Sunday, August 5, 2012

5 de agosto de 2012

guiera una vez su cuerpo durante un instante bajo el transparente camisón. Su desnudez era una terrible y sumisa entrega al secreto deseo que Evodio mismo desconocía. Desnuda e inmóvil sobre los blanco strapos mientras por debajo de ella toda blancura avanzaba hacia los rodillos. María Inés no estaba herida, no había forma de herirla. Nada la levantaba y sin embargo, el movimiento mismo del alimentador creaba su detención. El cuerpo era un cuerpo. Nada más. Ernesto y Ricardo no iban a moverse nunca. María Inés son sabría jamás de su existencia. Desnuda, ajena, ignorante de sí, flotaría sobre lo blanco, envuelta en la oscuridad. Y Evodio no iba a despertar. Poco después, mientras leía su curso por correspondiencia en espera de María Inés, empezó a escuchar las sirenas. Primero intentó localizarlas a su alrededor. ¿Dónde podían estar tantas ambulancias? El aullido debía alejarse, tenía que llegar a su meta. No había ambulancias. Era inútil buscarlas. Ni adentro ni afuera. Lo interior se había hecho exterior.
Sin embargo, Evodio no volvió a recordar. El sueño regresó al olvido. Nada más se quedaron las sirenas. Sombras sin realidad avanzando sin poder llegar a su meta, sin encontrar su término, igual que todas las otras imágenes, pero sin forma, un puro aullido perdido en su propia intensidad. No se decidió a hablarle a Irene de ese continuo lamento del que esperaba liberarse. Quizá fuese el temor el que lo atrajera. Huyéndole, Evodio se hacía cada vez más prisionero de otro tipo de espera. Estaba en el silencio, a la expectativa, fingiendo una tranquilidad que no sentía, en tanto María Inés acababa de bajar del coche, y al poco tiempo de regresar a su lugar frente al volante, las sieranas de las inalcanzables, inexistentes, inasibles ambulancias lo rodeaban. Luego, el aullido desaparecía;  pero él no sabía cuándo. Tal vez ya no iba a regresar; quizá no había existido nunca. Podía ver a María inés sentada en el rincón de costumbre en el coche. Llegaba a la casa y lavaba los automóviles bajo los árboles. Luis le hacía preguntas cuando Evodio iba a recogerlo a la escuela. Llevaba a los dos niños a casa de unos amigos y María Inés entraba a la cocina a preguntarle si se habían quedado contentos. Pero mientras Matilde y Zenaida le servían en silencio, el interminable lamento había resonado de nuevo durante un tiempo sin medida en la cocina. 
Lo mejor era ignorarlo. Con Irene tampoco era distinto . Las voces, los ruidos, los rumores que llegaban de afuera adquirieron otra realidad; pero lo difícil no era distinguirlos, sino quedarse en ellos, aunque también estuviera el silencio, roto sólo por los suspiros y quejidos del cuerpo que Irene le dejaba tocar en tanto ella también buscaba el de Evodio, y la fugaz tranquilidad de saberse en la casa

No comments:

Post a Comment