con él. Vivir rodeada de gente que no te toca para ser tú. Que nadie te maneje, no aceptar ningún constreñimiento. Pero lo que la lleva de un lado a otro, cuando ella confía en que actúa su voluntad, es la vida. Por eso, Mariana sólo es el maravilloso gesto de quitarse un abrigo. Entonces, como si algo se desprendiera del centro sin centro de todas las cosas, aparece esa figura resplandeciente en su ignorancia de sí porque se cree dueña de sí. Todos sus gestos, todos sus movimientos, todas sus actitudes, confirman la neutralidad de la figura. Mariana está como levantada en vilo por una fuerza que la sobrepasa. Cuando supone que se afirma, afirma a esa fuerza. El resultado es una incógnita que no se resuelve más que como contradicción y ha elegido a la que está segura de que se llama Mariana y es Mariana para habitarla. ¿Cuál es, entonces, Mariana? Yo la había visto y mientras escribía en mi diario que me acostaría con ella, la recordaba. Ya he tratado de evocar esa escena para ti. No es la evocación la que puede conducirnos. Hay que repetir siempre un solo instante. Quitarse el abrigo y aparecer. Ésa es mi primera y mi única imprecisión. Lo demás compone una trama. Mariana, intocada, intocable, entre los demás, los otros, moviéndose en el mundo, segura de que así se afirma.
No fue distinta su conducta al encontrarnos en el café. Como era de esperar, llegó tarde. Llevaba más de media hora sentado ante una pequeña mesa, levantando cntinuamente la vista de las páginas de un libro para mirar hacia la puerta, cuando entró segura de que alguien iba a dirigirse hacia ella. Traía puesta una gabardina. Esta vez fui yo el que la ayudó a quitársela y se quedó con la prenda en sus brazos. Es intolerable la seguridad de la mujer cuando se sabe deseada y le basta con reconocer al infeliz que isente el deseo. Mariana traía mocasines y venía vestida con una falda de tweed y una blusa camisera blanca, cerrada hasta el cuello y con mangas largas. No supe qué esperaba de mí en ese momento. En realidad, lo esperaba todo. O sea: las mujeres nos necesitan para afirmarse a sí mismas. Mariana podía actuar como si fuera independiente. Lo único que buscaba, aunque fuese lo último que pudiera hacérsele admitir pues no lo sabía, era rendir esa independencia. Yo era entonces una posibilidad. Había ido al café para averiguar que´forma tenía esa posibilidad.
Puedo decir sin vanidad que nos fuimos agradables. A mí me gustó comprobar con qué facilidad cumplía con todos los requisitos de su papel. Mujer independiente, dueña de su vida y que ha vivido. Por supuesto, era intelectual, tenía intereses artísticos; pero logró mostrarlos sin ser pedante y, sobre todo, nada opacaba su belleza.
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