Evodio la vio allá, en ese cuarto tan amplio donde nadie le habló, aunque Adela estaba a su lado con los ojos muy abiertos. Mucho tiempo, Evodio creyó que ése era el olor de los atropellamientos. Su mamá lloró más que cuando se perdió Ernesto o menos en secreto. Ya no había tanta gente, pero tampoco era agradable. Por la noche se extrañaba la cercanía de todos, distintos, iguales, un solo cuerpo, una sola respiración y pasó mucho tiempo antes de que Adela estuviera siempre a su lado.
Al llegar al enorme edificio de la escuela, Sereno y Adela lo dejaban solo de inmediato. Evodio conoció al mismo tiempo lo que era su famlia y la sensación de un espacio abierto, sin límites. Seguía con la vista a sus hermanos, los miraba perderse entre sus amigos y él no sabía cómo acercarse a ninguno de sus compañeros. Su amo y su necesidad eran tan grandes como su odio y voluntad de separación. Un momentos antes caminaban los tres juntos por calles conocidas, más atrás todavía desayunaban la blanca leche que su madre les servía en distintos tazones y ellos tomaban remojando pan en el blanco líquido de pie frente a la mesa sin pintar y ahora él ya no existía ni para Sereno ni para Adela que sin embargo, lo reencontrarían al terminar las clases con toda naturalidad. Llegó a hablar con muchos de sus compañeros, pero nunca tuvo amigos. Cuando supo lo que esa palabra significaba, aceptó que él era un solitario. Acompañaba a Sereno a jugar en los llanos y al principio él sólo miraba porque era muy chico. Adela era más lejana aún. Sin embargo, apenas sabía leer cuando aprendió a distinguir el nombre de ella escrito en los baños. Pasarían los años, un cuerpo ocupando un espacio y atravesando un tiempo que se movía monótonamente alrededor de unos cuantos puntos centrales inconmovibles, sin que el agrio y penetrante olor de esos baños con el piso siempre húmedo dejara de apartarlo del abierto ámbito de la escuela conduciéndola al estrecho campo de las dos habitaciones pobladas por la apabullantes presencia de los demás. Pero también se abría algo inconmesurable al separarse de Sereno y Adela y no era agradable. Desde la seguridad que cada año le daba con mayor firmeza a su propia persona, Evodio no sabía nunca en dónde quería estar. ¡Qué extraño ahora, a la hora de acostarse, la amplitud que fue creando la desaparición de Ernesto primero, la muerte de Ricardo después! A veces, Evodio soñaba que Ernesto regresaba; pero nunca ricardo, aunque tenía guardados los juguetes que él le hiciera. Él, Sereno y Adela dormían en el mismo rincón, sobre petates juntos. En los sueños de Evodio, Ernesto regresaba a hacerle compañía a su padre. Eran ellos dos, Ernesto y Jacinto, su padre, robustos, chaparros y seguros, los que los contemplaban be-
No comments:
Post a Comment