otro. En su cuarto, cuidadosamente doblado sobre la silla, con la gorra encima, lo esperaba el uniforme que se pondría al día siguiente. Evodio Martínez hizo la señal de parada y se subió al camión. S esentó junto a una de las ventanillas. Como siempre el camión estaba casi vacío. Conocía el ruido del motor. Las calles desfilaban antes sus ojos No esperaba nada, no pensaba en nada, quizá tampoco deseaba nada. Y entonces, en el silencio, regresaron las sirenas.
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