Monday, July 23, 2012

23 de julio de 2012

el costal al camión. Llegaba a la fábrica lleno de pulgas y se acostumbró a bañarse después. Evodio, que había crecido, que se había embarnecido haciendo pacas de borra y estopa en el vasto galerón donde su padre cubiertas la nariz y la boca con la mascarilla no levantaba jamás la vista del tenido de alimentamiento de su rompedora, mientras las escogedoras con el pelo protegido por un paño pizcaban con dedos ágiles separando los distintos recortes de trapo y lo miraban en lo alto de la prensa bailando sobre la borra, sobre la estopa, para poner la pesada tapa de madera con el material lo más aplastado posible. Y todo ocurre porque se ha encontrado un refugio cuya naturaleza se desconoce.
Los baños eran la parte más improvisada de la fábrica. No tenían puerta. Una cortina de costal de pita protegía la entrada. Tres regaderas y dos excusados formaban la instalación. En dos de los compartimientos el agua de las regaderas mojaba los excusados. El otro carecía de él. Evodio prefería ése. Colgaba su ropa de un gancho en la pared opuesta a la de la regadera y dejaba correr el agua largamente sobre el piso de cemento hasta que escurría incluso fuera del baño y el vapor entorpecía el espacio en el que se movía su cuerpo desnudo. La tarde que entró Carmela y se le quedó mirando con sus ojos verdes sin ninguna ocultación estaba ya bajo la regadera. El agua resbalaba tibia por su cuerpo ceñido. Evodio iba a empezar a enjabonarse. Carmela esperó a que sus ojos se encontraran. Evodio la miró. Ella vestida y él desnudo. El agua corría por su cuerpo, se extendía por el piso, mojaba los zapatos de Carmela. Carmela se desprendió del paño que protegía su pelo negro, se quitó los zapatosy luego el resto de la ropa. Ahora los dos estaban desnudos. Carmela se acercó a Evodio y le pidió que la enjabonara. Cerró los ojos para recibir el agua. Sus pechos pesaban, sus nalgas recogieron con generosidad las manos de Evodio. Él se detuvo mucho tiempo enjabonando el vértice negro del sexo de ella. Sus dedos entraron por el agujero. El agua, el jabón, el líquido que se abría paso por la carne de Carmela creaba un chasquido común. Carmela acercó su cuerpo al de Evodio y le echó los brazos al cuello. La mutua piel húmeda. Se acostaron sobre el piso, entre el agua que corría, sin cerrar la regadera. El pelo mojado de Carmela se le metía en la boca a Evodio.
Ahora la quietud del galerón se ha puesto en movimiento. Ya no es sólo la suave caída del polvo sino también el rumor del agua. Evodio y Carmela se acostaban en el baño y sobre los montones de trapo, sucios y limpios, por la tarde al quedarse sola la fábricas o al mediodía cuando los demás salían a comer, en el silencio que creaba el cese del zumbido del motor y bajo el rumor del agua; pero siempre se des-

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