Tuesday, July 17, 2012

17 de julio de 2012


camino de los demás y pasar lo más inadvertido posible. Su papá y Ernesto, su hermano mayor, tenían siempre los ojos rojos y eran ellos los que traían el olor a pulque. Eran todos, su papá; Ernesto, Ricardo, Sereno. No; Sereno, no. Pero es lo mismo. La casa era la que tenía ese olor porque todos eran la casa. Siempre estaba la pulquería por la que él pasaba al dar vuelta en la esquina con su movimiento perpetuo de hombres y mujeres entrando con paso lento y era un refugio lleno de misterio. También su mamá salía algunas veces con una botella de leche llena, blanca como la leche, pero el olor no era a leche. También eran blancas las huellas de cal que Ernesto tenía en el pelo, en la ropa, en todos lados y el olor no era desagradable. El desagradable era Ernesto. También era imposible que lo supiera. Se parecía a su papá, chaparro como él y fuerte, con los ojos rojos en esa época. Fue el primero en desaparecer. Un día no volvió y lo esperaron y lo esperaron y no volvió.
No se trata de una evocación. Mientras está acostado en su cama estrecha pero limpia, en calzoncillos y calcetines, conlas manos bajo la cabeza, Evodio Martínez tampoco piensa en nada. Tiene tan sólo la sensación de esa constante compañía de los demás que no lo dejaba vivir; pero ahora no hay nadie y la sensación es la misma. En los dos cuartos de su atigua casa no había más que sus cuerpos. Su madre nunca lo besaba entonces. Todos dormían en el suelo, sin camas, y él junto con ellos: sus papás, Ernesto, Ricardo, Sereno y Adela. Sereno y Adela ya iban a la escuela y Evodio iba a empezar a ir; pero Ernesto y Ricardo ni siquiera sabían leer, como su papá. Esllos son los que tuvieron que desaparecer para que cambiara la vida. Sin embargo, su papá todavía estaba allí y en verdad nadie molestaba a nadie. Ernesto besaba muchas veces a su madre, manchado de cal, y Evodio lo veía. Ella debería quererlo mucho, no en balde era el mayor. Lo esperó siempre, siempre, hablando de eso tal vez sólo con su papá.
Cuano Evodio empezó a ir a la escuela, Sereno y Adela formaban un grupo aparte. Ernesto y Ricardo los trataban con una mezcla de desprecio y respeto que creaba una culpa y aumentaba el cariño. Los más jóvenes llegaban a la casa con tareas y libros de los que muy pronto dejarían de poder hablar hasta con Aurora, pero entonces, ella, la madre, los ayudaba. Evodio los miraba sentados frente a la mesa y sabía que algún día estaría allí, junto con ellos. Sin embargo, eso era triste todavía. Su preferido era Ricardo que lo ponía sobre sus piernas, pegaba la cara a la suya por detrás y le hacía juguetes de cartón y de madera. Él no olía a cal ni a pulque, no tenía que ver con nada blanco, no tenía olor. Su olor fue el de la funeraria

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