Mariana traía mocasines y venía vestida con una falda de tweed y una blusa camisera blanca, cerrada hasta el cuello y con mangas largas. No supe qué esperaba de mí en ese momento. En realidad, lo esperaba todo. O sea: las mujeres nos necesitan para afirmarse a sí mismas. Mariana podía actuar como si fuera independiente. Lo único que buscaba, aunque fuese lo último que pudiera hacérsele admitir pues no lo sabía, era rendir esa independencia. Yo era entonces una posibilidad. Había ido al café para averiguar que´forma tenía esa posibilidad.
Puedo decir sin vanidad que nos fuimos agradables. A mí me gustó comprobar con qué facilidad cumplía con todos los requisitos de su papel. Mujer independiente, dueña de su vida y que ha vivido. Por supuesto, era intelectual, tenía intereses artísticos; pero logró mostrarlos sin ser pedante y, sobre todo, nada opacaba su belleza.

Friday, August 17, 2012

17 de agosto de 2012

somera explicación recordatoria. Aceptó verme al día siguiente, por la tarde, no en un bar como yo le sugerí, pensando con justicia que le correspondía más a su descuidada elegancia, sino en un café.
Por la mañana, mientras llegaba el momento en que consideraba oportuno comunicarme con ella, había anotado en mi diario mi segura esperanza de que llegaría a acostarse con migo. Este diario, que ocupa ya muchas libretas, yace en el fondo de una caja junto con otros poapeles personales. Ya no lo llevaré más. Está concluido, Kaput, como mi vida. Nunca te había hablado de él. Me ha acompañado, me ha servido de testigo, desde los once años. En sus páginas anoté, con mi letra de entonces, cómo te admiraba a distancia en la escuela. Allí está, inmóvil para siempre, la fecha del primer día que nos hablamos y minuciosamente descrito el comienzo de nuestra amistad. En cambio, el diario estaba ya en el fondo de esa caja depositada en mi antiguo cuarto en la casa de mi madre, la última noche que te vi.
¡Cuántas cosas forman y deforman la vida! Si alguien repasara esas páginas hallaría que en ellas se confunden y se borran, anulándose entre sí, la verdad y la mentira y por eso, finalmente, nada es. Testimonios de una persona en los que estorba, interviniendo falseando, tergiversando, la persona. Para que esa persona deje de estorbar y aparezca la vida el único recurso legítimo es el silencio. Pero entonces, ¿quién va a ser testigo de la vida, cómo va a poder reconcerse a sí misma sin esa falsa detención en la que no puede mostrarse porque la detención la contraría? Si sólo existe la inmovilidad, ésa es la de la muerte y todo es vacuidad. Por eso estoy aquí. ¿Será cierto?
Para beneficio tuyo, quisiera rememorar mi primera impresión de Mariana, la imagen intocada por ltodo conocimiento posterior, de la que no importa si fue confirmada o contradicha por lo que viene después, imagen sin verdad ni mentira que no permanece ni dura, pero a la que nada puede tocar y por eso permanece y dura, como diría Quevedo, pues sólo lo fugaz... Deduje por su apariencia, por su conducta, por su belleza que Mariana, a pesar suyo, se conservaba secreta para sí misma. Ella vivía y por tanto se movía en un mundo determinado. Pero lo imporptante es su incapacidad de pertenecer. Seguramente, como todos, pretendía imponerse, cambiar el mundo. Es lo que conlleva en sí el convencimiento de que se posee una voluntad. Pero la misma gente entre la que vive y se desplaza le permite no conservarse sino permanecer intocada. Ella tiene una seguridad, cree ir hacia algún lado y supone que llegará a ese lado porque se lo ha propuesto. Por eso es amiga de Horacio Peña y llegó

Thursday, August 16, 2012

16 de agosto de 2012

y poblado bigote de Nietzsche. En ese tiempo leía sin cesar, en desorden, volviendo una y otra vez a ellos, los admirables aforismos que todo lo destruyen y nos dejan ante el vacío. Quizá la propia, sublime, figura del solitario de Sils-Maria era la única respuesta a ese vacío. Pero la estampilla no la representaba. Fui yo el que quise que la representara. En la estampilla que contemplaba apaisada cuando en verdad debería tener la posición contraria, se reproducía uno de esos bellos por inocuos Picassos de la época neoclásica en el que se mostraba un niño vestido de arlequín. ¿Cuál puede ser la relaicón? ¿Qué relación podía existir entre la Mariana que me entregaba diluyéndola Sara Segul y la que yo entreveía, bella y procaz, deseable hasta la locura, regalando el inapreciable don de su cuerpo a un desconocido? No es imposible que mi manera de tener a Mariaan fuera desde entonces dársela a otros. ¿Te sugiere algo?
Antes nunca me había fijado en que la casa de Bernardo Tapia tiene mil recovecos. Aunque no lo creas ya no volví a estar cerca de Mariana. A distancia, la separaba algunas veces de entre los demás. Debe haber bebido mucho esa noche. O fui yo el que bebí mucho. Tal vez los dos. Hasta bailé con Sara. En distintos cuardos, sentada con las piernas cruzadas en brazos de sillones, permitiendo que brazos que no eran los míos la tomaran por la cintura, riéndose y escuchando con mirada atenta conversaciones que deberían ser idiotas, aceptanado que encencieran el cigarrillo que acababa de colocar entre sus labios sin edad y cuya sensualidad la negaba afirmándola, veía a Mariana. Y luego, ya no estaba. ni siquiera se despidió de mí. Interrogué a Bernardo Tapia. Se había ido con el mismo ilógico Horacio Peña con quien llegara. Es él quien debe haberle puesto el abrigo. Iría a su lado en algún coche, con las piernas cruzadas. Haciendo un esfuerzo le pedí su teléfono a Bernardo. No lo sabía o me lo negó. Tuvo que dármelo Sara Segul.
Te adjunto ese teléfono y la dirección de Mariana. Es posible pero no probable que te sean útiles. Al menos, podrás localizarla. Quizá. Sin embargo, me arriesgo a declarar que nunca sabrás quién es ella, aunque confío en ti. No en balde, ni sin motivo, puede considerarse que "te la encomendé". yo tuve que marcar cinco veces ese número antes de que incierta, sin figura, en un lugar que desconocía, rodeada de objetos que no podía imaginar y que era inútil por falso tratar de inventar porque, en cambio, tenía admirable y hasta dolorosamente presente su figura ocupando un espacio concreto en algún lugar impensable y por tanto inhumano, su voz ronca, cortante y desagradable me contestara pretendiendo, tal vez con verdad que no sabía quién era yo. Le repetí mi nombre, acompañándolo de una

Wednesday, August 15, 2012

15 de agosto de 2012

bailar con alguien y me dejó hablando con Sara Segul. Sara siguió mi mirada y me preguntó si conocía yo a Mariana y qué me parecía. Supuse que le iría a contar lo que dijera y le contesté una verdad que sonaba a mentira. Me fascina, dije. Luego, mientras la buscaba de vez en cuando entre las amorfas parejas de las cuales sólo la que formaban ella y un desconocido podía significar algo que valiera la pena, traté con esa torpe habilidad que nos vuelve s´bitamente idiotas, que Sara me informara sobre Mariana. Podrás imaginarte que fue inútil. Habló de su amistad con ella, de libros que le había prestado, de lo que Mariana había comentado sobre alguna de sus relaciones, de cómo había tratado e insistido en que terminara su carrera, de otras mil banalidades que me decían de su relación con Mariana, pero no de Mariana. Lo único que saqué en claro es que se conocían desde que ambas eran estudiantes, que durante una época, no sé ni siquiera a qué época se refería, Mariana había dado clases. Pude inferir, pero oscuramente, muy oscuramente, que su conducta no había sido siempre precisamente edificante. Y eso me lo decía con mucha mayor precisión la manera en que de pronto la descubría bailando entre las demás parejas. También estarás de acuerdo: Mariana no baila, deja que la usen. tenía una forma de pasar el brazo por encima del hombro de su pareja y acariciar su cuello que me hacía desesperar cada vez que la perdía de vista. Y en tanto la incesante cháchara de Sara me impedía seguirla todo el tiempo con la vista y sin decirme nada utilizable sobre Mariana me llevaba a perderla con una dolorosa frecuencia entre los demás. Finalmente, ya no estaba o ya no la vi. Sara seguí ahablando. ¡Hasta qué extremo pueden borrar las palabras la imagen que están obligadas a construir! ¡Con qué pericia la imbecilidad les impide cumplir con la única función válida! Reparé en que Sara es judía y sus iniciales son S. S. Y no pude dejar de pensar con nostalgia en la venerable institución con las mismas iniciales.
Habrás advertido cuántas veces recurro a la palabra "verdad". Die Wahrheit. No hay tal. Uno sólo tiene lo que puede ver y no ve más que lo que quiere. A mí me ha ocurrido intentar dilucidar lo que se representaba, por ejemplo, en una postal vista desde cierta distancia y lo que veía no era lo que en verdad se reproducía en la postal, sino lo que yo esperaba que estuviese. Más concretamente: recuerdo ahora, cuando me parece tener nítidamente la imagen de Mariana y como para avisarme del posible engaño de mis sentidos, una ocsasión en la que observaba desde lejos y un tanto distraído el sobre de una carta donde había una estampilla en la que yo encontré la noble frente, elpeinado un tanto anticuado, las cejas hirsutas y el absurdo

Tuesday, August 14, 2012

14 de agosto de 2012

nados. En cambio, no tengo ni el más remoto contacto con esta María Inés sobre la que me escribes y que según tú es Mariana. No es imposible; pero admitirás que por lo menos es bastante improbable. Al no tener contacto con ella es natural, aunque no lógico, porque sé que al menos estás de acuerdo conmigo en que lo natural no siempre es lógico, que tampoco conozca a su afortunado marido, ese fantasmal José Ignacio Gozaga del que te dignas hacerme una tan minuciosa descripción. Y debo confesar que siento no haber tenido la oportunidad de admirar a los dos hijos que mencionas.
¡La impersonalidad de los pronombres personales! Digo ella y para mí es tu inexistente Marí Inés y en ese ella, para ti, está encerrada tal vez también Mariana. No soporto la imprecisión de la trama. Dentro de ese plano preferiría que no hubiese ninguna. ¿En dónde nos movemos, hacia dónde vamos? ¿Te es posible vernos a ti y a mí hace tantos años en el jardín de casa de mi madre? La jacaranda estaba florecida. El puro estallido morado que siempre nos fascinó y siempre esperamos como una misteriosa comprobación de que el tiempo se movía para regresar al mismo lugar. Una comprobación banal y por lo demás falsa. No obstante, no es mentira que nuestra incomprobable complicidad nos hacía uno solo. Siempre te recuerdo hablando con mi madre y conmigo pensando que, por lo que decías, ella ---mi madre, mi única e intrasnferible madre--- debería desear que su hijo fueras tú, siempre me recuerdo conversando con tus padres y me atrevería a proferir la arriesgada afirmación de que ellos hubieran querido que su hijo fuera yo. Después, a solas, tú y yo, no nos preocupábamos en lo absoluto de eso. Demasiado inmersos en la sucesión de los días y los meses para reparar en nuestras semejantes diferencias. No hay semejanza, Esteban, no hay diferencia. ¿Te acuerdas a la salida de la escuela? Una vez, en el camión, tú te pusiste detrás de una señora. Yo te veía. Al dejar el camión lo comentamos Los dos estábamos excitados. Pero Mariana...
Estarás de acuerdo en que de pronto Mariana se ve muy joven. A lo más una adolescente. Esa impresión se borra en seguida. no deja de verse joven; pero simultáneamente es otra cosas. Mientras estábamos sentados en el sofá en un momento dado Mariana se quedó muy quieta con un brazo extendido a lo largo de la pierna, un cigarrillo en la mano y la mirada perdida hacia adelante, sin ver nada, a ninguan de las personas que bailaban o hablaban formando en el enrarecido ambiente de la reunión. Pensativa. Mariana pensativa. Ese pensativa, mucho me temo,c onsiste en no pensar. Había subido la otra pierna al sofá y se sentaba sobre ella. En seguida se levantó a

Monday, August 13, 2012

13 de agosto de 2012

Casi podría asegurar que ella respondió con Baudelaire. Luego sé que ya no estábamos bailando, sino sentados en un largo sofá donde también se encontraba Sara Segul. Había olvidado mencionarte que despedirla era el motivo de la reunión. Y mucho más lo había olvidado yo en ese momento; pero iba a serme muy útil. Conocer a la gente y el ambiente en que se movía Mariana fue constatar su petenencia a una cierta forma, a una manera y un tono de los que yo buscaba mantenerme apartado. Sin lograrlo siempre. Hay que onstatar nuestras debilidades. Y la impredecible ventaja de nuestros desmayos. Nunca se ha pensado lo suficiente en hasta qué extremos la voluntades uno de nuestros enemigos. Allí estaba yo, prisionero de todos mis prejuicios, organizado y armado como figura por toda la serie de reglas personales que me imponía, tratando de pertenecer a algo que negaba, porque la incierta realidad que se llama Mariana se movía en esa zona. Fui amable con Sara Segul, cambié opiniones con Horacio Peña, aceptando las suyas, lo que es casi inadmisible, y en ese largo sofá, con un vaso en la mano, exclusivamente estaba atento a cómo escuchaba Mariana y cuáles eran sus actitudes. Pero es muy posible que ella ni siquiera escuche. Tiene una desconcertante manera de pertenecer manteniéndose aparte. Su cuerpo está presente; ella está en otro lado; pero ese indeterminado lugar parece en muchas ocasiones inaccesible para ella misma. ¿Por qué llegar con Horacio Peña? ¿A cuenta de qué ser tan amiga de Sara Segul? El conjunto defalsas costumbres, de falsas actitudes, de falsas intensidades. Y en Mariana nada es falso, nada puede ni siquiera llegar a aser falso. Lo que es verdad es que muy probablemente nada es. De pronto, me pregunté si a su vez ella hablaba para mí. Parecía haber compartido un gran número de sucesos con Sara. Era la amiga, esto es la acompañante, de Horacio Peña. Lo que es indudable es que estaba en el sofá con las piernas cruzadas y cuando Bernardo Tapia se acercó por detrás apoyando lasm anos en el respaldo del mueble para ofrecerle algo de beber, ella echó ligeramente la cabeza hacia atrás y volvió hacia él los ojos para contestarle. El trazo de su cuello a artir de los añchos hombros, la cabeza cercada por el pelo castaño y los dientes apenas revelados entre los labios entreabiertos eran irreprochables. Movía de arriba abajo en el aire el pie que no se apoyaba en el suelo graias a sus piernas cruzadas.
Conozco a fray Albert Gurría. Es un personaje contradictorio con el que e tenido el placer de muchas discusiones en las que ninguno de los dos decíamos lo que creíamos. Creo que él no sabe lo que cree; pero yo tampoco. Eso nos hacía extremadamente empeci-

Sunday, August 12, 2012

12 de agosto de 2012

tiempo sin medida o sin tiempo, igual que sin saberlo, al contemplarlo uno quiere entrar a un cuadro, ser parte de él, aunque el mismo cuadro lo expulse, porque su representación está desprovista de toda psicología y allí se sería un intruso. ¿Te ha pasado? A mí con particular intensidad ante un mismo cuadro siempre, un Memling, Las bodas de Santa Catalina que está en el Metropolitan Museum de Nueva York. Ese momento de suprema belleza en que ella recibe el anillo que la une para siempre al espíritu. Quizá lo intolerable de la realidad es que es mucho más torpe que la pintura. Se tienen que realizar acciones prácticas, dirigidas hacia un fin concreto y uno abomina lo práctico y lo concreto. hay que estar como muerto en la vida, tal como ocurre en la pintura.
¿Adviertes la bajeza de lo cotidiano? Era una reunión, había otros invitados, y recurriendo a todo tipo de subterfugios viles conseguí finalmente estar al lado de Mariana. Túc conoces su voz. Me fascinó de inmediato porque me fue repulsiva. El primer impulso ante un contacto directo es siempre apartarse. Ella iba a hablar, estaba hablando ya de lo que se habla en las reuniones. Si continuaba a su lado iba a conocer su historia. No la sé, nunca la supe. Recuerdo que esa primera ocasión, ineseperadamente, estábamos solos. Quizá no es cierto. Invento, compongo la escena. Lo que no se puede negar es que en un momento dado estaba bailando con ella. Pero no bailábamos, más que bailar le hablé, hablamos. Tenía, sí, su espalda contra la palma de mi mano. Mis dedos deberían extenderse por esa superficie desconocida, pero no estaba atento a mis dedos, más que ahora, en el recuerdo. Reconstruir una escena es odioso. Mi único placer es la turbación que debo estar provocando en ti, en este instante, mientras lees, que ya no es el instante en que escribo y sin empargo es el mismo.
Esto ya no pertenece a ningún tiempo, es abstracto y resulta más fácil mencionarlo. Sostuvimos una conversación ---nunca sé cuando una conversación es un diálogo y cuándo dos monólogos en los que lo raro es que lo que uno dice se dirige al otro y lo que el otro dice a su vez está encaminado a impresionarlo a uno, como si hubiera un uno y un otro--- en la que yo recurrí a dos viejas y permanentes pasiones: Blake y Dante Gabriel Rossetti. Es imperdonable usar la poesía para eso y sin embargo, quizá la poesía sólo es para eso. Con esos ejemplos, claro, el tema fue la alucinación y la decadencia. Todo es alucinación y todo es decadencia. Es una alucinación suponerse Dante porque se lleva el mismo nombre y por eso se es decadente. Pero ¿qué importa ahora?
La cultura de Mariana es francesa. Alucinación y decadencia.

Saturday, August 11, 2012

11 de agosto de 2012

En cualquier forma, allí estaban las montañas, pobladas hasta el deliro de coníferas, como siempre ocurre pero que en este caso correspondían a su dimensión amable, hay que decirlo y con múltiples caminos que serpenteaban por ellas perimitiéndonos transitar por el bosque como si no termináramos de salir de su acogedora umbrosidad. De pronto, podria advertirse bajo un arroyo plateado como una tersa lámina que se extendiera siempre demasiado lejos e inalcanzable. Y luego un rumor sostendio de lluvia incesante se nos atniticpaba. El oído precedía a la vista. Ese arroyo u otro arroyo, que era el mismoa, se había puesto de pie y nos enfrentaba como una caída de agua en la que el ruido que había llegado antes hasta nuestros sentidos se convertía en otra inexpresable lámina plateada cayendo entre los pinos.
El final de ese maravilloso despliegue es el inevitable y abominable merendero de siempre, con más automóviles, más autobuses estacionados en cualquier explanada abierta a costa de los pinos y poblada hasta la furia por visitnates con cámaras fotográficas y ojos rasgados que jugaban sin saberlo o habiendo interiorizado este conocimiento hasta olvidarlo, a ser occidentales y conseguían ser igualmente execrables. El paisaje conservaba su maravilla hasta en medio de ese lamentable fin de fiesta, pero no era nada para mí, en el sentido de que me sabía incapaz de utilizarlo porque estaba desprovisto de contenido al no poder conducirme hasta la fantasmagórica categoría del recuerdo, de todo lo cual hay que deducir que no somos más que ese trazo de hilos que se entrecruzan y se mezlcan para formar un tejid y con el cual armamos una historia que siempre está atrás, configurándonos, otorgándonos el dudoso don de la existencia.
Cuando Mariana se despojó del abrigo y apareció ante mí en todo su esplendor, con su vestido negro,s in saber que yo la miraba, era todavía como ese paisaje, no pertenecía a mis historia, no era más que una pura apariencia deslumbrante y sin recuerdos cuya misma belleza hacía imposible todo intento de situarla. Pero uno nunca sabe eso al hallarse frente a una persona que conlleva sin ningún peso, como si no le perteneciera, porque uno no lo conoce, su propio pasado. Mariana recibiendo en lamejilla el beso de Bernardo Tapia mientras le daba la mano y con Horacio Peña a su lado creaba un espacio neutro, separado del mundo, sin nada a su alrededor. Creo que yo no dejé de hablar con las amorfas figuras que tenía cerca; pero desde ese instante, desde ese preciso y minucioso y eterno instante, desde ese instante detenido en la cumbre de su perfección, mi única meta eraprenetrar a ese espacio neutro, formar parte de su

Friday, August 10, 2012

10 de agosto de 2012

incestante y Mariana vuelve a mostrarse, ésa es Mariana. Mariana, entonces, sólo es el recuerdo de Mariana.
No es desechable la afirmación de que esa certeza me ha traído aquí. El recuerdo llena un vacío. son nuestros propios, intangibles, inapreciables sueños los que van creando la textura mediante la cual ese vacío se disimula. Hay que recueperar el vacío. Nuestro fantasmal enemigo es la imaginación o peor aún ese continuo alimento suyo que es la apariencia. Pienso de pronto en una apariencia esplendorosa y que no significara nada, ante la cual nuestra imaginación se quedara en blanco, cegada por su mismo esplendor. Una apriencia desligada de todo recuerdo. Cuando algo aparece, en realidad no nos dice. Es sólo después cuando el recuerdo empieza a colmarla de sentido. Imposible dilucidar quién guía al otro elemento. ¿Elemento? Su carácter no posee una naturaleza idéntica. Al contrario, son enemigos. Enemigos que se requieren para formar una doble unidad.
Me atrevería a suponer que aquí he pasado por una experiencia que confirma mis siempre evanescentes suposiciones. Antes de mantenerme inmerso en el vacío primigenio he solicitado a las apariencias. Tú sabes, es lo que hace todo turista Recorrí lugares, lo que no equivaldría más que a decir: vi cosas. Pero aquí, aunque sea igual, todo era nuevo, todavía no se confundía con el recuerdo, no suscitaba nada, no me pertenecía en tanto pasado. Es sólo ahora, mientras escribo suponiendo que tú leerás, que empieza a organizarse como una experiencia asimilada, suponiendo con la vana pretensión que nos acompaña como nuestra propia piel, nuestro límite, que algo o alguien se asimila. Se dirige uno, se deja guiar, a uno de esos sitios de recreo favorecidos por el populacho. Casi no es necesario inferir que se tratará, por sabido debería callarse, de un lugar bello. La belleza en estos casos es lo aceptado como belleza. Debe eliminar toda sorpresa, cualquier convulsión y guardarnos en su amable hábitat. Previsiblemente, setrataba de eso; el sitio era bello a pesar de la invasión de los que momentáneamente asumían el esparcimiento como actividad. Una profusión de seres que ya en principio me eran ajenos. Pero estaba la naturaleza. Ese mundo era extraño para mí, lo que equivale a decir que conservaba su capacidad de sorpresa y por tanto era más bello aún. Parece estarse mostrando en otra dimensión. todo es más preciso, más recogido, pero no más concentrado, sino igualmente incesante, disperso, que en todos lados. Había unas montañas pequeñas, podría sugerir que amables en su dimensión, si no fuera porque esos adjetivos pertenecen a dos categorías diferentes, la última de las cuales se coloca dentro de los sentimientos y no debería aplicarse a las montañas que no los tienen.

Thursday, August 9, 2012

9 de agosto de 2012

Peña la auxilió en esta rutinaria operación y se quedó con la prenda en los braazos. Yo registré la belleza y la elegancia de Mariana. Sus amplios hombros desnudos, cuyo dibujo a la punta de plata señalaba peculiridades que sólo se repiten en la más exlusiva historia de la pintura, hacían más notable y moderno su trazo divididos por los estrechos tirantes de un vestido negro cuyo género de tela tiene que haberme pasado inadvertido en el preciso movimiento mediante el cual ella se desprendió de su abrigo. La ropa implica una desnudez anterior. Supongo haber visto a Mariana desnuda en ese primer gesto. No obstante, tuve que esperar una eternidad para ir más allá de la fulgurante sensación de elegancia. Por el frente, su escote era discreto; el vestido recto se le ceñía al cuerpo y permitía admirar la alta gracilidad de su figura; me disgustó que no traí a medias. Las mujeres, en su animalidad, deben poner especial cuidado en ocultar o al menos disimular en la medida en que las modas les dan ocasión de servirse de sus atributos, esta característica demasiado obvia y por tanto hiriente; pero yo olvidé ese descuido, que antes otras apariciones súbitas puede parecer imperdonable, en el registro de su cuello y su rostro, en la irrupción de ese trazo exlusivo en el que, como tú ahora sabes, la animalidad es susceptible y capaz de dejar el paso libre a una espiritualidad perteneciente al reino de lo intangible y tanto más inexplicable cuanto que se manifiesta por el burdo y sin embargo fascinante e inagotable medio de esa misma expresión de lo animal que nos desconcierta y nos atrae tan vigorosamente porque en ella encuentra la vía (que en sí misma la contradice) para manifestarse esa espritiualidad por la que, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos dejar de experimentar una aguda y perenne nostalgia.
Imposible constatar que nos hallamos ante la verdad. Las circunstancias conllevan en su fugaz interior otra realidad o la inapresable y por ello más urgente existencia de otra realidad que se le opone y anulándola no la hace existir menos por ello. No me encuentro frente a lo que vi, sino más precisa y dolorosamente ante lo que veo en un tiempo que no se inscribe en el pasado ni en el presente, sino que flota en el seno de una exigencia de la imaginación ocupando un lugar nada más en este papel rico y amarillento, que adquirí con vastas dificultades en otro lugar y en otro tiempo, y el lenguaje muestra a través de una serie de signos despojados de su calidad de representación de un significado para la gente que me rodea en este momento. Empero, en este sitio inexistente, constituido por otro instante doble en esta ocasión y que se repite en el momento en que yo escribo y tú lees lo que yo he escrito, momento en el que el instante se repite

Wednesday, August 8, 2012

8 de agosto de 2012

IV. CARTA DE ANSELMO

Me preguntas quién es Mariana. Yo me interrogo a mi vez sobre mi capacidad para dirimir esa incógnita o, en última instancia, cualquier planteamiento formulable en términos de leguaje. Los hechos son dolorosamente engañosos; ninguna interpretación expresada en palabras puede encerrarlos. Pasa algo y se desvanece. Lo que pasó es irrecuperable; pero tampoco sabemos en qué consiste. Así es Mariana. El lenguaje debe renunciar a definirla. No obstante, tampoco disponemos de otro instrumento. Trataré de responder a tu pregunta.
Al mostrarse por primra vez, toda persona empieza a depender de nuestra memoria. Recuerdo ahora el instante inicial. Mariana llegó a una fiesta en la casa de Bernardo Tapia, el director de la Facultad, escoltada por Horacio Peña. Él tampoco debe evocar en ti de inmediato una imagen fulminante en el recuerdo. Homosexual, pelo negro y bien peinado, excesiva camisa de seda, fistol con perla en la corbata, piernas largas y paraguas. No puede aseverarse que la reunión fue un éxito, a pesar de la calidad importada de las bebidas. Cónclave demasiado heterogéneo. Yo me refugiaba en un rincón tratando de proferir alguna palabra inteligente que resultara inteligible para un grupo de alumnas. Algunas no eran totalmente despreciables. Lo que en verdad sucede sólo puede asimilarse a través de una súbita cristalización del instante. El espacio se inmoviliza y se abre a la evocación.
¿Recuerdas? Ésa es la única pregunta. yo vi a Mariana y no supe lo que veía. Lo pensé después; vuelvo a pensarlo ahora. Ninguna de las dos acciones voluntarias es real. En cambio, el instante se ha perdido ya para siempre. Conoceos esa inútil desesperación. Pero basta. Cuando yo vi a Mariana desde mi rincón, en el momento en que me llevaba el vaso a la boca, pero antes de tener en ella el sabor de su contenido, Bernardo Tapia se acercaba a saludarla. Horacio Peña la llevaba tomada del brazo. Mariana conservaba puesto todavía el abrigo. Su mano debe haber encontrado la de Bernardo Tapia al mismo tiempo que su mejilla recibía el beso amigable y efusivo que él le dio. De este hecho banal tenemos que deducir que Bernardo la conocía. Acto seguido, Mariana se despojó del abrigo. Horacio

Tuesday, August 7, 2012

7 de agosto de 2012

otro. En su cuarto, cuidadosamente doblado sobre la silla, con la gorra encima, lo esperaba el uniforme que se pondría al día siguiente. Evodio Martínez hizo la señal de parada y se subió al camión. S esentó junto a una de las ventanillas. Como siempre el camión estaba casi vacío. Conocía el ruido del motor. Las calles desfilaban antes sus ojos No esperaba nada, no pensaba en nada, quizá tampoco deseaba nada. Y entonces, en el silencio, regresaron las sirenas.

Monday, August 6, 2012

6 de agosto de 2012

de ella entre gentes conocidas. Y de pronto pasaba el tiempo y no se escuchaba nada. Las sirenas se habían alejado para siempre. Pero regresaban, invocadas por un súbito temor del que Evodio se reconocía culpable.
Se incorporó en la cama y sentado en la orilla se inclinó para quitarse los calcetines. Ni siquiera escuchando con atención podía percibir ningún ruido y le era imposible reproducir voluntariamente el lamento de las sirenas. En cambio, el agua ya debería estar caliente. Evodio salió de su cuarto. La televisión no estaba prendida. No debía haber nadie en la casa. Entró al baño. El agua corrió por su cuerpo. Sólo el agua resbalando silenciosa por el cuerpo. Salió del baño con una toalla alrededor de la cintura. Aurora había regresado ya a la casa. Le sonrió a Evodio cuando él pasó de regreso a su cuarto. La pantalla de la televisión brillaba en el silencio. A pesar de las burlas de sus hijos, a Aurora le gustaba prenderla sin poner el sonido. Quizás a Evodio le hubiese gustado hablar con su madre de los desconcertantes sonidos que parecían perseguirlo. Mucho tiempo atrás ella les ayudaba a hacer las tareas y sus conversaciones con Ernesto no deberían haber sido sencillas. pero Evodio se vistió y salió a buscar a Irene.
Fueron al cine. La atención de Evodio siempre se dividía entre su curiosidad por la película y el conocimiento de que Irene estaba a su lado esperando a que empezara a besarla. Ahora algo de la violencia en la acción que se desplegaba en la pantalla le pertenecía sin poder distinguir si era él quien golpeaba o recibía los golpes. Lo importante era esa sensación d epersecución continua que le producía la película. Sólo desde allí se volvió hacia Irene. Sus labios duros encontraron los de ella. Le desabrochó la blusa. Sus manos tocaban los pechos. Muy pronto todo el mundo cerrado que era Irene estaba a su disposición y las manos de ella también buscaban y encontraban a Evodio. No hay final para ese movimiento. Una y otra violencia, dulce y desconocida, en medio de una oscuridad cada vez más clara y yendo desde ella hacia la pantallay volviendo hacia ese cuerpo del que la ropa se desprendía y al que era imposible penetrar. La mano de Irene estaba en su sexo, pero Evodio ya no eyaculaba como cuando lo tocaba Adela, sino que el contacto era menos directo y lo hacía sobre su ropa. Dejó a Irene, como siempre, en la puerta de su casa, después de besarla una última vez, sin recordar ya ni la película ni las caricias en el cine. 
Todo estaba callado. Esperó bajo la luz del farlol la llegada del que debería ser uno de los últimos camiones. Nunca había dejado de gustarle regresar a su casa entre los pocos pasajeros ignorantes uno del

Sunday, August 5, 2012

5 de agosto de 2012

guiera una vez su cuerpo durante un instante bajo el transparente camisón. Su desnudez era una terrible y sumisa entrega al secreto deseo que Evodio mismo desconocía. Desnuda e inmóvil sobre los blanco strapos mientras por debajo de ella toda blancura avanzaba hacia los rodillos. María Inés no estaba herida, no había forma de herirla. Nada la levantaba y sin embargo, el movimiento mismo del alimentador creaba su detención. El cuerpo era un cuerpo. Nada más. Ernesto y Ricardo no iban a moverse nunca. María Inés son sabría jamás de su existencia. Desnuda, ajena, ignorante de sí, flotaría sobre lo blanco, envuelta en la oscuridad. Y Evodio no iba a despertar. Poco después, mientras leía su curso por correspondiencia en espera de María Inés, empezó a escuchar las sirenas. Primero intentó localizarlas a su alrededor. ¿Dónde podían estar tantas ambulancias? El aullido debía alejarse, tenía que llegar a su meta. No había ambulancias. Era inútil buscarlas. Ni adentro ni afuera. Lo interior se había hecho exterior.
Sin embargo, Evodio no volvió a recordar. El sueño regresó al olvido. Nada más se quedaron las sirenas. Sombras sin realidad avanzando sin poder llegar a su meta, sin encontrar su término, igual que todas las otras imágenes, pero sin forma, un puro aullido perdido en su propia intensidad. No se decidió a hablarle a Irene de ese continuo lamento del que esperaba liberarse. Quizá fuese el temor el que lo atrajera. Huyéndole, Evodio se hacía cada vez más prisionero de otro tipo de espera. Estaba en el silencio, a la expectativa, fingiendo una tranquilidad que no sentía, en tanto María Inés acababa de bajar del coche, y al poco tiempo de regresar a su lugar frente al volante, las sieranas de las inalcanzables, inexistentes, inasibles ambulancias lo rodeaban. Luego, el aullido desaparecía;  pero él no sabía cuándo. Tal vez ya no iba a regresar; quizá no había existido nunca. Podía ver a María inés sentada en el rincón de costumbre en el coche. Llegaba a la casa y lavaba los automóviles bajo los árboles. Luis le hacía preguntas cuando Evodio iba a recogerlo a la escuela. Llevaba a los dos niños a casa de unos amigos y María Inés entraba a la cocina a preguntarle si se habían quedado contentos. Pero mientras Matilde y Zenaida le servían en silencio, el interminable lamento había resonado de nuevo durante un tiempo sin medida en la cocina. 
Lo mejor era ignorarlo. Con Irene tampoco era distinto . Las voces, los ruidos, los rumores que llegaban de afuera adquirieron otra realidad; pero lo difícil no era distinguirlos, sino quedarse en ellos, aunque también estuviera el silencio, roto sólo por los suspiros y quejidos del cuerpo que Irene le dejaba tocar en tanto ella también buscaba el de Evodio, y la fugaz tranquilidad de saberse en la casa

Saturday, August 4, 2012

4 de agosto de 2012

dormía solo ya. No pensaba en nadie, no recordaba a nadie al meterse bajo las sábanas que Aurora conservaba inmaculadas para él. Al día siguiente iría a trabajar e Irene sabía dónde trabajaba, pero nunca se hablaba de eso. Tal vez lo único malo eran los sueños. Sin embargo, los sueños se mencionaban todavía menos y Evodio ni siquiera hubiese podido reparar en que Irene nunca estaba presente en ese espacio agitado, fuerta del tiempo y presidido por el olvido.
Después de la primera comunión de Luis y Mercedes, Evodio tuvo cuatro, cinco, seis veces un mismo sueño recurrente. La imagen se quedaba fija, como si su misma exterioridad se negara a perderse en esa pura continuidad sin fin dentro de la que se diluía fuera de toda posibilidad de recuerdo más allá del ámbito cerrado en que, sin pertenecerle a nadie, la imagen misma poblaba un mundo suficiente y autónomo. El olvido se convirtió en memoria. Abierto a la contingencia, su feroz energía dejaba a Evodio girando sin moverse alrededor de esa imagen única en la que se perdía cualquier voluntad de ser otro y de la que no se podía apartar porque sólo estaba en ella. Nada más allí, donde todo se detenía, era posible vivir; pero precisamente allí era imposible vivir al tiempo que se avanzaba por el día y se veía moverse a todo lo que debería quedarse quieto igual que ocurría en el espacio donde el oscuro deseo que se desconoce se vuelve todo luz y su negra certidumbre se repite hasta la locura. Era otra vez el ámbito neutro y concreto en el que el polvo caía incesante. De pie frente al alimentador de la carda, envueltos en una oscuridad que salía de ellos, inmóviles y sin rostro del mismo modo que Evodio perdía su cara entre la gorra y el cuello del uniforme, Ernesto y Ricardo, ni muertos ni vivos, desaparecidos y presentes, enormes figuras sin espacio que ocupaban todo el espacio borrándolo a su alrededor, contemplaban desde su inalcanzable distancia el alimentador de la carda que avanzaba hacia los rodillos indiferentes en su movimient y lleno de os blancos pedazos de trapo que Evodio colocaba en la tirante lona. En el otro extremo, ajeno a la presencia de sus hijos, separado de ellos por las demás máquinas, estaba Jacinto, alimentando también su rompedora. No había ninguna posibilidad de que se enterara de lo que pasaba ante la carda de Evodio. Él estaba en su trabajo, cerca y lejos, perdido en la tarea en que se encontraba a sí mismo. Pero en el alimentador de la carda, entre los blancos trapos, sin llegar nunca al rodillo que debería destrozarla y sin embargo entre los blancos trapos, se hallaba María Inés. Desde su oscuridad sin rostro Ernesto y Ricardo lo sabían. El cuerpo luminoso de María Inés surgía de esa oscuridad, era esa oscuridad. Y estaba desnuda; podia verla con infinitamente mayor precisión que cuando distin-

Friday, August 3, 2012

3 de agosto de 2012

el automóvil. Tantas oportunidades que no le interesaban. Nada más una manera de epserar en tanto María Inés estaba lejos y debería regresar a ocupar su lugar en el coche. Sin embargo, una inesperada posibilida surgía de allí. Evodio había leído en efecto que se podía seguir un curso por correspondencia para llega a ser camarógrafo. La información le fue tan ajena como cualquier otra. O quizá no. Hay una memoria que no revela los motivos por los que se conserva. A través de ella podía ser distino de lo que enseñaba el uniforme. En cualquier forma, Evodio había hablado de algo que ahora ya era un proyecto. Ante Adela y su madre, Irene palacios lo ha´bia escuchado y él entraba a la ligera diferencia que advertía como alguien diferente también.
No empezó a verla a solas, aunque irene siguió yendo a la casa con Adela, hasta que le llegaron los primeros papeles del curso por correspondencia y consiguió entablar una cierta relación de amistad no con ningún camarógrafo pero sí con algunos ayudantes de cámara, encargados de la escenografía y utileros. Era casi imposible unir los primeros voluminosos, espectaculares sobres llegados de ninguna parte con la gente que Evodio trataba en los pasillos primeor y luego en el café de los estudios de televisión. A solas, leía; con sus nuevos conocidos, escuchaba; pero el centro tenía otra naturaleza que cualquiera de los extremos. Sólo así Evodio podía haber hecho los movimientos indispensables. No era él; él estaba ausente. Con el uniforme, entrando a sí mismo, miraba a María Inés, la esperaba; pero la esperaba leyendo sus manuales y entonces veía la imagen de Irene, una imagen imprecisa a la que, no obstante, deseaba llegar. 
Había transcurrido mucho tiempo cuando fue a buscarla a la casa de ella uno de sus días libres Lo pasaron a la sala, como si lo esperaran. Irene vivía con sus padres y varios hermanos menores. Era normal, como Adela, con una discreta juventud que podía versecomo belleza, más joven que la hermana de Evodio. Aceptó salir a tomar un café con él. Se hicieron novios. Luego Evodio la llevaba con sus nuevos conocidos de la televisión. Un amor sin olores, con seguridad. Se citaban en casa de Irene, iban al cine, Evodio cenaba con la familia de ella. La deseaba siempre, pero Irene era virgen y había que cuidarse; sólo podía tocarla, sin límites. E Irene lo admiraba y lo quería. Evodio estaba a gusto en la casa de ella e imaginaba un futuro. Algún día viviría lejos, con Irene, después de ocuparse de las cámaras. Luego regresaba a su casa en camión, muy noche ya, aprovechando el último viaje. La ciudad estaba en silencio y las calles vacías. Pero al llegar a su casa el uniforme doblado lo esperaba en la silla, junto a su cama, en el cuarto donde desde la boda de Sereno

Thursday, August 2, 2012

2 de agosto de 2012

ble densidad de los sueños. Evodio empezaba la noche sin hablar, despojado ya del uniforme, sentado junto a Aurora, con las largas piernas extendidas y los brazos cruzados sobre el pecho. Ella tenía ya una televisión y tampoco hablaba nunca. Luego entraba Jacinto, que ahora tenía que tomar un camión para llegar a su nueva casa; después Adela, siempre sola, mirando a Evodio, a punto de hablarle, con una expresión apenas ansiosa, que él no advertía, y sin llegar a decirle nada nunca; el último era Sereno, pero conforme pasó el tiempo, Jacinto se retrasaba más que nadie. Algunas noches, en silencio, como si saliera de su sueños o entrara a ellos, Evodio lograba escucharlo entrar trastabillando. Pero siempre se quedó quieto en su cama, consciente de que Sereno no había despertado.
Nadie se sintió a sus anchas en la boda de Sereno. La novia ya había ido a la casa, los padres ya habían ido a la casa; la familia de él ya había ido a la casa de ella, pero nadie se sintió a sus anchas. Sereno se iba, de otra manera que Ernesto y Ricardo, pero se iba. Y se fue, mucho más que definitivamente. La única que lo veía de vez en cuando para hablar en verdad con él era Adela; sin embargo, sin decírselo, Evodio también recordaba la biblioteca y hubiera querido estar cerca de su esposa, contearle de los hermanos a los que no conoció de una manera distinta de lo que quizá lo haría Sereno, decirle cómo eran sus padres, recordar para ella que Sereno y Adela lo guiaron la primera vez que fue a la escuela. La esposa no era más alta que Sereno y también usaba lentes.
Adela trabajaba ya y una tarde, al regresar Evodio, la encontró con una compañera: Irene Palacios. En vez de la oscuridad de Carmela, una sencilla transparencia. Su tono de voz era más claro y hablaba de un modo distinto. Se vestía con el mismo tipo de ropa que Adela usaba ahora y tenía una figura parecida a la suya. Al verla, Evodio se avergozó de su uniforme. Eso era nuevo. La muchacha no parecía reparar en él; fue Evodio el que permaneció en el cuarto junto a Aurora, fingiendo una indiferencia que no sentía ante la súbita irrupción de alguien que podía ser Adela pero no era Adela, cuya procedencia le era desconocido y no podía situar. No había ningún misterio, sólo tal vez la ligera diferencia en una forma conocida de atractivo; pero de pronto Evodio también quería ser diferente. Entonces Adela hizo que él entrara a la conversación preguntándole por su trabajo. Evodio se sorprendió respondiendo que eso no importaba y luego empezó a hablar de la televisión y terminó comentando que él iba a ser camarógrafo.
El sitio al que se quiere llegar es siempre otro. Ahora Evodio leía continuamente revistas técnicas de todo tipo mientras esperaba en

Wednesday, August 1, 2012

1 de agosto de 2012

te, no lo buscó. Pero nadie busca nunca el principio de nada. Si es así, no ocurre. Un día se dio cuenta de que giraba alrededor de María Inés y se lo ocultó de inmediato. Pero la revelación no era product de un pensamiento sino de una imagen, tal vez de muchas, y las imágenes persisten, están presentes antes aun de mostrarse para la conciencia. Quizás había una imposición central; María Inés en bata en el antecomedor mientras Mercedes y Luis desayunaban antes de que Evodio los llevara a la escuela. Había pasado mucho tiempo trabajando en la casa. Pero ésa era la imagen primera. María Inés en bata de pie detrás de la silla de Mercedes y Luis, estando Evodio presente, con la gorra en la mano, había levantado de pronto los codos para arreglarse el pelo. La bata se abrió y dejó ver un instante su delicado camisón tras el que se mostraba su cuero. Evodio lo vio. Un instante. Su cuerpo. Pero un instante es todo el tiempo.Evodio lo vio, no vio nada, no supo lo que veía. Fue sólo después, mucho después, en el coche, cuando empezó a ver lo que siempre había visto: María Inés sentada en un rincón mirando por la ventanilla, mirando hacia el frente, con las piernas cruzadas; María Inés prendiendo un cigarro; ordenándole a dónde había que ir; bajándose del coche mientras él detenía la puerta y la falda se le levantaba y a veces su escote dejaba ver sus pechos. Y Evodio nunca estaba presenta para ella y así era mejor: era imposible suponer que María Inés podía pensar que estaba presente para ella. Sólo la imagen, inalcanzable y por eso permanentemente viva. Evodio casi nunca entraba a la casa más allá del antecomedor. No esperaba nada, no deseaba nada; ponía su gorra en la percha y comía en silencio.
Al salir del trabajo, varias veces a la semana, le era intolerable tener que ir a unos baños públicos. Empezó a hablar con Sereno de la posibilidad de cambiarse de casa. Su hermano pensaba casarse; pero Evodio conseguía todo lo que se proponía. Se cambiaron y tdos empezaron a dormir en camas. Sereno y Evodio en un cuarto; Aurora y Jacinto en otro y Adela en la sala. Al principio, era perturbador estar lejos del suelo; pero más que eso, para Evodio, al despertar de pronto en la oscuridad, lo extraño era el silencio. Los jirones de sueño se quedaban colgando en ese vacío y su persistencia giraba alrededor de la lejanía de las respiraciones de Adela, Aurora y Jacinto. Evodio escrutaba la oscuridad. Nada. Las sombras de Ernesto y Ricardo deberían estarlos buscando igual en la otra casa. Se sentía culpable; pero lo olvidaba por la mañana. Era correcto que Adela durmiera en el otro cuarto y él tenía su baño, sólo que aveces, al regresar del trabajo, era el agua la que parecía alimentar los pensamientos que através del recuerdo abrirían la entrada a la impalpa-

Tuesday, July 31, 2012

31 de julio de 2012

entró José Ignacio. Tres días después, María Inés le dio la dirección del lugar donde tenía que mandarse a hacer los uniformes que ella deseaba. Tres juegos de uniformes. Probándoselos, Evodio se vio por primera vez con gorra frente a un espejo. La frente dura y amplia sobre la que descendía la visera, las cejas delgadas y los ojos claros apenas desorbitados como si los párpados no pudiesen contener la secreta inquietud de la mirada que iba de un lado a otro sin fijarse nunca, la nariz que se respingaba desmesuradamente y dejaba demasiado descubiertas las fosas nasales haciendo más frágil y nervioso el trazo de las aletas, la ruda y larga curva sobre el labio superior que a pesar de su tamaño no lograba ocultar por completo los recios, blancos dientes en esa boca grande con algo equino cuyos labios magros y pálidos apenas se juntaban. La quijada también tenía un remoto aire animal en su firmeza, pero los altos pómulos salientes le devolvían su inesperada delicadeza a ese rostro duro, tierno y ahora extrañamente impersonal, al verse enmarcado por la gorra y el severo cuello gris del uniforme. Evodio sintió una intensa aversión por su cara. Hubiera querido que hubiese un vacío entre la gorra y el cuello del uniforme, ser nada más su largo, estrecho cuerpo con los amplios hombros y la gorra al final. Sin embargo, ya había advertido la admiración de Matilde y Zenaida. Conforme pasaron las semanas y los meses esa admiración se transformó en un respeto casi sagrado en su ingenuidad, subrayado por el hecho de que delegaban poco menos que enteramente la posibilidad de hablarle en la cocina en Felipa. Fuera, Evodio podía conversar con el sirviente o el jardinero, pero apenas entraba a comer se hacía un silencio que sólo permitía escuchar el ruido de los cubiertos y los platos. Y luego María Inés entro un día, vio a Evodio comiendo con la cgorra puesta y dijo que había que poner una percha. Evodio colgaba cuidadosamente desde entonces su gorra en esa percha, se alisaba el pelo con las dos manos y se sentaba a la mesa a comer en silencio, servido por las dos muchachas que sólo hablaban para preguntarle qué quería después sin detener sus ojos en él, aunque luego no dejarían de reírse y murmurar, excitadas. Era como un hermoso coro, pero ese mundo no existía para Evodio. Él sólo pertenecía al estricto ámbito que él mismo cercaba y guardarle una secreta fidelidad era la única manera de crearlo. De vez en cuando, servía a José Ignacio, que leía siempre en el coche; muy pronto empezó a llevar a Mercedes primero y luego a Mercedes y a Luis a la escuela; pero su trabajo era con María Inés. José Ignacio se lo había indicado el primer día. Y ella era tan ajena, ignorante siempre de la presencia de Evodio, se hacía ver más por eso. Él no supo cuándo se inició ese proceso. Ciertamen-

Monday, July 30, 2012

30 de julio de 2012

contuvo. María Inés comentó que nunca sabía dónde recibir a la gente y le preguntó si lo mandaba su marido. Evodio sacó el papel en el que había apuntado la dirección de la casa al responder afirmativamente. María Inés volvió a sonreír. No fue difícil hablar con ella, parecía dar por supuesto que su marido habría arreglado todo. Evodio se quedó en la casa esa misma tarde sin saber más que muy vagamente cuáles serían sus obligaciones. Bajo los árboles, habiéndolo sacado del garaje, y con una manguera que tuvo que pedirle al jardinero, se dedicó a lavar el automóvil.
Nunca llegó a poder decirle nada a María Inés. Quizás ése era el problema: una estrecha cercanía desde la más extrema distancia. Ella giraba a su alrededor sin verlo y Evodio la sentía sin siquiera saber que necesitaba que lo vieran. Desde el principio, María Inés fue lo inalcanzable, pero nadie espera lo inalzancable y Evodio tampoco lo quería. Él era el chofer. Y no se estaba mal allí, en la casa, la que de algún modo también era su casa, como lo era de todo el servicio, lavando los coches, a veces el suyo y de la señora, aveces el de la señora sola, a veces al del señor, como lo había heho esa primera tarde en que sin saberlo todavía le tocó ocuparse del que sería especial y concretamente su automóvil. La única que hablaba en verdad con María Inés era la vieja con voz apenas audible y que poseía una distancia y una fragilidad propias que tendían un lazo entre una zona y otra. Evodio llegó a saber que había sido nana del señor. Se llamaba Felipa; Pipa le decían los niños, nana el señor, y Pipita María Inés. Murió muy pronto. Durante su enfermedad y su larga agonía, María Inés dormía en el hospital con ella. Evodio hizo innumerables viajes con toda la familia al sanatorio y luego los llevó a la agencia funeraria y al cementerio. Todos lloraban, menos el señor, que guardaba un silencio duro, lejano y en apariencia malhumorado.
Sin embargo, en efecto, el que fijó los términos de su empleo con Evodio fue José Ignacio. Llegó a la casa al atardecer. Vestido de gris, su asprecto era el mismo que en la oficina; pero Evodio no encontró en él a la misma persona. Hasta entonces, con excepción de Luis, nadie más de la familia se le había acercado. Mientras lavaba el coche, Luis surgió de pronto del jardín y avanzó poco a poco hasta seguir la tarea de Evodio de muy cerca. Luego, le pidió que le dejara mojar también al automóvil con la manguera y al cabo de algún tiempo se había ido sin hacer otra cosa que darle las gracias a Evodio. Cuando fue imposible sacarle más brillo a la carrocería Evodio regresó a la cocina. Estaba sentado allí, callado, tratando de fingir que no advertía los incesantes movimientos a su alrededor, cuando

Sunday, July 29, 2012

29 de julio de 2012

brarlo aunque alguna vez las había entrevisto buscando tlapalerías y gasolineras en el camión de reparto de la antigua fábrica con el auténtico chofer dormitando a su lado. Con el papel en el que escribiera la dirección en la mano, miró mucho tiempo la casa antes de decidirse a tocar. La espera, esa indispensable detención, había terminado sin que se aclarara nada. Evodio Martínez llamó. El silencio no se cortó en la calle solitaria. No era un silencio absoluto sin embargo. Poniendo atención era posible escuchar el canto de los pájaros. Pasó un tiempo muy corto, interminable. Un sirviente salió a abrir. Evodio le explicó a qué venía. Muy amablemente, el sirviente contestó que tenía que dar la vuelta y tocar por la puerta de servicio. Miró a Evodio y se ofreció a acompañarlo, pero con la misma amabilidad él le dijo que prefería ir solo. Los altos árboles sobresalían muy por encima de la barda y ocultaban en gran parte la casa. Evodio la rodeó sin dejar de mirar hacia ese centro que lo atraía ya sin saber en qué consistía. No estaba nervioso. Igual que la mañana que acompañara a su padre a la fábrica, sentía una inexplicable seguridad. Lo que buscaba no era un trabajo, era otra cosa, intangible para él mismo, y no existía la posibilidad de que lo rechazaran porque nada existía antes de hacerse concreto apareciendo ante él. Las copas de los árboles se balanceaban suavemente, diversas y frondosas, contra el cielo lejano, despejado. Sin dejar de caminar, sorprendido ante el tamaño de la casa, Evodio se adentró por el fin de la espera.
El sirviente lo aguardaba en la puerta. Por primera vez, Evodio atravesó el aparentemente descuidado jardín. Los árboles tenían que ser anteriores a todo. Producían un rumor como de lluvia, leve e impreciso, una lluvia que nunca llegaba al piso. Por primera vez, estuvo sentado en la cocina antigua y llena de muebles y artefactos modernos, con las sirvientas continuando sus tareas, entrando y saliendo como si él no estuviera llí, aunque lo habían saludado cuando entró y no dejaban de mirarlo de reojo. Llegaría a saber que se llamaban Matilde y Zenaida; pero la que entró y le dijo que la niña lo esperaba esa primera tarde fue una vieja frágil, delicada, con una voz apenas audible. Evodio se había puesto de pie. Siguió a la vieja fascinado de inmediato por ella. Tenía una distinción que la separaba de todas las demás y sin embargo, no dejaba de ser una sirvienta, como si supiera que ése era su papel y se atuviera por completo a esa dimnesión que la defendía sacándola a pesar suyo de sus exigencias.
María Inés entró entonces al antecomedor donde Evodio la epseraba. La vieja la seguía, pero salió de inmediato, sin detenerse para nada, de regreso a la cocina. María Inés le sonrió a Evodio. Él no supo qué hacer. Sintió la tentación de arreglarse la corbata pero se

Saturday, July 28, 2012

28 de julio de 2012

secretaria salió y los tres hombres se sentaron a un lado del escritorio, en la parte del despacho que ocupaban un sofá y dos sillones forrados de un cuero muy suave. José Ignacio Gonzaga miraba directamente a Evodio mientras le preguntaba por sus documetnos de chofer y deseaba saber si conocía bien las calles. Luego le dijo que en realidad lo necesitaba para que trabajara en su casa para su mujer, así que ella era la que tenía la última palabra. Le dio la dirección y le preguntó si podría ir esa misma tarde. Evodio no había apartado los ojos de los de su futuro patrón en tanto contestaba. En él estaba de pronto toda una realidad. El despacho lo rodeaba como si fuera parte de su propia persona y sin embargo, José Ignacio no parecía estar allí, era el despacho y no él lo que era real. Evodoio empezó a sentir una admiración cuyo sentido ignoraba tanto como su objeto. Fue Sereno el que le tendió un papel para que apuntara la dirección que le daba José Ignacio, pero su pluma se había quedado en la biblioteca. José Ignacio se levantó, tomó una de su escritorio y se la tendió a Evodio. Repitió la dirección. Evodio escribió en el papel. Entonces José Ignacio le preguntó a Sereno si había la posibilidad de que encontrara algún día algo imprevisible o interesante entre los inabarcables infolios de la biblioteca. Pero era obvio que no iba a escuchar la respuesta. Evodio se guardó el papel con la dirección en una de las bolsas de su saco. José Ignacio dijo que le avisaría a su señora por teléfono que Evodio iba a ir a la casa y les tendió la mano a los dos. La entrevista había terminado. José Ignacio los acompañó hasta la puerta de su despacho.
En la oficina sólo reparó en su salida la secretaria de José Ignacio, los miró un instante. Evodio caminaba a ciegas jutno a Sereno y sentía una gran urgencia de dejar la oficina. Salieron. Sereno le preguntó qué le había parecido su nuevo posible patrón. Necesitaba sentirse cerca de Sereno en ese momento y eso era imposible. Él lo acompañó hasta la entrada de la fábrica, preguntándole si sabría dar con la dirección y recomendándole que fuera de inmediato. Atravesaron de nuevo jardines y estacionamientos. En la entrada, el policía dejó su garita y cacheó otra vez a Evodio antes de perimitirle que saliera. Sereno regresó a la biblioteca. Evodio no se volvió a mirarlo.
Invirtió lo que quedaba de la mañana y el principio de la tarde en llegar a la dirección que le había dado José Ignacio y encontrar finalmente la casa. Mientras pasaba de un camión a otro era de nuevo la espera. No estaba en ningún lado y la ciudad cambiaba conforme avanzaba hacia una meta de la que sólo podía saber que la desconocía por completo. Caminaba ya por calles que no dejaban de asom-

Friday, July 27, 2012

27 de julio de 2012

zo hacia el interior de un espacio desconocido que lo rodeaba, cuya dimensión visible eran esos libros impenetrables que Sereno acumulaba y abría frente a él con confianza. Tuvo ganas de preguntarle qué hacía, en qué consistía su trabajo, qué escribía en esas tarjetas copiándolo de los libros, pero no se atrevió a hablar. Su voz no pertenecía a ese ámbito yentonces tampoco le pertenecía a él. Era mejor seguir callado y que su recogimiento lo perdiera. En cambio sin salir del vacío, podía moverse con cuidado en su asiento y sentirse, ligado a Sereno y aparte, lejos de todo, ajeno a cualquier violencia, tranquilo y sosegado, no protegido: intocable.
Entonces entró la secretaria. Sus tacones sonaron en el piso, su voz rompió la inmovilidad. Le dijo a Sereno que el señor Gonzaga los esperaba. Sereno se puso de pie, cerró su pluma, acomodó los libros uno sobre otro, puso las tarjetas que había escrito a un lado y la pluma encima. Se volvió hacia Evodio y le pidió que viniera con él. Evodio lo miró asombrado, sin entender. Sereno insistió sonriendo. Evodio se puso de pie. Salieron de la biblioteca. La otra secretaria leía tranquilamente sentada frente a su escritorio, ni siquiera levantó la cabeza para mirarlos.
La fábrica se extendía inabarcable. Avanzaron por calles a cuyos lados se levantaban hileras de galerones, atravesaron jardines y estacionamientos. Sereno sólo dijo que Evodio le iba a caer bien al señor Gonzaga mientras él caminaba a su lado dueño de la rara seguridad que siempre le daba la última prolongación de la espera. Entraron a una oficina donde todo el mundo parecía extremadamente ocupado. Sereno se dirigió hacia un escritorio y le habló a una secretaria. Ella le sonrió. Habló a su vez por un aparato. Volvió a hablarle a Sereno y él y Evodio se quedaron a un lado del escritorio. El ruido era tan continuo y firme como el motor de la fábrica cuando Evodio se movía bajo el polvo, pero mucho más delicado. Y nada empañaba la atmósfera. Evodio miró a las muchachas que trabajaban. Ninguna se parecía a Carmela. Tal vez Adela... La secretaria le indicó a Sereno que el señor Gonzaga los esperaba. Se levantó a acompañarlos. Evodio se acomodó la corbata.
Vestido de gris, sentado detrás de un sencillo pero vasto escritorio, en un lujoso despacho, con una gruesa alfombra que devoró el ruido de los pasos de la secretaria. Sereno y Evodio, y que se abría al exterior en vez de cerrarse por medio de un amplio ventanal que daba al exterior en vez de cerrarse por medio de un amplio ventanal que daba a un jardín en el que se apiñaban múltiples rosales con rosas de imprevisibles colores y tamaños, José Ignacio Gonzaga leía con la cabeza inclinada hacia los papeles que sus largas manos sostenían cuando ellos entraron. Casi no le habló a Sereno. Se puso de pie, la

Thursday, July 26, 2012

26 de julio de 2012

donde se realizaban tareas de investigación. Le habló de la posibilidad de ser chofer a Evodio y él lo escuchó con los codos apoyados en la mesa y la barbilla en el hueco de una de sus largas manos nudosas, de uñas cortas. Nunca había estado en una biblioteca. Trató de imaginarla. No habría polvo, pero las paredes deberían ser tan altas como las del galerón de la fábrica. Aurora les sirvió la cena a los dos hermanos; luego también llegó Adela. Sólo faltó Jacinto. Evodio lo ojó entrar mucho después, tambaleante. Ya habían apagado la luz. Los tres hermanos y la madre estaban tendidos en sus colchones. La maciza silueta de Jacinto se recortó en el marco de la puerta. Evodio pensó en Ernesto y de pronto supuso que su padre venía a hablar con él. No pudo saber si estaba dormido o despierto. Ernesto apareció un instante y se desvaneció conforme su padre avanzaba inseguro y de pie frente al colchón de Aurora se despojaba torpemente de la ropa. Evodio tenía los ojos abiertos. Vio a su padre acostarse al lado de su madre. Escuchó sus ronquidos. Sereno y Adela dormían ya. Evodio se propuso pensar en Ricardo; recordó la mano de Adela. Era la memoria. Extendió su mano y la tocó. Adela se revolcó en el sueño. Evodio retiró la mano. No supo cuándo se quedó dormido.
La biblioteca ocupaba todo un edificio y había una sección con mesas para los investigadores. Los libros se apilaban sobre muchas de ellas. En algún momento olía a tinta. Tal vez era la pluma de Sereno. Evodio estaba sentado junto a él. Habían llegado muy temprano por la mañana y pasaron directamente a los altos salones cubiertos de anaqueles, donde la secretaria saludó a Sereno. Evodio miraba a su alrededor, callado. Estaba vestido con traje y corbata. En la entrada de la fábrica había una garita y un policía los había cacheado antes de permitirles el paso. Había hasta jardines. El conjunto abarcaba tantas cosas que era imposible pensar en una fábrica. Y ahora Sereno anotaba en sus tarjetas las palabras sobre los libros. Evodio no se decidía a hablar. No había fin para los anaqueles y allí todo era silencio. Sentado detrás de Sereno, un poco a un lado, lo miraba escribir, sintiendo que el tiempo se había detenido y él había sido olvidado. Sin embargo, al entrar, Sereno había hablado con la secretaria y le había dicho que venía con su hermano y el señor Gonzaga los esperaba. Evodio se acomodó dentro del olvido. No estaba mal dejar de existir, allí, entre los libros, en el silencio. 
Empezó a removerse apenas en su asiento resistiendo esa ausencia de sí. Tenía la sensación de un vacío desde el que ya nunca iba a pertenecerse, pero tampoco sabía a quién podía entrar. Sólo era tangible desde una apacible distancia, la impresión de ser conducido a partir de su inmovilidad, de viajar sin tener que hacer ningún esfuer-

Wednesday, July 25, 2012

25 de julio de 2012

Se tiene tal vez la regla y no se deja de buscar. Evodio estaban en la fábrica; lo demás se quedaba afuera. Se empeñó en acompañar a Carmela después de que los dos salían olorosos a jabón del baño, limpios del polvo, por las calles en las que poco a poco iban desvaneciéndose las figuras y se encendían las luces. Veía a su padre verlo pasar desde la pulquería. Una vez, le propuso a Carmela ir al cine. Ella no aceptó. Nunca llegaban hasta la casa de ella, nunca permitió que le tomara siquiera el brazo. Evodio nada más caminaba a su lado y sinembargo, los ambiguos e insondables ojos versdes de ella conservaban la entrega de un momento atrás. Allí estaba el límite del mundo. Ir y venir por ese cuerpo; entrar y salir de la fábrica. Pero Carmela callaba siempre. Había un temor, una espera que le despertaba una especie de rencor por Evodio. Caminaba a su lado sin estar con él y ella preservaba la parte que se apartaba. Obedeció a esa parte la tarde que su novio se precipitó sobre su acompañante al dar vuelta a una esquina. Quizás hay un dueño secreto para cada cuerpo. El de Carmela mostró una fidelidad ajena a ella. No intervino, pero mientras miraba se mantenía del lado del que pegaba y al mismo tiempo cada golpe iba dirigido también contra el cuerop que se dejaba tomar por Evodio y usaba ese otro cuerpo dándole el suyo tierno y acuoso, convertido en la pura densidad de su mirada sin rumbo. Evodio se tambaleó desde el primer puñetazo. Luego todo estaba empañado por la sangre que era igual a la tentación de dejar de responder y resbalar por ese mareo tras el que se fugaba el mundo. Encontrar el piso fue un alivio equivalente al placer del dolor de recibir las patadas en las costillas, en la cabeza y separarse de ese piso era como abandonar su cuerpo. Se quedó quieto.
Fue Sereno el que le propuso que tomara otro trabajo. En la fábrica, Evodio no miraba a Carmela. De algún modo, le concedía la razón. Carmela tampoco miraba a Evodio. Ni siquiera conservaba la nostalgia. Lo que se había hecho inaccesible era el lugar donde podían encontrarse y lo habían roto los dos. El padre no dijo nada. Evodio alimentaba su carda, pero estaba ausente. Él no pertenecía; era un solitario.Ni la vigilia ni el sueño. Continuidad rota como una tela que se desgarra. Un solo chasquido que persiste y es imposible cerrar. Evodio alimentaba su carda, vigilaba el tendido. Lo peor era no sentir nigún rencor.Regresaba as u casa y Sereno estaba entre sus libros. Él se sentaba en la misma mesa y lo miraba. De entre esos libros levantó la vista una noche Sereno para preguntarle si no le gustaría probar un empleo como chofer. sereno tenía un trabajo como ayudante en la biblioteca de una moderna fábrica cuya contribución a la cultura era esa vasta biblioteca de documentos históricos

Tuesday, July 24, 2012

24 de julio de 2012

nudaban por completo. Ella acercaba su cuerpo dulce y húmedo al seco y siempre tenso de Evodio y cruzaban un límite desconocido para ellos mismos. Por lo demás, casi no se hablaban. Carmela dejaba de pronto de separar trapos y su mirada oscura y sombría de tan verde se hacía idéntica a la sorda y ambigua sensualidad de su rostro mientras veía a Evodio manipular la prensa con movimientos ágiles; él en cambio, trataba de mantenerse aparte. Aunque su padre ya no lo esperaba y Evodio salía solo de la fábrica, más tarde que Carmela, iba directamente a su casa. Allí, la distancia de Adela era el equivalente exacto de la cercanía de Carmela. Nada podía transofrmar ese vacío. Evodio lo buscaba y le huía con el mismo movimiento. Tal vez debería ver a Carmela fuera de la fábrica; pero era imposible: ella tenía novio y no lo intentaba. Aprendió a manejar el camión. El chofer dormitaba a su lado y en tanto él empezaba a reconocer las calles. Era lo abierto; pero el sueño contrario también persistía. Él tenía que conseguir que lo hicieran responsable de una carda. Iba a estar en la misma hilera de máquinas que su padre. Llegó a obtenerlo. Tuvo una mascarilla y se paraba detrás de la más larga entre todas las máquinas, alimentándola con suave borra que salí de lade su padre, vigilando que no pasara ningún pesazo entero de trapo a desequilibrar el delicado encuentro de los rodillos, caminando a lo largo del tendido para comprobar que no había ruputras en el subir y bajar de la sábana tirante sobre rodillos de maderaen la que se iban desplegando los rollos de laminado y de guata, y luego, sacando el rollo, acomodándolos al pie del tendido, uno sobre otro, uno al lado del otro. Operaciones delicadas y precisas. Cuando no eran sólo rollos de laminado sino guatas había además que rociar con cola el tendido. El olor era más penetrante que cualquier otro en el galerón entonces. Después Evodio iba a recoger material a la máquina de su padre. Él apenas levantaba la vista, atento a su propi tarea, chaparro y macizo, fantasma cubierto de un polvo que no dejaba de girar nunca a su alrededor, que caía intermitente, ajeno sobre todas las figuras, unificándolas. Responsable de una carda, Evodio ya no salía nunca en el camión. Todo estaba en su sitio. Muy lejos, Sereno y Adela se dejaban ver de pronto en la casa. Sereno le proponía a Evodio que leyera libros. Él los veía y nunca los abrió. En el centro, Aurora observaba a sus hijos. Luego, a oscuras, sobre los colchones, cerca del sueño, con el que ella hablaba, mucho, un continuo, incesasnte, rumor, era con el padre. Tendido cerca de Adela, Evodio trataba de escucharlos. Nunca supo cuándo callaban. Tampoco si su madre sabía de Carmela. Algunas veces al salir él tarde de la fábrica, Jacinto estaba en la pulquería.

Monday, July 23, 2012

23 de julio de 2012

el costal al camión. Llegaba a la fábrica lleno de pulgas y se acostumbró a bañarse después. Evodio, que había crecido, que se había embarnecido haciendo pacas de borra y estopa en el vasto galerón donde su padre cubiertas la nariz y la boca con la mascarilla no levantaba jamás la vista del tenido de alimentamiento de su rompedora, mientras las escogedoras con el pelo protegido por un paño pizcaban con dedos ágiles separando los distintos recortes de trapo y lo miraban en lo alto de la prensa bailando sobre la borra, sobre la estopa, para poner la pesada tapa de madera con el material lo más aplastado posible. Y todo ocurre porque se ha encontrado un refugio cuya naturaleza se desconoce.
Los baños eran la parte más improvisada de la fábrica. No tenían puerta. Una cortina de costal de pita protegía la entrada. Tres regaderas y dos excusados formaban la instalación. En dos de los compartimientos el agua de las regaderas mojaba los excusados. El otro carecía de él. Evodio prefería ése. Colgaba su ropa de un gancho en la pared opuesta a la de la regadera y dejaba correr el agua largamente sobre el piso de cemento hasta que escurría incluso fuera del baño y el vapor entorpecía el espacio en el que se movía su cuerpo desnudo. La tarde que entró Carmela y se le quedó mirando con sus ojos verdes sin ninguna ocultación estaba ya bajo la regadera. El agua resbalaba tibia por su cuerpo ceñido. Evodio iba a empezar a enjabonarse. Carmela esperó a que sus ojos se encontraran. Evodio la miró. Ella vestida y él desnudo. El agua corría por su cuerpo, se extendía por el piso, mojaba los zapatos de Carmela. Carmela se desprendió del paño que protegía su pelo negro, se quitó los zapatosy luego el resto de la ropa. Ahora los dos estaban desnudos. Carmela se acercó a Evodio y le pidió que la enjabonara. Cerró los ojos para recibir el agua. Sus pechos pesaban, sus nalgas recogieron con generosidad las manos de Evodio. Él se detuvo mucho tiempo enjabonando el vértice negro del sexo de ella. Sus dedos entraron por el agujero. El agua, el jabón, el líquido que se abría paso por la carne de Carmela creaba un chasquido común. Carmela acercó su cuerpo al de Evodio y le echó los brazos al cuello. La mutua piel húmeda. Se acostaron sobre el piso, entre el agua que corría, sin cerrar la regadera. El pelo mojado de Carmela se le metía en la boca a Evodio.
Ahora la quietud del galerón se ha puesto en movimiento. Ya no es sólo la suave caída del polvo sino también el rumor del agua. Evodio y Carmela se acostaban en el baño y sobre los montones de trapo, sucios y limpios, por la tarde al quedarse sola la fábricas o al mediodía cuando los demás salían a comer, en el silencio que creaba el cese del zumbido del motor y bajo el rumor del agua; pero siempre se des-

Sunday, July 22, 2012

22 de julio de 2012

madera en cuya cima un hombre pisaba borra verde, aplastándola, para hacer pacas. Evodio trabajaría con él. Contempló el vasto galerón. El dueño se alejaba ya desprendie´ndose con ambas manos del traje las briznas de borra que se le habían hadherido. Luego sólo estaba el zumbido del motor, el polvo cubriéndolo todo, los hombres alimentando las máquinas a un lado o detrás de ellas, las mujeres sentadas entre los cerros de retazos, el compañero de Evodio en lo alto de la prensa. Una vigilia que era como un sueño. En cualquier salón de clases nada empañaría la tersura del ambiente.
Los hombros de Evodio se hicieron más amplios, su cintura y sus caderas más estrechas, su cuello más largo y vigoroso conforme hacía con mayor rapidez cada día pacas de borras y de una estopa de hilos cortos que una de las máquinas elaboraba también con los recortes de trapos triturados. Salía con su padre y caminaban juntos. Después cada quien se iba por su lado. A veces, Evodio lo miraba desde lo alto de la prensa. Durante años era su padre el que lo había mirado mientras hacía la tarea. La vida transcurre sobre unas vías abiertas que parecen asegurirar un avance, pero es otro su verdadero carácter. Ni adentro ni afuera. Una zona intermedia de la que ni se entra ni se sale. Pero Evodio también se dirigía hacia otro exterior en el camión repartidor de la fábrica. Entonces había que cargar las pacas que él mismo había hecho, tambaleándose bajo su peso, con las venas del cuello hinchadas y el paso lento e inseguro, y acomodarlas entre las altas redilas, donde otras veces subían, hasta formar una torre ligera, las inseguras columnas de guata y laminados de algodón en gruesos rollos que dos de las máquinas cardaban armándolos a través de los múltiples pliegues de un largo tendido. Después, Evodio se sentaba junto al chover o se tendía afuera sobre la carga. Iban a gasolineras y tlapalerías y mueblerías y fábricas de colchones, a puestos de aceite y petróleo y hasta sastrerías. Múltiples olores. Evodio se perdía en ellos; pero siempre se regresaba al amplio galerón donde sobre el continuo vibrar del motoro todo estaba quieto bajo la tenue lluvia de polvo. El único equivalente posible para eso eran las abigarradas, oscuras y profundas bodegas de recortes de trapo apilados en costales de pita de todos tamaños y pobladas de pulgas hasta el delirio. Allí algo carecía de fondo tambie´n y se encontraba lo indefinido e impreciso. Evodio no lo sabía, pero entraba a cargar los costales con la esperanza de no salir. Sin embargo, el chofer esperaba junto a la báscula al lado del dueño de la bodega, un inevitable judía, armados ambos con blocks en los que se hacían largas columnas con el peso de los costales. Cargar, subirse a la báscula, saber que luego iban a descontar su peso del peso, llevar

Saturday, July 21, 2012

21 de julio de 2012

casa y no era ella. Después vino el olvido y más tarde aún, la memoria.
En vez de seguir estudiando como sus hermanos, al terminar la secundaria, le preguntó a su padre si podía trabajar en la misma fábrica que él. Extraña decisión; Evodio mismo no sabía a que obedecía. Tal vez era una servidumbre al sueño en el que Ernesto aparecía con su padre; pero Evodio estaba en contra de ese sueño; él necesitaba espacio. Sereno y Adela lo miraban desde su distancia. Nadie entre ellos parecía tan idnicado para seguir estudiando como Evodio. Él todavía no olvidaba por completo la mano de Adela; pero ella se había mantenido inalcanzable. Y Sereno siempre estuvo aparte. Para evodio su rostro moreno y redondo se veía ridículo con lentes de carey y nada podría salvarlo de su figura achaparrada. En cambio Evodio sometía su superioridad a un orden; pero no lo sabía. Él iba en seguimiento de su necesidad de dejar los lugares sin límites y entrar a ese ámbito que vislumbrara alto y cercado cuando acompañaba a su madre a buscar a su padre y los tres juntos eran parte del enjambre que reodeaba la pulquería. De la oscuridad nace lo blanco; no es imposible que de lo blanco surja la osucridad.
La madre guardó silencio y ante la decisión de Evodio, Jacinto, limpiándose las anchas manos con un trapo, dijo que preguntaría al día siguiente en la fábricoa. Fueron junts a ella la primera vez. Evoio ya era más alto que su padre. Éste lo dejó en la oficina hablando con el dueño y se perdió en el amplio galerón al que se entraba por un portón de madera pintada de gris. Evodio tenía las manos unidas detrás de su espalda mientras escuchaba al duesño hablarle de la antigüedad de su padre como obrero. Luego él también entró al galerón. Sólo había seis máquinas de distintos tamaños funcionando todas con la energía de un mismo motor por medio de un conjunto de bandas. El ruido salía del motor. No había nada blanco. Un polvo de color indefinible cubría todos los salientes, se pegaba en las paredes, se depositaba en la poderosa armazón de las vigas del techo y estaba ya en el pelo de su padre que al lado de una de las máquinas tenía la nariz y la boca cubiertas por una mascarilla. No un sueño: la vigilia. El padre no apartó la atención de su máquina cuando entró Evodio con el dueño y ellos tampoco se detuvieron en esa parte del galerón. En el otro extremo se acumulaban enormes montones de recortes de trapo de diferentes materiales y colores. Tres mujeres con el pelo cubierto con paños estaban sentadas entre ellos seleccionándolos de acuerdo con su color y su clase, muy rápido, con dedos ágiles, sin descanso. Los ojos verdes de una de ellas siguiereon un instante al dueño y Evodio mientras avanzaban hacia una prensa de

Friday, July 20, 2012

20 de julio de 2012

ras en las que regresaban los fantasmas, pero fantasma ella también mientras recorría su vientre, subía a su pecho y se quedaba quieta oyendo su corazón a través de la piel, sólo de la piel, y bajaba muy despacio por su flanco hasta perderse bajo el calzoncillo. Era adela a su lado, no un fantasma, no alguien que regresaba, sino alguien que siempre había estado a su lado, y él no podía decir nada. Tampoco era Adela, era él mismo despertando bajo esa mano y sintiéndose otro sin saberlo. los vellos que empezaban a salirle sobre el pubis y le picaban continuamente fueron una vía hacia su primera erección provocada. La mano se apartó entonces. Evodio se quedó quieto en la oscuridad.
Es imposible delimitar cuál es el verdadero plano en el que se desenvuelve la vida. Adela se dividió en dos, pero u na se hacía invisible siendo la misma de todos los días y la otra resultaba inaccesible, desde su extrema cercanía se encerraba en un mutismo y una distancia insalvables. La noche en que Evodio tendió tambie´n una mano hacia ella, la segunda noche, después de mirarla todo el día sin reconocerla, esperando inútilmente un signo de complicidad sintiéndose culpable, dudando de que hubiera ocurrido algo fuera del sueño, yendo al baño en la escuela para encontrar a tra´ves de los años en el olor la huella de su hermana y regresando con los demás más solitario que nunca después de haberse acariciado el pene, envuelto por el olor y fuera de sí y del tiempo, Adela lo rechazó sin apartar la mano del cuerpo de él. Evodio volvió a quedarse quieto, aceptando el rechazo. Podía sentir en la oscuridad la respiración de Adela, anhelante como su mano, unida a la de él. Sereno quedaba aparte, el mundo quedaba aparte; pero él y Adela también estaban separados. Luego era sólo su cuerpo adolorido y solitario el que entraba al sueño. Pasó mucho tiempo antes de que eyaculara por primera vez en la mano de Adela. Los dos planos se habían hecho inintercambiables. Por la mañana, durante un instante un breve instante, Adela le sonrió de una manera distinta, pero siempre cercana e inaccesible. No volvió a tocarlo. Eyacular había sido salir del dolor y entrar a otro instantáneo e inexplicable, sorprendente e ineseperado, que venía de muy lejos y lo dejaba muy lejos, aparte de la mano cerrada alrededor de su pene y que recibió el semen, regresándolo a una rara paz que no conocía y a la que por tanto no podía regresar sin empezar a ser otro y haciéndolo independiente de la mano que se retiró muy despacio. Después, muchas veces. Evodio intentó acercar a sí a Adela por lanoche. Nunca lo logró. En el día nada existía. La sonrisa de Adela fue un final. Evodio se masturbaba pensando en ella; pero era otra Adela. La miraba entre sus amigos y no era ella; la buscaba en su

Thursday, July 19, 2012

19 de julio de 2012

biendo en silencio mientras él, Sereno y Adela hacían las tareas con su madre. En el sueño, la distancia entre uno y otro grupo se hacia inconmensurable, pero era menos invencible que cuando la misma escena se repetía en la vigilia, sin ernest, y Evodio levantaba la vista de su cuaderno para comprobar la soledad de su padre. Desde la cercanía era la misma apertura sin límites de la escuela. En cambio en el sueño todo estaba cercado. Dentro de esa realidad sin realidad él era el límite y podía transitar por su espacio interior libremente, sintiéndolo fuera de él por completo.
Por ese ámbito sin límites, que despierto él quería también para sí, se alejaban Sereno y Adela; pero Evodio nunca soñaba con ellos más que como parte del grupo que hacía la tarea. Afuera, en el espacio ajeno, Sereno lo protegía en los juegos y Evodio encontraba el nombre de Adela en los baños. A veces, en la calle, veía a su padre a distancia. Acercarse a él entonces le era más fácil que a Sereno y Adela. En tanto, su cuerpo se hacía cada vez más distinto. No chaparro y robusto, sino estrecho y espigado, con una suave y pálida piel. Su madre lo besaba tanto como a Ernesto años atrás. Las amigas de Adela no lo reconocían. Y ella también empezó a mirarlo. No fue en la escuela. Ni ella ni Sereno estaban allí ya. Sereno estudiaba en la preparatoria y Adela mecanografía. Fue en la casa, donde cada quien llegaba a distinta hora y no había más unidad que en el momento de dormir, cuando en la inevitable cercanía no ya de los petates sino de los colchones por los que los cambiaron, igual que en los sueños de Evodio, en su inmovilidad el transcurrir del tiempo volvía a tener la densa calidad de los años perdidos impuesta por la cercanía de los cuerpos que ya sólo habitaban en los sueños nocturnos y los ensueños diurnos de cada quien, aislados y solitarios, irreconocibles tal vez para cualquier otro que no fuese el mismo soñador. Adela se deslizaba al colchón después que Evodio muchas veces y antes que Sereno. Desde el olvido, Evodio no reparaba en ninguno. Quieto y sosegado, salía al encuentro de sus propias sombras en su propio espacio. Nunca supo de Adela evitando las manos de Sereno, aunque algunas noches su falta le ardía a ella en todo el cuerpo; nunca supo del continuo y exasperado encuentro de ella con otras manos en la escuela. Y ahora, de pronto, sin saberlo, empezaba a dejar de ser el niño al que Adela no veía. Viajar por el sueño tan cerca de la vigilia que es como un sueño. Las manos de Adela estuvieron una noche bajo la camiseta de Evodio. Él no supo a dónde entraba al salir del sueño para sentir su cuerpo tocado y no se movió, no dijo nada. Era Adela y su mano resultaba desconocida, seca y dulce, sin dueño, una mano apartando el sueño, haciendo dispersarse las figur-

18 de julio de 2012

Evodio la vio allá, en ese cuarto tan amplio donde nadie le habló, aunque Adela estaba a su lado con los ojos muy abiertos. Mucho tiempo, Evodio creyó que ése era el olor de los atropellamientos. Su mamá lloró más que cuando se perdió Ernesto o menos en secreto. Ya no había tanta gente, pero tampoco era agradable. Por la noche se extrañaba la cercanía de todos, distintos, iguales, un solo cuerpo, una sola respiración y pasó mucho tiempo antes de que Adela estuviera siempre a su lado.
Al llegar al enorme edificio de la escuela, Sereno y Adela lo dejaban solo de inmediato. Evodio conoció al mismo tiempo lo que era su famlia y la sensación de un espacio abierto, sin límites. Seguía con la vista a sus hermanos, los miraba perderse entre sus amigos y él no sabía cómo acercarse a ninguno de sus compañeros. Su amo y su necesidad eran tan grandes como su odio y voluntad de separación. Un momentos antes caminaban los tres juntos por calles conocidas, más atrás todavía desayunaban la blanca leche que su madre les servía en distintos tazones y ellos tomaban remojando pan en el blanco líquido de pie frente a la mesa sin pintar y ahora él ya no existía ni para Sereno ni para Adela que sin embargo, lo reencontrarían al terminar las clases con toda naturalidad. Llegó a hablar con muchos de sus compañeros, pero nunca tuvo amigos. Cuando supo lo que esa palabra significaba, aceptó que él era un solitario. Acompañaba a Sereno a jugar en los llanos y al principio él sólo miraba porque era muy chico. Adela era más lejana aún. Sin embargo, apenas sabía leer cuando aprendió a distinguir el nombre de ella escrito en los baños. Pasarían los años, un cuerpo ocupando un espacio y atravesando un tiempo que se movía monótonamente alrededor de unos cuantos puntos centrales inconmovibles, sin que el agrio y penetrante olor de esos baños con el piso siempre húmedo dejara de apartarlo del abierto ámbito de la escuela conduciéndola al estrecho campo de las dos habitaciones pobladas por la apabullantes presencia de los demás. Pero también se abría algo inconmesurable al separarse de Sereno y  Adela y no era agradable. Desde la seguridad que cada año le daba con mayor firmeza a su propia persona, Evodio no sabía nunca en dónde quería estar. ¡Qué extraño ahora, a la hora de acostarse, la amplitud que fue creando la desaparición de Ernesto primero, la muerte de Ricardo después! A veces, Evodio soñaba que Ernesto regresaba; pero nunca ricardo, aunque tenía guardados los juguetes que él le hiciera. Él, Sereno y Adela dormían en el mismo rincón, sobre petates juntos. En los sueños de Evodio, Ernesto regresaba a hacerle compañía a su padre. Eran ellos dos, Ernesto  y Jacinto, su padre, robustos, chaparros y seguros, los que los contemplaban be-

Tuesday, July 17, 2012

17 de julio de 2012


camino de los demás y pasar lo más inadvertido posible. Su papá y Ernesto, su hermano mayor, tenían siempre los ojos rojos y eran ellos los que traían el olor a pulque. Eran todos, su papá; Ernesto, Ricardo, Sereno. No; Sereno, no. Pero es lo mismo. La casa era la que tenía ese olor porque todos eran la casa. Siempre estaba la pulquería por la que él pasaba al dar vuelta en la esquina con su movimiento perpetuo de hombres y mujeres entrando con paso lento y era un refugio lleno de misterio. También su mamá salía algunas veces con una botella de leche llena, blanca como la leche, pero el olor no era a leche. También eran blancas las huellas de cal que Ernesto tenía en el pelo, en la ropa, en todos lados y el olor no era desagradable. El desagradable era Ernesto. También era imposible que lo supiera. Se parecía a su papá, chaparro como él y fuerte, con los ojos rojos en esa época. Fue el primero en desaparecer. Un día no volvió y lo esperaron y lo esperaron y no volvió.
No se trata de una evocación. Mientras está acostado en su cama estrecha pero limpia, en calzoncillos y calcetines, conlas manos bajo la cabeza, Evodio Martínez tampoco piensa en nada. Tiene tan sólo la sensación de esa constante compañía de los demás que no lo dejaba vivir; pero ahora no hay nadie y la sensación es la misma. En los dos cuartos de su atigua casa no había más que sus cuerpos. Su madre nunca lo besaba entonces. Todos dormían en el suelo, sin camas, y él junto con ellos: sus papás, Ernesto, Ricardo, Sereno y Adela. Sereno y Adela ya iban a la escuela y Evodio iba a empezar a ir; pero Ernesto y Ricardo ni siquiera sabían leer, como su papá. Esllos son los que tuvieron que desaparecer para que cambiara la vida. Sin embargo, su papá todavía estaba allí y en verdad nadie molestaba a nadie. Ernesto besaba muchas veces a su madre, manchado de cal, y Evodio lo veía. Ella debería quererlo mucho, no en balde era el mayor. Lo esperó siempre, siempre, hablando de eso tal vez sólo con su papá.
Cuano Evodio empezó a ir a la escuela, Sereno y Adela formaban un grupo aparte. Ernesto y Ricardo los trataban con una mezcla de desprecio y respeto que creaba una culpa y aumentaba el cariño. Los más jóvenes llegaban a la casa con tareas y libros de los que muy pronto dejarían de poder hablar hasta con Aurora, pero entonces, ella, la madre, los ayudaba. Evodio los miraba sentados frente a la mesa y sabía que algún día estaría allí, junto con ellos. Sin embargo, eso era triste todavía. Su preferido era Ricardo que lo ponía sobre sus piernas, pegaba la cara a la suya por detrás y le hacía juguetes de cartón y de madera. Él no olía a cal ni a pulque, no tenía que ver con nada blanco, no tenía olor. Su olor fue el de la funeraria