Friday, July 27, 2012

27 de julio de 2012

zo hacia el interior de un espacio desconocido que lo rodeaba, cuya dimensión visible eran esos libros impenetrables que Sereno acumulaba y abría frente a él con confianza. Tuvo ganas de preguntarle qué hacía, en qué consistía su trabajo, qué escribía en esas tarjetas copiándolo de los libros, pero no se atrevió a hablar. Su voz no pertenecía a ese ámbito yentonces tampoco le pertenecía a él. Era mejor seguir callado y que su recogimiento lo perdiera. En cambio sin salir del vacío, podía moverse con cuidado en su asiento y sentirse, ligado a Sereno y aparte, lejos de todo, ajeno a cualquier violencia, tranquilo y sosegado, no protegido: intocable.
Entonces entró la secretaria. Sus tacones sonaron en el piso, su voz rompió la inmovilidad. Le dijo a Sereno que el señor Gonzaga los esperaba. Sereno se puso de pie, cerró su pluma, acomodó los libros uno sobre otro, puso las tarjetas que había escrito a un lado y la pluma encima. Se volvió hacia Evodio y le pidió que viniera con él. Evodio lo miró asombrado, sin entender. Sereno insistió sonriendo. Evodio se puso de pie. Salieron de la biblioteca. La otra secretaria leía tranquilamente sentada frente a su escritorio, ni siquiera levantó la cabeza para mirarlos.
La fábrica se extendía inabarcable. Avanzaron por calles a cuyos lados se levantaban hileras de galerones, atravesaron jardines y estacionamientos. Sereno sólo dijo que Evodio le iba a caer bien al señor Gonzaga mientras él caminaba a su lado dueño de la rara seguridad que siempre le daba la última prolongación de la espera. Entraron a una oficina donde todo el mundo parecía extremadamente ocupado. Sereno se dirigió hacia un escritorio y le habló a una secretaria. Ella le sonrió. Habló a su vez por un aparato. Volvió a hablarle a Sereno y él y Evodio se quedaron a un lado del escritorio. El ruido era tan continuo y firme como el motor de la fábrica cuando Evodio se movía bajo el polvo, pero mucho más delicado. Y nada empañaba la atmósfera. Evodio miró a las muchachas que trabajaban. Ninguna se parecía a Carmela. Tal vez Adela... La secretaria le indicó a Sereno que el señor Gonzaga los esperaba. Se levantó a acompañarlos. Evodio se acomodó la corbata.
Vestido de gris, sentado detrás de un sencillo pero vasto escritorio, en un lujoso despacho, con una gruesa alfombra que devoró el ruido de los pasos de la secretaria. Sereno y Evodio, y que se abría al exterior en vez de cerrarse por medio de un amplio ventanal que daba al exterior en vez de cerrarse por medio de un amplio ventanal que daba a un jardín en el que se apiñaban múltiples rosales con rosas de imprevisibles colores y tamaños, José Ignacio Gonzaga leía con la cabeza inclinada hacia los papeles que sus largas manos sostenían cuando ellos entraron. Casi no le habló a Sereno. Se puso de pie, la

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