Thursday, July 26, 2012

26 de julio de 2012

donde se realizaban tareas de investigación. Le habló de la posibilidad de ser chofer a Evodio y él lo escuchó con los codos apoyados en la mesa y la barbilla en el hueco de una de sus largas manos nudosas, de uñas cortas. Nunca había estado en una biblioteca. Trató de imaginarla. No habría polvo, pero las paredes deberían ser tan altas como las del galerón de la fábrica. Aurora les sirvió la cena a los dos hermanos; luego también llegó Adela. Sólo faltó Jacinto. Evodio lo ojó entrar mucho después, tambaleante. Ya habían apagado la luz. Los tres hermanos y la madre estaban tendidos en sus colchones. La maciza silueta de Jacinto se recortó en el marco de la puerta. Evodio pensó en Ernesto y de pronto supuso que su padre venía a hablar con él. No pudo saber si estaba dormido o despierto. Ernesto apareció un instante y se desvaneció conforme su padre avanzaba inseguro y de pie frente al colchón de Aurora se despojaba torpemente de la ropa. Evodio tenía los ojos abiertos. Vio a su padre acostarse al lado de su madre. Escuchó sus ronquidos. Sereno y Adela dormían ya. Evodio se propuso pensar en Ricardo; recordó la mano de Adela. Era la memoria. Extendió su mano y la tocó. Adela se revolcó en el sueño. Evodio retiró la mano. No supo cuándo se quedó dormido.
La biblioteca ocupaba todo un edificio y había una sección con mesas para los investigadores. Los libros se apilaban sobre muchas de ellas. En algún momento olía a tinta. Tal vez era la pluma de Sereno. Evodio estaba sentado junto a él. Habían llegado muy temprano por la mañana y pasaron directamente a los altos salones cubiertos de anaqueles, donde la secretaria saludó a Sereno. Evodio miraba a su alrededor, callado. Estaba vestido con traje y corbata. En la entrada de la fábrica había una garita y un policía los había cacheado antes de permitirles el paso. Había hasta jardines. El conjunto abarcaba tantas cosas que era imposible pensar en una fábrica. Y ahora Sereno anotaba en sus tarjetas las palabras sobre los libros. Evodio no se decidía a hablar. No había fin para los anaqueles y allí todo era silencio. Sentado detrás de Sereno, un poco a un lado, lo miraba escribir, sintiendo que el tiempo se había detenido y él había sido olvidado. Sin embargo, al entrar, Sereno había hablado con la secretaria y le había dicho que venía con su hermano y el señor Gonzaga los esperaba. Evodio se acomodó dentro del olvido. No estaba mal dejar de existir, allí, entre los libros, en el silencio. 
Empezó a removerse apenas en su asiento resistiendo esa ausencia de sí. Tenía la sensación de un vacío desde el que ya nunca iba a pertenecerse, pero tampoco sabía a quién podía entrar. Sólo era tangible desde una apacible distancia, la impresión de ser conducido a partir de su inmovilidad, de viajar sin tener que hacer ningún esfuer-

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