Saturday, August 11, 2012

11 de agosto de 2012

En cualquier forma, allí estaban las montañas, pobladas hasta el deliro de coníferas, como siempre ocurre pero que en este caso correspondían a su dimensión amable, hay que decirlo y con múltiples caminos que serpenteaban por ellas perimitiéndonos transitar por el bosque como si no termináramos de salir de su acogedora umbrosidad. De pronto, podria advertirse bajo un arroyo plateado como una tersa lámina que se extendiera siempre demasiado lejos e inalcanzable. Y luego un rumor sostendio de lluvia incesante se nos atniticpaba. El oído precedía a la vista. Ese arroyo u otro arroyo, que era el mismoa, se había puesto de pie y nos enfrentaba como una caída de agua en la que el ruido que había llegado antes hasta nuestros sentidos se convertía en otra inexpresable lámina plateada cayendo entre los pinos.
El final de ese maravilloso despliegue es el inevitable y abominable merendero de siempre, con más automóviles, más autobuses estacionados en cualquier explanada abierta a costa de los pinos y poblada hasta la furia por visitnates con cámaras fotográficas y ojos rasgados que jugaban sin saberlo o habiendo interiorizado este conocimiento hasta olvidarlo, a ser occidentales y conseguían ser igualmente execrables. El paisaje conservaba su maravilla hasta en medio de ese lamentable fin de fiesta, pero no era nada para mí, en el sentido de que me sabía incapaz de utilizarlo porque estaba desprovisto de contenido al no poder conducirme hasta la fantasmagórica categoría del recuerdo, de todo lo cual hay que deducir que no somos más que ese trazo de hilos que se entrecruzan y se mezlcan para formar un tejid y con el cual armamos una historia que siempre está atrás, configurándonos, otorgándonos el dudoso don de la existencia.
Cuando Mariana se despojó del abrigo y apareció ante mí en todo su esplendor, con su vestido negro,s in saber que yo la miraba, era todavía como ese paisaje, no pertenecía a mis historia, no era más que una pura apariencia deslumbrante y sin recuerdos cuya misma belleza hacía imposible todo intento de situarla. Pero uno nunca sabe eso al hallarse frente a una persona que conlleva sin ningún peso, como si no le perteneciera, porque uno no lo conoce, su propio pasado. Mariana recibiendo en lamejilla el beso de Bernardo Tapia mientras le daba la mano y con Horacio Peña a su lado creaba un espacio neutro, separado del mundo, sin nada a su alrededor. Creo que yo no dejé de hablar con las amorfas figuras que tenía cerca; pero desde ese instante, desde ese preciso y minucioso y eterno instante, desde ese instante detenido en la cumbre de su perfección, mi única meta eraprenetrar a ese espacio neutro, formar parte de su

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