madera en cuya cima un hombre pisaba borra verde, aplastándola, para hacer pacas. Evodio trabajaría con él. Contempló el vasto galerón. El dueño se alejaba ya desprendie´ndose con ambas manos del traje las briznas de borra que se le habían hadherido. Luego sólo estaba el zumbido del motor, el polvo cubriéndolo todo, los hombres alimentando las máquinas a un lado o detrás de ellas, las mujeres sentadas entre los cerros de retazos, el compañero de Evodio en lo alto de la prensa. Una vigilia que era como un sueño. En cualquier salón de clases nada empañaría la tersura del ambiente.
Los hombros de Evodio se hicieron más amplios, su cintura y sus caderas más estrechas, su cuello más largo y vigoroso conforme hacía con mayor rapidez cada día pacas de borras y de una estopa de hilos cortos que una de las máquinas elaboraba también con los recortes de trapos triturados. Salía con su padre y caminaban juntos. Después cada quien se iba por su lado. A veces, Evodio lo miraba desde lo alto de la prensa. Durante años era su padre el que lo había mirado mientras hacía la tarea. La vida transcurre sobre unas vías abiertas que parecen asegurirar un avance, pero es otro su verdadero carácter. Ni adentro ni afuera. Una zona intermedia de la que ni se entra ni se sale. Pero Evodio también se dirigía hacia otro exterior en el camión repartidor de la fábrica. Entonces había que cargar las pacas que él mismo había hecho, tambaleándose bajo su peso, con las venas del cuello hinchadas y el paso lento e inseguro, y acomodarlas entre las altas redilas, donde otras veces subían, hasta formar una torre ligera, las inseguras columnas de guata y laminados de algodón en gruesos rollos que dos de las máquinas cardaban armándolos a través de los múltiples pliegues de un largo tendido. Después, Evodio se sentaba junto al chover o se tendía afuera sobre la carga. Iban a gasolineras y tlapalerías y mueblerías y fábricas de colchones, a puestos de aceite y petróleo y hasta sastrerías. Múltiples olores. Evodio se perdía en ellos; pero siempre se regresaba al amplio galerón donde sobre el continuo vibrar del motoro todo estaba quieto bajo la tenue lluvia de polvo. El único equivalente posible para eso eran las abigarradas, oscuras y profundas bodegas de recortes de trapo apilados en costales de pita de todos tamaños y pobladas de pulgas hasta el delirio. Allí algo carecía de fondo tambie´n y se encontraba lo indefinido e impreciso. Evodio no lo sabía, pero entraba a cargar los costales con la esperanza de no salir. Sin embargo, el chofer esperaba junto a la báscula al lado del dueño de la bodega, un inevitable judía, armados ambos con blocks en los que se hacían largas columnas con el peso de los costales. Cargar, subirse a la báscula, saber que luego iban a descontar su peso del peso, llevar
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