de ella entre gentes conocidas. Y de pronto pasaba el tiempo y no se escuchaba nada. Las sirenas se habían alejado para siempre. Pero regresaban, invocadas por un súbito temor del que Evodio se reconocía culpable.
Se incorporó en la cama y sentado en la orilla se inclinó para quitarse los calcetines. Ni siquiera escuchando con atención podía percibir ningún ruido y le era imposible reproducir voluntariamente el lamento de las sirenas. En cambio, el agua ya debería estar caliente. Evodio salió de su cuarto. La televisión no estaba prendida. No debía haber nadie en la casa. Entró al baño. El agua corrió por su cuerpo. Sólo el agua resbalando silenciosa por el cuerpo. Salió del baño con una toalla alrededor de la cintura. Aurora había regresado ya a la casa. Le sonrió a Evodio cuando él pasó de regreso a su cuarto. La pantalla de la televisión brillaba en el silencio. A pesar de las burlas de sus hijos, a Aurora le gustaba prenderla sin poner el sonido. Quizás a Evodio le hubiese gustado hablar con su madre de los desconcertantes sonidos que parecían perseguirlo. Mucho tiempo atrás ella les ayudaba a hacer las tareas y sus conversaciones con Ernesto no deberían haber sido sencillas. pero Evodio se vistió y salió a buscar a Irene.
Fueron al cine. La atención de Evodio siempre se dividía entre su curiosidad por la película y el conocimiento de que Irene estaba a su lado esperando a que empezara a besarla. Ahora algo de la violencia en la acción que se desplegaba en la pantalla le pertenecía sin poder distinguir si era él quien golpeaba o recibía los golpes. Lo importante era esa sensación d epersecución continua que le producía la película. Sólo desde allí se volvió hacia Irene. Sus labios duros encontraron los de ella. Le desabrochó la blusa. Sus manos tocaban los pechos. Muy pronto todo el mundo cerrado que era Irene estaba a su disposición y las manos de ella también buscaban y encontraban a Evodio. No hay final para ese movimiento. Una y otra violencia, dulce y desconocida, en medio de una oscuridad cada vez más clara y yendo desde ella hacia la pantallay volviendo hacia ese cuerpo del que la ropa se desprendía y al que era imposible penetrar. La mano de Irene estaba en su sexo, pero Evodio ya no eyaculaba como cuando lo tocaba Adela, sino que el contacto era menos directo y lo hacía sobre su ropa. Dejó a Irene, como siempre, en la puerta de su casa, después de besarla una última vez, sin recordar ya ni la película ni las caricias en el cine.
Todo estaba callado. Esperó bajo la luz del farlol la llegada del que debería ser uno de los últimos camiones. Nunca había dejado de gustarle regresar a su casa entre los pocos pasajeros ignorantes uno del
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