Saturday, July 21, 2012

21 de julio de 2012

casa y no era ella. Después vino el olvido y más tarde aún, la memoria.
En vez de seguir estudiando como sus hermanos, al terminar la secundaria, le preguntó a su padre si podía trabajar en la misma fábrica que él. Extraña decisión; Evodio mismo no sabía a que obedecía. Tal vez era una servidumbre al sueño en el que Ernesto aparecía con su padre; pero Evodio estaba en contra de ese sueño; él necesitaba espacio. Sereno y Adela lo miraban desde su distancia. Nadie entre ellos parecía tan idnicado para seguir estudiando como Evodio. Él todavía no olvidaba por completo la mano de Adela; pero ella se había mantenido inalcanzable. Y Sereno siempre estuvo aparte. Para evodio su rostro moreno y redondo se veía ridículo con lentes de carey y nada podría salvarlo de su figura achaparrada. En cambio Evodio sometía su superioridad a un orden; pero no lo sabía. Él iba en seguimiento de su necesidad de dejar los lugares sin límites y entrar a ese ámbito que vislumbrara alto y cercado cuando acompañaba a su madre a buscar a su padre y los tres juntos eran parte del enjambre que reodeaba la pulquería. De la oscuridad nace lo blanco; no es imposible que de lo blanco surja la osucridad.
La madre guardó silencio y ante la decisión de Evodio, Jacinto, limpiándose las anchas manos con un trapo, dijo que preguntaría al día siguiente en la fábricoa. Fueron junts a ella la primera vez. Evoio ya era más alto que su padre. Éste lo dejó en la oficina hablando con el dueño y se perdió en el amplio galerón al que se entraba por un portón de madera pintada de gris. Evodio tenía las manos unidas detrás de su espalda mientras escuchaba al duesño hablarle de la antigüedad de su padre como obrero. Luego él también entró al galerón. Sólo había seis máquinas de distintos tamaños funcionando todas con la energía de un mismo motor por medio de un conjunto de bandas. El ruido salía del motor. No había nada blanco. Un polvo de color indefinible cubría todos los salientes, se pegaba en las paredes, se depositaba en la poderosa armazón de las vigas del techo y estaba ya en el pelo de su padre que al lado de una de las máquinas tenía la nariz y la boca cubiertas por una mascarilla. No un sueño: la vigilia. El padre no apartó la atención de su máquina cuando entró Evodio con el dueño y ellos tampoco se detuvieron en esa parte del galerón. En el otro extremo se acumulaban enormes montones de recortes de trapo de diferentes materiales y colores. Tres mujeres con el pelo cubierto con paños estaban sentadas entre ellos seleccionándolos de acuerdo con su color y su clase, muy rápido, con dedos ágiles, sin descanso. Los ojos verdes de una de ellas siguiereon un instante al dueño y Evodio mientras avanzaban hacia una prensa de

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