Tuesday, July 24, 2012

24 de julio de 2012

nudaban por completo. Ella acercaba su cuerpo dulce y húmedo al seco y siempre tenso de Evodio y cruzaban un límite desconocido para ellos mismos. Por lo demás, casi no se hablaban. Carmela dejaba de pronto de separar trapos y su mirada oscura y sombría de tan verde se hacía idéntica a la sorda y ambigua sensualidad de su rostro mientras veía a Evodio manipular la prensa con movimientos ágiles; él en cambio, trataba de mantenerse aparte. Aunque su padre ya no lo esperaba y Evodio salía solo de la fábrica, más tarde que Carmela, iba directamente a su casa. Allí, la distancia de Adela era el equivalente exacto de la cercanía de Carmela. Nada podía transofrmar ese vacío. Evodio lo buscaba y le huía con el mismo movimiento. Tal vez debería ver a Carmela fuera de la fábrica; pero era imposible: ella tenía novio y no lo intentaba. Aprendió a manejar el camión. El chofer dormitaba a su lado y en tanto él empezaba a reconocer las calles. Era lo abierto; pero el sueño contrario también persistía. Él tenía que conseguir que lo hicieran responsable de una carda. Iba a estar en la misma hilera de máquinas que su padre. Llegó a obtenerlo. Tuvo una mascarilla y se paraba detrás de la más larga entre todas las máquinas, alimentándola con suave borra que salí de lade su padre, vigilando que no pasara ningún pesazo entero de trapo a desequilibrar el delicado encuentro de los rodillos, caminando a lo largo del tendido para comprobar que no había ruputras en el subir y bajar de la sábana tirante sobre rodillos de maderaen la que se iban desplegando los rollos de laminado y de guata, y luego, sacando el rollo, acomodándolos al pie del tendido, uno sobre otro, uno al lado del otro. Operaciones delicadas y precisas. Cuando no eran sólo rollos de laminado sino guatas había además que rociar con cola el tendido. El olor era más penetrante que cualquier otro en el galerón entonces. Después Evodio iba a recoger material a la máquina de su padre. Él apenas levantaba la vista, atento a su propi tarea, chaparro y macizo, fantasma cubierto de un polvo que no dejaba de girar nunca a su alrededor, que caía intermitente, ajeno sobre todas las figuras, unificándolas. Responsable de una carda, Evodio ya no salía nunca en el camión. Todo estaba en su sitio. Muy lejos, Sereno y Adela se dejaban ver de pronto en la casa. Sereno le proponía a Evodio que leyera libros. Él los veía y nunca los abrió. En el centro, Aurora observaba a sus hijos. Luego, a oscuras, sobre los colchones, cerca del sueño, con el que ella hablaba, mucho, un continuo, incesasnte, rumor, era con el padre. Tendido cerca de Adela, Evodio trataba de escucharlos. Nunca supo cuándo callaban. Tampoco si su madre sabía de Carmela. Algunas veces al salir él tarde de la fábrica, Jacinto estaba en la pulquería.

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