biendo en silencio mientras él, Sereno y Adela hacían las tareas con su madre. En el sueño, la distancia entre uno y otro grupo se hacia inconmensurable, pero era menos invencible que cuando la misma escena se repetía en la vigilia, sin ernest, y Evodio levantaba la vista de su cuaderno para comprobar la soledad de su padre. Desde la cercanía era la misma apertura sin límites de la escuela. En cambio en el sueño todo estaba cercado. Dentro de esa realidad sin realidad él era el límite y podía transitar por su espacio interior libremente, sintiéndolo fuera de él por completo.
Por ese ámbito sin límites, que despierto él quería también para sí, se alejaban Sereno y Adela; pero Evodio nunca soñaba con ellos más que como parte del grupo que hacía la tarea. Afuera, en el espacio ajeno, Sereno lo protegía en los juegos y Evodio encontraba el nombre de Adela en los baños. A veces, en la calle, veía a su padre a distancia. Acercarse a él entonces le era más fácil que a Sereno y Adela. En tanto, su cuerpo se hacía cada vez más distinto. No chaparro y robusto, sino estrecho y espigado, con una suave y pálida piel. Su madre lo besaba tanto como a Ernesto años atrás. Las amigas de Adela no lo reconocían. Y ella también empezó a mirarlo. No fue en la escuela. Ni ella ni Sereno estaban allí ya. Sereno estudiaba en la preparatoria y Adela mecanografía. Fue en la casa, donde cada quien llegaba a distinta hora y no había más unidad que en el momento de dormir, cuando en la inevitable cercanía no ya de los petates sino de los colchones por los que los cambiaron, igual que en los sueños de Evodio, en su inmovilidad el transcurrir del tiempo volvía a tener la densa calidad de los años perdidos impuesta por la cercanía de los cuerpos que ya sólo habitaban en los sueños nocturnos y los ensueños diurnos de cada quien, aislados y solitarios, irreconocibles tal vez para cualquier otro que no fuese el mismo soñador. Adela se deslizaba al colchón después que Evodio muchas veces y antes que Sereno. Desde el olvido, Evodio no reparaba en ninguno. Quieto y sosegado, salía al encuentro de sus propias sombras en su propio espacio. Nunca supo de Adela evitando las manos de Sereno, aunque algunas noches su falta le ardía a ella en todo el cuerpo; nunca supo del continuo y exasperado encuentro de ella con otras manos en la escuela. Y ahora, de pronto, sin saberlo, empezaba a dejar de ser el niño al que Adela no veía. Viajar por el sueño tan cerca de la vigilia que es como un sueño. Las manos de Adela estuvieron una noche bajo la camiseta de Evodio. Él no supo a dónde entraba al salir del sueño para sentir su cuerpo tocado y no se movió, no dijo nada. Era Adela y su mano resultaba desconocida, seca y dulce, sin dueño, una mano apartando el sueño, haciendo dispersarse las figur-
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