secretaria salió y los tres hombres se sentaron a un lado del escritorio, en la parte del despacho que ocupaban un sofá y dos sillones forrados de un cuero muy suave. José Ignacio Gonzaga miraba directamente a Evodio mientras le preguntaba por sus documetnos de chofer y deseaba saber si conocía bien las calles. Luego le dijo que en realidad lo necesitaba para que trabajara en su casa para su mujer, así que ella era la que tenía la última palabra. Le dio la dirección y le preguntó si podría ir esa misma tarde. Evodio no había apartado los ojos de los de su futuro patrón en tanto contestaba. En él estaba de pronto toda una realidad. El despacho lo rodeaba como si fuera parte de su propia persona y sin embargo, José Ignacio no parecía estar allí, era el despacho y no él lo que era real. Evodoio empezó a sentir una admiración cuyo sentido ignoraba tanto como su objeto. Fue Sereno el que le tendió un papel para que apuntara la dirección que le daba José Ignacio, pero su pluma se había quedado en la biblioteca. José Ignacio se levantó, tomó una de su escritorio y se la tendió a Evodio. Repitió la dirección. Evodio escribió en el papel. Entonces José Ignacio le preguntó a Sereno si había la posibilidad de que encontrara algún día algo imprevisible o interesante entre los inabarcables infolios de la biblioteca. Pero era obvio que no iba a escuchar la respuesta. Evodio se guardó el papel con la dirección en una de las bolsas de su saco. José Ignacio dijo que le avisaría a su señora por teléfono que Evodio iba a ir a la casa y les tendió la mano a los dos. La entrevista había terminado. José Ignacio los acompañó hasta la puerta de su despacho.
En la oficina sólo reparó en su salida la secretaria de José Ignacio, los miró un instante. Evodio caminaba a ciegas jutno a Sereno y sentía una gran urgencia de dejar la oficina. Salieron. Sereno le preguntó qué le había parecido su nuevo posible patrón. Necesitaba sentirse cerca de Sereno en ese momento y eso era imposible. Él lo acompañó hasta la entrada de la fábrica, preguntándole si sabría dar con la dirección y recomendándole que fuera de inmediato. Atravesaron de nuevo jardines y estacionamientos. En la entrada, el policía dejó su garita y cacheó otra vez a Evodio antes de perimitirle que saliera. Sereno regresó a la biblioteca. Evodio no se volvió a mirarlo.
Invirtió lo que quedaba de la mañana y el principio de la tarde en llegar a la dirección que le había dado José Ignacio y encontrar finalmente la casa. Mientras pasaba de un camión a otro era de nuevo la espera. No estaba en ningún lado y la ciudad cambiaba conforme avanzaba hacia una meta de la que sólo podía saber que la desconocía por completo. Caminaba ya por calles que no dejaban de asom-
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