Thursday, August 9, 2012

9 de agosto de 2012

Peña la auxilió en esta rutinaria operación y se quedó con la prenda en los braazos. Yo registré la belleza y la elegancia de Mariana. Sus amplios hombros desnudos, cuyo dibujo a la punta de plata señalaba peculiridades que sólo se repiten en la más exlusiva historia de la pintura, hacían más notable y moderno su trazo divididos por los estrechos tirantes de un vestido negro cuyo género de tela tiene que haberme pasado inadvertido en el preciso movimiento mediante el cual ella se desprendió de su abrigo. La ropa implica una desnudez anterior. Supongo haber visto a Mariana desnuda en ese primer gesto. No obstante, tuve que esperar una eternidad para ir más allá de la fulgurante sensación de elegancia. Por el frente, su escote era discreto; el vestido recto se le ceñía al cuerpo y permitía admirar la alta gracilidad de su figura; me disgustó que no traí a medias. Las mujeres, en su animalidad, deben poner especial cuidado en ocultar o al menos disimular en la medida en que las modas les dan ocasión de servirse de sus atributos, esta característica demasiado obvia y por tanto hiriente; pero yo olvidé ese descuido, que antes otras apariciones súbitas puede parecer imperdonable, en el registro de su cuello y su rostro, en la irrupción de ese trazo exlusivo en el que, como tú ahora sabes, la animalidad es susceptible y capaz de dejar el paso libre a una espiritualidad perteneciente al reino de lo intangible y tanto más inexplicable cuanto que se manifiesta por el burdo y sin embargo fascinante e inagotable medio de esa misma expresión de lo animal que nos desconcierta y nos atrae tan vigorosamente porque en ella encuentra la vía (que en sí misma la contradice) para manifestarse esa espritiualidad por la que, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos dejar de experimentar una aguda y perenne nostalgia.
Imposible constatar que nos hallamos ante la verdad. Las circunstancias conllevan en su fugaz interior otra realidad o la inapresable y por ello más urgente existencia de otra realidad que se le opone y anulándola no la hace existir menos por ello. No me encuentro frente a lo que vi, sino más precisa y dolorosamente ante lo que veo en un tiempo que no se inscribe en el pasado ni en el presente, sino que flota en el seno de una exigencia de la imaginación ocupando un lugar nada más en este papel rico y amarillento, que adquirí con vastas dificultades en otro lugar y en otro tiempo, y el lenguaje muestra a través de una serie de signos despojados de su calidad de representación de un significado para la gente que me rodea en este momento. Empero, en este sitio inexistente, constituido por otro instante doble en esta ocasión y que se repite en el momento en que yo escribo y tú lees lo que yo he escrito, momento en el que el instante se repite

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