IV. CARTA DE ANSELMO
Me preguntas quién es Mariana. Yo me interrogo a mi vez sobre mi capacidad para dirimir esa incógnita o, en última instancia, cualquier planteamiento formulable en términos de leguaje. Los hechos son dolorosamente engañosos; ninguna interpretación expresada en palabras puede encerrarlos. Pasa algo y se desvanece. Lo que pasó es irrecuperable; pero tampoco sabemos en qué consiste. Así es Mariana. El lenguaje debe renunciar a definirla. No obstante, tampoco disponemos de otro instrumento. Trataré de responder a tu pregunta.
Al mostrarse por primra vez, toda persona empieza a depender de nuestra memoria. Recuerdo ahora el instante inicial. Mariana llegó a una fiesta en la casa de Bernardo Tapia, el director de la Facultad, escoltada por Horacio Peña. Él tampoco debe evocar en ti de inmediato una imagen fulminante en el recuerdo. Homosexual, pelo negro y bien peinado, excesiva camisa de seda, fistol con perla en la corbata, piernas largas y paraguas. No puede aseverarse que la reunión fue un éxito, a pesar de la calidad importada de las bebidas. Cónclave demasiado heterogéneo. Yo me refugiaba en un rincón tratando de proferir alguna palabra inteligente que resultara inteligible para un grupo de alumnas. Algunas no eran totalmente despreciables. Lo que en verdad sucede sólo puede asimilarse a través de una súbita cristalización del instante. El espacio se inmoviliza y se abre a la evocación.
¿Recuerdas? Ésa es la única pregunta. yo vi a Mariana y no supe lo que veía. Lo pensé después; vuelvo a pensarlo ahora. Ninguna de las dos acciones voluntarias es real. En cambio, el instante se ha perdido ya para siempre. Conoceos esa inútil desesperación. Pero basta. Cuando yo vi a Mariana desde mi rincón, en el momento en que me llevaba el vaso a la boca, pero antes de tener en ella el sabor de su contenido, Bernardo Tapia se acercaba a saludarla. Horacio Peña la llevaba tomada del brazo. Mariana conservaba puesto todavía el abrigo. Su mano debe haber encontrado la de Bernardo Tapia al mismo tiempo que su mejilla recibía el beso amigable y efusivo que él le dio. De este hecho banal tenemos que deducir que Bernardo la conocía. Acto seguido, Mariana se despojó del abrigo. Horacio
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