Casi podría asegurar que ella respondió con Baudelaire. Luego sé que ya no estábamos bailando, sino sentados en un largo sofá donde también se encontraba Sara Segul. Había olvidado mencionarte que despedirla era el motivo de la reunión. Y mucho más lo había olvidado yo en ese momento; pero iba a serme muy útil. Conocer a la gente y el ambiente en que se movía Mariana fue constatar su petenencia a una cierta forma, a una manera y un tono de los que yo buscaba mantenerme apartado. Sin lograrlo siempre. Hay que onstatar nuestras debilidades. Y la impredecible ventaja de nuestros desmayos. Nunca se ha pensado lo suficiente en hasta qué extremos la voluntades uno de nuestros enemigos. Allí estaba yo, prisionero de todos mis prejuicios, organizado y armado como figura por toda la serie de reglas personales que me imponía, tratando de pertenecer a algo que negaba, porque la incierta realidad que se llama Mariana se movía en esa zona. Fui amable con Sara Segul, cambié opiniones con Horacio Peña, aceptando las suyas, lo que es casi inadmisible, y en ese largo sofá, con un vaso en la mano, exclusivamente estaba atento a cómo escuchaba Mariana y cuáles eran sus actitudes. Pero es muy posible que ella ni siquiera escuche. Tiene una desconcertante manera de pertenecer manteniéndose aparte. Su cuerpo está presente; ella está en otro lado; pero ese indeterminado lugar parece en muchas ocasiones inaccesible para ella misma. ¿Por qué llegar con Horacio Peña? ¿A cuenta de qué ser tan amiga de Sara Segul? El conjunto defalsas costumbres, de falsas actitudes, de falsas intensidades. Y en Mariana nada es falso, nada puede ni siquiera llegar a aser falso. Lo que es verdad es que muy probablemente nada es. De pronto, me pregunté si a su vez ella hablaba para mí. Parecía haber compartido un gran número de sucesos con Sara. Era la amiga, esto es la acompañante, de Horacio Peña. Lo que es indudable es que estaba en el sofá con las piernas cruzadas y cuando Bernardo Tapia se acercó por detrás apoyando lasm anos en el respaldo del mueble para ofrecerle algo de beber, ella echó ligeramente la cabeza hacia atrás y volvió hacia él los ojos para contestarle. El trazo de su cuello a artir de los añchos hombros, la cabeza cercada por el pelo castaño y los dientes apenas revelados entre los labios entreabiertos eran irreprochables. Movía de arriba abajo en el aire el pie que no se apoyaba en el suelo graias a sus piernas cruzadas.
Conozco a fray Albert Gurría. Es un personaje contradictorio con el que e tenido el placer de muchas discusiones en las que ninguno de los dos decíamos lo que creíamos. Creo que él no sabe lo que cree; pero yo tampoco. Eso nos hacía extremadamente empeci-
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