y poblado bigote de Nietzsche. En ese tiempo leía sin cesar, en desorden, volviendo una y otra vez a ellos, los admirables aforismos que todo lo destruyen y nos dejan ante el vacío. Quizá la propia, sublime, figura del solitario de Sils-Maria era la única respuesta a ese vacío. Pero la estampilla no la representaba. Fui yo el que quise que la representara. En la estampilla que contemplaba apaisada cuando en verdad debería tener la posición contraria, se reproducía uno de esos bellos por inocuos Picassos de la época neoclásica en el que se mostraba un niño vestido de arlequín. ¿Cuál puede ser la relaicón? ¿Qué relación podía existir entre la Mariana que me entregaba diluyéndola Sara Segul y la que yo entreveía, bella y procaz, deseable hasta la locura, regalando el inapreciable don de su cuerpo a un desconocido? No es imposible que mi manera de tener a Mariaan fuera desde entonces dársela a otros. ¿Te sugiere algo?
Antes nunca me había fijado en que la casa de Bernardo Tapia tiene mil recovecos. Aunque no lo creas ya no volví a estar cerca de Mariana. A distancia, la separaba algunas veces de entre los demás. Debe haber bebido mucho esa noche. O fui yo el que bebí mucho. Tal vez los dos. Hasta bailé con Sara. En distintos cuardos, sentada con las piernas cruzadas en brazos de sillones, permitiendo que brazos que no eran los míos la tomaran por la cintura, riéndose y escuchando con mirada atenta conversaciones que deberían ser idiotas, aceptanado que encencieran el cigarrillo que acababa de colocar entre sus labios sin edad y cuya sensualidad la negaba afirmándola, veía a Mariana. Y luego, ya no estaba. ni siquiera se despidió de mí. Interrogué a Bernardo Tapia. Se había ido con el mismo ilógico Horacio Peña con quien llegara. Es él quien debe haberle puesto el abrigo. Iría a su lado en algún coche, con las piernas cruzadas. Haciendo un esfuerzo le pedí su teléfono a Bernardo. No lo sabía o me lo negó. Tuvo que dármelo Sara Segul.
Te adjunto ese teléfono y la dirección de Mariana. Es posible pero no probable que te sean útiles. Al menos, podrás localizarla. Quizá. Sin embargo, me arriesgo a declarar que nunca sabrás quién es ella, aunque confío en ti. No en balde, ni sin motivo, puede considerarse que "te la encomendé". yo tuve que marcar cinco veces ese número antes de que incierta, sin figura, en un lugar que desconocía, rodeada de objetos que no podía imaginar y que era inútil por falso tratar de inventar porque, en cambio, tenía admirable y hasta dolorosamente presente su figura ocupando un espacio concreto en algún lugar impensable y por tanto inhumano, su voz ronca, cortante y desagradable me contestara pretendiendo, tal vez con verdad que no sabía quién era yo. Le repetí mi nombre, acompañándolo de una
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