entró José Ignacio. Tres días después, María Inés le dio la dirección del lugar donde tenía que mandarse a hacer los uniformes que ella deseaba. Tres juegos de uniformes. Probándoselos, Evodio se vio por primera vez con gorra frente a un espejo. La frente dura y amplia sobre la que descendía la visera, las cejas delgadas y los ojos claros apenas desorbitados como si los párpados no pudiesen contener la secreta inquietud de la mirada que iba de un lado a otro sin fijarse nunca, la nariz que se respingaba desmesuradamente y dejaba demasiado descubiertas las fosas nasales haciendo más frágil y nervioso el trazo de las aletas, la ruda y larga curva sobre el labio superior que a pesar de su tamaño no lograba ocultar por completo los recios, blancos dientes en esa boca grande con algo equino cuyos labios magros y pálidos apenas se juntaban. La quijada también tenía un remoto aire animal en su firmeza, pero los altos pómulos salientes le devolvían su inesperada delicadeza a ese rostro duro, tierno y ahora extrañamente impersonal, al verse enmarcado por la gorra y el severo cuello gris del uniforme. Evodio sintió una intensa aversión por su cara. Hubiera querido que hubiese un vacío entre la gorra y el cuello del uniforme, ser nada más su largo, estrecho cuerpo con los amplios hombros y la gorra al final. Sin embargo, ya había advertido la admiración de Matilde y Zenaida. Conforme pasaron las semanas y los meses esa admiración se transformó en un respeto casi sagrado en su ingenuidad, subrayado por el hecho de que delegaban poco menos que enteramente la posibilidad de hablarle en la cocina en Felipa. Fuera, Evodio podía conversar con el sirviente o el jardinero, pero apenas entraba a comer se hacía un silencio que sólo permitía escuchar el ruido de los cubiertos y los platos. Y luego María Inés entro un día, vio a Evodio comiendo con la cgorra puesta y dijo que había que poner una percha. Evodio colgaba cuidadosamente desde entonces su gorra en esa percha, se alisaba el pelo con las dos manos y se sentaba a la mesa a comer en silencio, servido por las dos muchachas que sólo hablaban para preguntarle qué quería después sin detener sus ojos en él, aunque luego no dejarían de reírse y murmurar, excitadas. Era como un hermoso coro, pero ese mundo no existía para Evodio. Él sólo pertenecía al estricto ámbito que él mismo cercaba y guardarle una secreta fidelidad era la única manera de crearlo. De vez en cuando, servía a José Ignacio, que leía siempre en el coche; muy pronto empezó a llevar a Mercedes primero y luego a Mercedes y a Luis a la escuela; pero su trabajo era con María Inés. José Ignacio se lo había indicado el primer día. Y ella era tan ajena, ignorante siempre de la presencia de Evodio, se hacía ver más por eso. Él no supo cuándo se inició ese proceso. Ciertamen-
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