Tuesday, July 31, 2012

31 de julio de 2012

entró José Ignacio. Tres días después, María Inés le dio la dirección del lugar donde tenía que mandarse a hacer los uniformes que ella deseaba. Tres juegos de uniformes. Probándoselos, Evodio se vio por primera vez con gorra frente a un espejo. La frente dura y amplia sobre la que descendía la visera, las cejas delgadas y los ojos claros apenas desorbitados como si los párpados no pudiesen contener la secreta inquietud de la mirada que iba de un lado a otro sin fijarse nunca, la nariz que se respingaba desmesuradamente y dejaba demasiado descubiertas las fosas nasales haciendo más frágil y nervioso el trazo de las aletas, la ruda y larga curva sobre el labio superior que a pesar de su tamaño no lograba ocultar por completo los recios, blancos dientes en esa boca grande con algo equino cuyos labios magros y pálidos apenas se juntaban. La quijada también tenía un remoto aire animal en su firmeza, pero los altos pómulos salientes le devolvían su inesperada delicadeza a ese rostro duro, tierno y ahora extrañamente impersonal, al verse enmarcado por la gorra y el severo cuello gris del uniforme. Evodio sintió una intensa aversión por su cara. Hubiera querido que hubiese un vacío entre la gorra y el cuello del uniforme, ser nada más su largo, estrecho cuerpo con los amplios hombros y la gorra al final. Sin embargo, ya había advertido la admiración de Matilde y Zenaida. Conforme pasaron las semanas y los meses esa admiración se transformó en un respeto casi sagrado en su ingenuidad, subrayado por el hecho de que delegaban poco menos que enteramente la posibilidad de hablarle en la cocina en Felipa. Fuera, Evodio podía conversar con el sirviente o el jardinero, pero apenas entraba a comer se hacía un silencio que sólo permitía escuchar el ruido de los cubiertos y los platos. Y luego María Inés entro un día, vio a Evodio comiendo con la cgorra puesta y dijo que había que poner una percha. Evodio colgaba cuidadosamente desde entonces su gorra en esa percha, se alisaba el pelo con las dos manos y se sentaba a la mesa a comer en silencio, servido por las dos muchachas que sólo hablaban para preguntarle qué quería después sin detener sus ojos en él, aunque luego no dejarían de reírse y murmurar, excitadas. Era como un hermoso coro, pero ese mundo no existía para Evodio. Él sólo pertenecía al estricto ámbito que él mismo cercaba y guardarle una secreta fidelidad era la única manera de crearlo. De vez en cuando, servía a José Ignacio, que leía siempre en el coche; muy pronto empezó a llevar a Mercedes primero y luego a Mercedes y a Luis a la escuela; pero su trabajo era con María Inés. José Ignacio se lo había indicado el primer día. Y ella era tan ajena, ignorante siempre de la presencia de Evodio, se hacía ver más por eso. Él no supo cuándo se inició ese proceso. Ciertamen-

Monday, July 30, 2012

30 de julio de 2012

contuvo. María Inés comentó que nunca sabía dónde recibir a la gente y le preguntó si lo mandaba su marido. Evodio sacó el papel en el que había apuntado la dirección de la casa al responder afirmativamente. María Inés volvió a sonreír. No fue difícil hablar con ella, parecía dar por supuesto que su marido habría arreglado todo. Evodio se quedó en la casa esa misma tarde sin saber más que muy vagamente cuáles serían sus obligaciones. Bajo los árboles, habiéndolo sacado del garaje, y con una manguera que tuvo que pedirle al jardinero, se dedicó a lavar el automóvil.
Nunca llegó a poder decirle nada a María Inés. Quizás ése era el problema: una estrecha cercanía desde la más extrema distancia. Ella giraba a su alrededor sin verlo y Evodio la sentía sin siquiera saber que necesitaba que lo vieran. Desde el principio, María Inés fue lo inalcanzable, pero nadie espera lo inalzancable y Evodio tampoco lo quería. Él era el chofer. Y no se estaba mal allí, en la casa, la que de algún modo también era su casa, como lo era de todo el servicio, lavando los coches, a veces el suyo y de la señora, aveces el de la señora sola, a veces al del señor, como lo había heho esa primera tarde en que sin saberlo todavía le tocó ocuparse del que sería especial y concretamente su automóvil. La única que hablaba en verdad con María Inés era la vieja con voz apenas audible y que poseía una distancia y una fragilidad propias que tendían un lazo entre una zona y otra. Evodio llegó a saber que había sido nana del señor. Se llamaba Felipa; Pipa le decían los niños, nana el señor, y Pipita María Inés. Murió muy pronto. Durante su enfermedad y su larga agonía, María Inés dormía en el hospital con ella. Evodio hizo innumerables viajes con toda la familia al sanatorio y luego los llevó a la agencia funeraria y al cementerio. Todos lloraban, menos el señor, que guardaba un silencio duro, lejano y en apariencia malhumorado.
Sin embargo, en efecto, el que fijó los términos de su empleo con Evodio fue José Ignacio. Llegó a la casa al atardecer. Vestido de gris, su asprecto era el mismo que en la oficina; pero Evodio no encontró en él a la misma persona. Hasta entonces, con excepción de Luis, nadie más de la familia se le había acercado. Mientras lavaba el coche, Luis surgió de pronto del jardín y avanzó poco a poco hasta seguir la tarea de Evodio de muy cerca. Luego, le pidió que le dejara mojar también al automóvil con la manguera y al cabo de algún tiempo se había ido sin hacer otra cosa que darle las gracias a Evodio. Cuando fue imposible sacarle más brillo a la carrocería Evodio regresó a la cocina. Estaba sentado allí, callado, tratando de fingir que no advertía los incesantes movimientos a su alrededor, cuando

Sunday, July 29, 2012

29 de julio de 2012

brarlo aunque alguna vez las había entrevisto buscando tlapalerías y gasolineras en el camión de reparto de la antigua fábrica con el auténtico chofer dormitando a su lado. Con el papel en el que escribiera la dirección en la mano, miró mucho tiempo la casa antes de decidirse a tocar. La espera, esa indispensable detención, había terminado sin que se aclarara nada. Evodio Martínez llamó. El silencio no se cortó en la calle solitaria. No era un silencio absoluto sin embargo. Poniendo atención era posible escuchar el canto de los pájaros. Pasó un tiempo muy corto, interminable. Un sirviente salió a abrir. Evodio le explicó a qué venía. Muy amablemente, el sirviente contestó que tenía que dar la vuelta y tocar por la puerta de servicio. Miró a Evodio y se ofreció a acompañarlo, pero con la misma amabilidad él le dijo que prefería ir solo. Los altos árboles sobresalían muy por encima de la barda y ocultaban en gran parte la casa. Evodio la rodeó sin dejar de mirar hacia ese centro que lo atraía ya sin saber en qué consistía. No estaba nervioso. Igual que la mañana que acompañara a su padre a la fábrica, sentía una inexplicable seguridad. Lo que buscaba no era un trabajo, era otra cosa, intangible para él mismo, y no existía la posibilidad de que lo rechazaran porque nada existía antes de hacerse concreto apareciendo ante él. Las copas de los árboles se balanceaban suavemente, diversas y frondosas, contra el cielo lejano, despejado. Sin dejar de caminar, sorprendido ante el tamaño de la casa, Evodio se adentró por el fin de la espera.
El sirviente lo aguardaba en la puerta. Por primera vez, Evodio atravesó el aparentemente descuidado jardín. Los árboles tenían que ser anteriores a todo. Producían un rumor como de lluvia, leve e impreciso, una lluvia que nunca llegaba al piso. Por primera vez, estuvo sentado en la cocina antigua y llena de muebles y artefactos modernos, con las sirvientas continuando sus tareas, entrando y saliendo como si él no estuviera llí, aunque lo habían saludado cuando entró y no dejaban de mirarlo de reojo. Llegaría a saber que se llamaban Matilde y Zenaida; pero la que entró y le dijo que la niña lo esperaba esa primera tarde fue una vieja frágil, delicada, con una voz apenas audible. Evodio se había puesto de pie. Siguió a la vieja fascinado de inmediato por ella. Tenía una distinción que la separaba de todas las demás y sin embargo, no dejaba de ser una sirvienta, como si supiera que ése era su papel y se atuviera por completo a esa dimnesión que la defendía sacándola a pesar suyo de sus exigencias.
María Inés entró entonces al antecomedor donde Evodio la epseraba. La vieja la seguía, pero salió de inmediato, sin detenerse para nada, de regreso a la cocina. María Inés le sonrió a Evodio. Él no supo qué hacer. Sintió la tentación de arreglarse la corbata pero se

Saturday, July 28, 2012

28 de julio de 2012

secretaria salió y los tres hombres se sentaron a un lado del escritorio, en la parte del despacho que ocupaban un sofá y dos sillones forrados de un cuero muy suave. José Ignacio Gonzaga miraba directamente a Evodio mientras le preguntaba por sus documetnos de chofer y deseaba saber si conocía bien las calles. Luego le dijo que en realidad lo necesitaba para que trabajara en su casa para su mujer, así que ella era la que tenía la última palabra. Le dio la dirección y le preguntó si podría ir esa misma tarde. Evodio no había apartado los ojos de los de su futuro patrón en tanto contestaba. En él estaba de pronto toda una realidad. El despacho lo rodeaba como si fuera parte de su propia persona y sin embargo, José Ignacio no parecía estar allí, era el despacho y no él lo que era real. Evodoio empezó a sentir una admiración cuyo sentido ignoraba tanto como su objeto. Fue Sereno el que le tendió un papel para que apuntara la dirección que le daba José Ignacio, pero su pluma se había quedado en la biblioteca. José Ignacio se levantó, tomó una de su escritorio y se la tendió a Evodio. Repitió la dirección. Evodio escribió en el papel. Entonces José Ignacio le preguntó a Sereno si había la posibilidad de que encontrara algún día algo imprevisible o interesante entre los inabarcables infolios de la biblioteca. Pero era obvio que no iba a escuchar la respuesta. Evodio se guardó el papel con la dirección en una de las bolsas de su saco. José Ignacio dijo que le avisaría a su señora por teléfono que Evodio iba a ir a la casa y les tendió la mano a los dos. La entrevista había terminado. José Ignacio los acompañó hasta la puerta de su despacho.
En la oficina sólo reparó en su salida la secretaria de José Ignacio, los miró un instante. Evodio caminaba a ciegas jutno a Sereno y sentía una gran urgencia de dejar la oficina. Salieron. Sereno le preguntó qué le había parecido su nuevo posible patrón. Necesitaba sentirse cerca de Sereno en ese momento y eso era imposible. Él lo acompañó hasta la entrada de la fábrica, preguntándole si sabría dar con la dirección y recomendándole que fuera de inmediato. Atravesaron de nuevo jardines y estacionamientos. En la entrada, el policía dejó su garita y cacheó otra vez a Evodio antes de perimitirle que saliera. Sereno regresó a la biblioteca. Evodio no se volvió a mirarlo.
Invirtió lo que quedaba de la mañana y el principio de la tarde en llegar a la dirección que le había dado José Ignacio y encontrar finalmente la casa. Mientras pasaba de un camión a otro era de nuevo la espera. No estaba en ningún lado y la ciudad cambiaba conforme avanzaba hacia una meta de la que sólo podía saber que la desconocía por completo. Caminaba ya por calles que no dejaban de asom-

Friday, July 27, 2012

27 de julio de 2012

zo hacia el interior de un espacio desconocido que lo rodeaba, cuya dimensión visible eran esos libros impenetrables que Sereno acumulaba y abría frente a él con confianza. Tuvo ganas de preguntarle qué hacía, en qué consistía su trabajo, qué escribía en esas tarjetas copiándolo de los libros, pero no se atrevió a hablar. Su voz no pertenecía a ese ámbito yentonces tampoco le pertenecía a él. Era mejor seguir callado y que su recogimiento lo perdiera. En cambio sin salir del vacío, podía moverse con cuidado en su asiento y sentirse, ligado a Sereno y aparte, lejos de todo, ajeno a cualquier violencia, tranquilo y sosegado, no protegido: intocable.
Entonces entró la secretaria. Sus tacones sonaron en el piso, su voz rompió la inmovilidad. Le dijo a Sereno que el señor Gonzaga los esperaba. Sereno se puso de pie, cerró su pluma, acomodó los libros uno sobre otro, puso las tarjetas que había escrito a un lado y la pluma encima. Se volvió hacia Evodio y le pidió que viniera con él. Evodio lo miró asombrado, sin entender. Sereno insistió sonriendo. Evodio se puso de pie. Salieron de la biblioteca. La otra secretaria leía tranquilamente sentada frente a su escritorio, ni siquiera levantó la cabeza para mirarlos.
La fábrica se extendía inabarcable. Avanzaron por calles a cuyos lados se levantaban hileras de galerones, atravesaron jardines y estacionamientos. Sereno sólo dijo que Evodio le iba a caer bien al señor Gonzaga mientras él caminaba a su lado dueño de la rara seguridad que siempre le daba la última prolongación de la espera. Entraron a una oficina donde todo el mundo parecía extremadamente ocupado. Sereno se dirigió hacia un escritorio y le habló a una secretaria. Ella le sonrió. Habló a su vez por un aparato. Volvió a hablarle a Sereno y él y Evodio se quedaron a un lado del escritorio. El ruido era tan continuo y firme como el motor de la fábrica cuando Evodio se movía bajo el polvo, pero mucho más delicado. Y nada empañaba la atmósfera. Evodio miró a las muchachas que trabajaban. Ninguna se parecía a Carmela. Tal vez Adela... La secretaria le indicó a Sereno que el señor Gonzaga los esperaba. Se levantó a acompañarlos. Evodio se acomodó la corbata.
Vestido de gris, sentado detrás de un sencillo pero vasto escritorio, en un lujoso despacho, con una gruesa alfombra que devoró el ruido de los pasos de la secretaria. Sereno y Evodio, y que se abría al exterior en vez de cerrarse por medio de un amplio ventanal que daba al exterior en vez de cerrarse por medio de un amplio ventanal que daba a un jardín en el que se apiñaban múltiples rosales con rosas de imprevisibles colores y tamaños, José Ignacio Gonzaga leía con la cabeza inclinada hacia los papeles que sus largas manos sostenían cuando ellos entraron. Casi no le habló a Sereno. Se puso de pie, la

Thursday, July 26, 2012

26 de julio de 2012

donde se realizaban tareas de investigación. Le habló de la posibilidad de ser chofer a Evodio y él lo escuchó con los codos apoyados en la mesa y la barbilla en el hueco de una de sus largas manos nudosas, de uñas cortas. Nunca había estado en una biblioteca. Trató de imaginarla. No habría polvo, pero las paredes deberían ser tan altas como las del galerón de la fábrica. Aurora les sirvió la cena a los dos hermanos; luego también llegó Adela. Sólo faltó Jacinto. Evodio lo ojó entrar mucho después, tambaleante. Ya habían apagado la luz. Los tres hermanos y la madre estaban tendidos en sus colchones. La maciza silueta de Jacinto se recortó en el marco de la puerta. Evodio pensó en Ernesto y de pronto supuso que su padre venía a hablar con él. No pudo saber si estaba dormido o despierto. Ernesto apareció un instante y se desvaneció conforme su padre avanzaba inseguro y de pie frente al colchón de Aurora se despojaba torpemente de la ropa. Evodio tenía los ojos abiertos. Vio a su padre acostarse al lado de su madre. Escuchó sus ronquidos. Sereno y Adela dormían ya. Evodio se propuso pensar en Ricardo; recordó la mano de Adela. Era la memoria. Extendió su mano y la tocó. Adela se revolcó en el sueño. Evodio retiró la mano. No supo cuándo se quedó dormido.
La biblioteca ocupaba todo un edificio y había una sección con mesas para los investigadores. Los libros se apilaban sobre muchas de ellas. En algún momento olía a tinta. Tal vez era la pluma de Sereno. Evodio estaba sentado junto a él. Habían llegado muy temprano por la mañana y pasaron directamente a los altos salones cubiertos de anaqueles, donde la secretaria saludó a Sereno. Evodio miraba a su alrededor, callado. Estaba vestido con traje y corbata. En la entrada de la fábrica había una garita y un policía los había cacheado antes de permitirles el paso. Había hasta jardines. El conjunto abarcaba tantas cosas que era imposible pensar en una fábrica. Y ahora Sereno anotaba en sus tarjetas las palabras sobre los libros. Evodio no se decidía a hablar. No había fin para los anaqueles y allí todo era silencio. Sentado detrás de Sereno, un poco a un lado, lo miraba escribir, sintiendo que el tiempo se había detenido y él había sido olvidado. Sin embargo, al entrar, Sereno había hablado con la secretaria y le había dicho que venía con su hermano y el señor Gonzaga los esperaba. Evodio se acomodó dentro del olvido. No estaba mal dejar de existir, allí, entre los libros, en el silencio. 
Empezó a removerse apenas en su asiento resistiendo esa ausencia de sí. Tenía la sensación de un vacío desde el que ya nunca iba a pertenecerse, pero tampoco sabía a quién podía entrar. Sólo era tangible desde una apacible distancia, la impresión de ser conducido a partir de su inmovilidad, de viajar sin tener que hacer ningún esfuer-

Wednesday, July 25, 2012

25 de julio de 2012

Se tiene tal vez la regla y no se deja de buscar. Evodio estaban en la fábrica; lo demás se quedaba afuera. Se empeñó en acompañar a Carmela después de que los dos salían olorosos a jabón del baño, limpios del polvo, por las calles en las que poco a poco iban desvaneciéndose las figuras y se encendían las luces. Veía a su padre verlo pasar desde la pulquería. Una vez, le propuso a Carmela ir al cine. Ella no aceptó. Nunca llegaban hasta la casa de ella, nunca permitió que le tomara siquiera el brazo. Evodio nada más caminaba a su lado y sinembargo, los ambiguos e insondables ojos versdes de ella conservaban la entrega de un momento atrás. Allí estaba el límite del mundo. Ir y venir por ese cuerpo; entrar y salir de la fábrica. Pero Carmela callaba siempre. Había un temor, una espera que le despertaba una especie de rencor por Evodio. Caminaba a su lado sin estar con él y ella preservaba la parte que se apartaba. Obedeció a esa parte la tarde que su novio se precipitó sobre su acompañante al dar vuelta a una esquina. Quizás hay un dueño secreto para cada cuerpo. El de Carmela mostró una fidelidad ajena a ella. No intervino, pero mientras miraba se mantenía del lado del que pegaba y al mismo tiempo cada golpe iba dirigido también contra el cuerop que se dejaba tomar por Evodio y usaba ese otro cuerpo dándole el suyo tierno y acuoso, convertido en la pura densidad de su mirada sin rumbo. Evodio se tambaleó desde el primer puñetazo. Luego todo estaba empañado por la sangre que era igual a la tentación de dejar de responder y resbalar por ese mareo tras el que se fugaba el mundo. Encontrar el piso fue un alivio equivalente al placer del dolor de recibir las patadas en las costillas, en la cabeza y separarse de ese piso era como abandonar su cuerpo. Se quedó quieto.
Fue Sereno el que le propuso que tomara otro trabajo. En la fábrica, Evodio no miraba a Carmela. De algún modo, le concedía la razón. Carmela tampoco miraba a Evodio. Ni siquiera conservaba la nostalgia. Lo que se había hecho inaccesible era el lugar donde podían encontrarse y lo habían roto los dos. El padre no dijo nada. Evodio alimentaba su carda, pero estaba ausente. Él no pertenecía; era un solitario.Ni la vigilia ni el sueño. Continuidad rota como una tela que se desgarra. Un solo chasquido que persiste y es imposible cerrar. Evodio alimentaba su carda, vigilaba el tendido. Lo peor era no sentir nigún rencor.Regresaba as u casa y Sereno estaba entre sus libros. Él se sentaba en la misma mesa y lo miraba. De entre esos libros levantó la vista una noche Sereno para preguntarle si no le gustaría probar un empleo como chofer. sereno tenía un trabajo como ayudante en la biblioteca de una moderna fábrica cuya contribución a la cultura era esa vasta biblioteca de documentos históricos

Tuesday, July 24, 2012

24 de julio de 2012

nudaban por completo. Ella acercaba su cuerpo dulce y húmedo al seco y siempre tenso de Evodio y cruzaban un límite desconocido para ellos mismos. Por lo demás, casi no se hablaban. Carmela dejaba de pronto de separar trapos y su mirada oscura y sombría de tan verde se hacía idéntica a la sorda y ambigua sensualidad de su rostro mientras veía a Evodio manipular la prensa con movimientos ágiles; él en cambio, trataba de mantenerse aparte. Aunque su padre ya no lo esperaba y Evodio salía solo de la fábrica, más tarde que Carmela, iba directamente a su casa. Allí, la distancia de Adela era el equivalente exacto de la cercanía de Carmela. Nada podía transofrmar ese vacío. Evodio lo buscaba y le huía con el mismo movimiento. Tal vez debería ver a Carmela fuera de la fábrica; pero era imposible: ella tenía novio y no lo intentaba. Aprendió a manejar el camión. El chofer dormitaba a su lado y en tanto él empezaba a reconocer las calles. Era lo abierto; pero el sueño contrario también persistía. Él tenía que conseguir que lo hicieran responsable de una carda. Iba a estar en la misma hilera de máquinas que su padre. Llegó a obtenerlo. Tuvo una mascarilla y se paraba detrás de la más larga entre todas las máquinas, alimentándola con suave borra que salí de lade su padre, vigilando que no pasara ningún pesazo entero de trapo a desequilibrar el delicado encuentro de los rodillos, caminando a lo largo del tendido para comprobar que no había ruputras en el subir y bajar de la sábana tirante sobre rodillos de maderaen la que se iban desplegando los rollos de laminado y de guata, y luego, sacando el rollo, acomodándolos al pie del tendido, uno sobre otro, uno al lado del otro. Operaciones delicadas y precisas. Cuando no eran sólo rollos de laminado sino guatas había además que rociar con cola el tendido. El olor era más penetrante que cualquier otro en el galerón entonces. Después Evodio iba a recoger material a la máquina de su padre. Él apenas levantaba la vista, atento a su propi tarea, chaparro y macizo, fantasma cubierto de un polvo que no dejaba de girar nunca a su alrededor, que caía intermitente, ajeno sobre todas las figuras, unificándolas. Responsable de una carda, Evodio ya no salía nunca en el camión. Todo estaba en su sitio. Muy lejos, Sereno y Adela se dejaban ver de pronto en la casa. Sereno le proponía a Evodio que leyera libros. Él los veía y nunca los abrió. En el centro, Aurora observaba a sus hijos. Luego, a oscuras, sobre los colchones, cerca del sueño, con el que ella hablaba, mucho, un continuo, incesasnte, rumor, era con el padre. Tendido cerca de Adela, Evodio trataba de escucharlos. Nunca supo cuándo callaban. Tampoco si su madre sabía de Carmela. Algunas veces al salir él tarde de la fábrica, Jacinto estaba en la pulquería.

Monday, July 23, 2012

23 de julio de 2012

el costal al camión. Llegaba a la fábrica lleno de pulgas y se acostumbró a bañarse después. Evodio, que había crecido, que se había embarnecido haciendo pacas de borra y estopa en el vasto galerón donde su padre cubiertas la nariz y la boca con la mascarilla no levantaba jamás la vista del tenido de alimentamiento de su rompedora, mientras las escogedoras con el pelo protegido por un paño pizcaban con dedos ágiles separando los distintos recortes de trapo y lo miraban en lo alto de la prensa bailando sobre la borra, sobre la estopa, para poner la pesada tapa de madera con el material lo más aplastado posible. Y todo ocurre porque se ha encontrado un refugio cuya naturaleza se desconoce.
Los baños eran la parte más improvisada de la fábrica. No tenían puerta. Una cortina de costal de pita protegía la entrada. Tres regaderas y dos excusados formaban la instalación. En dos de los compartimientos el agua de las regaderas mojaba los excusados. El otro carecía de él. Evodio prefería ése. Colgaba su ropa de un gancho en la pared opuesta a la de la regadera y dejaba correr el agua largamente sobre el piso de cemento hasta que escurría incluso fuera del baño y el vapor entorpecía el espacio en el que se movía su cuerpo desnudo. La tarde que entró Carmela y se le quedó mirando con sus ojos verdes sin ninguna ocultación estaba ya bajo la regadera. El agua resbalaba tibia por su cuerpo ceñido. Evodio iba a empezar a enjabonarse. Carmela esperó a que sus ojos se encontraran. Evodio la miró. Ella vestida y él desnudo. El agua corría por su cuerpo, se extendía por el piso, mojaba los zapatos de Carmela. Carmela se desprendió del paño que protegía su pelo negro, se quitó los zapatosy luego el resto de la ropa. Ahora los dos estaban desnudos. Carmela se acercó a Evodio y le pidió que la enjabonara. Cerró los ojos para recibir el agua. Sus pechos pesaban, sus nalgas recogieron con generosidad las manos de Evodio. Él se detuvo mucho tiempo enjabonando el vértice negro del sexo de ella. Sus dedos entraron por el agujero. El agua, el jabón, el líquido que se abría paso por la carne de Carmela creaba un chasquido común. Carmela acercó su cuerpo al de Evodio y le echó los brazos al cuello. La mutua piel húmeda. Se acostaron sobre el piso, entre el agua que corría, sin cerrar la regadera. El pelo mojado de Carmela se le metía en la boca a Evodio.
Ahora la quietud del galerón se ha puesto en movimiento. Ya no es sólo la suave caída del polvo sino también el rumor del agua. Evodio y Carmela se acostaban en el baño y sobre los montones de trapo, sucios y limpios, por la tarde al quedarse sola la fábricas o al mediodía cuando los demás salían a comer, en el silencio que creaba el cese del zumbido del motor y bajo el rumor del agua; pero siempre se des-

Sunday, July 22, 2012

22 de julio de 2012

madera en cuya cima un hombre pisaba borra verde, aplastándola, para hacer pacas. Evodio trabajaría con él. Contempló el vasto galerón. El dueño se alejaba ya desprendie´ndose con ambas manos del traje las briznas de borra que se le habían hadherido. Luego sólo estaba el zumbido del motor, el polvo cubriéndolo todo, los hombres alimentando las máquinas a un lado o detrás de ellas, las mujeres sentadas entre los cerros de retazos, el compañero de Evodio en lo alto de la prensa. Una vigilia que era como un sueño. En cualquier salón de clases nada empañaría la tersura del ambiente.
Los hombros de Evodio se hicieron más amplios, su cintura y sus caderas más estrechas, su cuello más largo y vigoroso conforme hacía con mayor rapidez cada día pacas de borras y de una estopa de hilos cortos que una de las máquinas elaboraba también con los recortes de trapos triturados. Salía con su padre y caminaban juntos. Después cada quien se iba por su lado. A veces, Evodio lo miraba desde lo alto de la prensa. Durante años era su padre el que lo había mirado mientras hacía la tarea. La vida transcurre sobre unas vías abiertas que parecen asegurirar un avance, pero es otro su verdadero carácter. Ni adentro ni afuera. Una zona intermedia de la que ni se entra ni se sale. Pero Evodio también se dirigía hacia otro exterior en el camión repartidor de la fábrica. Entonces había que cargar las pacas que él mismo había hecho, tambaleándose bajo su peso, con las venas del cuello hinchadas y el paso lento e inseguro, y acomodarlas entre las altas redilas, donde otras veces subían, hasta formar una torre ligera, las inseguras columnas de guata y laminados de algodón en gruesos rollos que dos de las máquinas cardaban armándolos a través de los múltiples pliegues de un largo tendido. Después, Evodio se sentaba junto al chover o se tendía afuera sobre la carga. Iban a gasolineras y tlapalerías y mueblerías y fábricas de colchones, a puestos de aceite y petróleo y hasta sastrerías. Múltiples olores. Evodio se perdía en ellos; pero siempre se regresaba al amplio galerón donde sobre el continuo vibrar del motoro todo estaba quieto bajo la tenue lluvia de polvo. El único equivalente posible para eso eran las abigarradas, oscuras y profundas bodegas de recortes de trapo apilados en costales de pita de todos tamaños y pobladas de pulgas hasta el delirio. Allí algo carecía de fondo tambie´n y se encontraba lo indefinido e impreciso. Evodio no lo sabía, pero entraba a cargar los costales con la esperanza de no salir. Sin embargo, el chofer esperaba junto a la báscula al lado del dueño de la bodega, un inevitable judía, armados ambos con blocks en los que se hacían largas columnas con el peso de los costales. Cargar, subirse a la báscula, saber que luego iban a descontar su peso del peso, llevar

Saturday, July 21, 2012

21 de julio de 2012

casa y no era ella. Después vino el olvido y más tarde aún, la memoria.
En vez de seguir estudiando como sus hermanos, al terminar la secundaria, le preguntó a su padre si podía trabajar en la misma fábrica que él. Extraña decisión; Evodio mismo no sabía a que obedecía. Tal vez era una servidumbre al sueño en el que Ernesto aparecía con su padre; pero Evodio estaba en contra de ese sueño; él necesitaba espacio. Sereno y Adela lo miraban desde su distancia. Nadie entre ellos parecía tan idnicado para seguir estudiando como Evodio. Él todavía no olvidaba por completo la mano de Adela; pero ella se había mantenido inalcanzable. Y Sereno siempre estuvo aparte. Para evodio su rostro moreno y redondo se veía ridículo con lentes de carey y nada podría salvarlo de su figura achaparrada. En cambio Evodio sometía su superioridad a un orden; pero no lo sabía. Él iba en seguimiento de su necesidad de dejar los lugares sin límites y entrar a ese ámbito que vislumbrara alto y cercado cuando acompañaba a su madre a buscar a su padre y los tres juntos eran parte del enjambre que reodeaba la pulquería. De la oscuridad nace lo blanco; no es imposible que de lo blanco surja la osucridad.
La madre guardó silencio y ante la decisión de Evodio, Jacinto, limpiándose las anchas manos con un trapo, dijo que preguntaría al día siguiente en la fábricoa. Fueron junts a ella la primera vez. Evoio ya era más alto que su padre. Éste lo dejó en la oficina hablando con el dueño y se perdió en el amplio galerón al que se entraba por un portón de madera pintada de gris. Evodio tenía las manos unidas detrás de su espalda mientras escuchaba al duesño hablarle de la antigüedad de su padre como obrero. Luego él también entró al galerón. Sólo había seis máquinas de distintos tamaños funcionando todas con la energía de un mismo motor por medio de un conjunto de bandas. El ruido salía del motor. No había nada blanco. Un polvo de color indefinible cubría todos los salientes, se pegaba en las paredes, se depositaba en la poderosa armazón de las vigas del techo y estaba ya en el pelo de su padre que al lado de una de las máquinas tenía la nariz y la boca cubiertas por una mascarilla. No un sueño: la vigilia. El padre no apartó la atención de su máquina cuando entró Evodio con el dueño y ellos tampoco se detuvieron en esa parte del galerón. En el otro extremo se acumulaban enormes montones de recortes de trapo de diferentes materiales y colores. Tres mujeres con el pelo cubierto con paños estaban sentadas entre ellos seleccionándolos de acuerdo con su color y su clase, muy rápido, con dedos ágiles, sin descanso. Los ojos verdes de una de ellas siguiereon un instante al dueño y Evodio mientras avanzaban hacia una prensa de

Friday, July 20, 2012

20 de julio de 2012

ras en las que regresaban los fantasmas, pero fantasma ella también mientras recorría su vientre, subía a su pecho y se quedaba quieta oyendo su corazón a través de la piel, sólo de la piel, y bajaba muy despacio por su flanco hasta perderse bajo el calzoncillo. Era adela a su lado, no un fantasma, no alguien que regresaba, sino alguien que siempre había estado a su lado, y él no podía decir nada. Tampoco era Adela, era él mismo despertando bajo esa mano y sintiéndose otro sin saberlo. los vellos que empezaban a salirle sobre el pubis y le picaban continuamente fueron una vía hacia su primera erección provocada. La mano se apartó entonces. Evodio se quedó quieto en la oscuridad.
Es imposible delimitar cuál es el verdadero plano en el que se desenvuelve la vida. Adela se dividió en dos, pero u na se hacía invisible siendo la misma de todos los días y la otra resultaba inaccesible, desde su extrema cercanía se encerraba en un mutismo y una distancia insalvables. La noche en que Evodio tendió tambie´n una mano hacia ella, la segunda noche, después de mirarla todo el día sin reconocerla, esperando inútilmente un signo de complicidad sintiéndose culpable, dudando de que hubiera ocurrido algo fuera del sueño, yendo al baño en la escuela para encontrar a tra´ves de los años en el olor la huella de su hermana y regresando con los demás más solitario que nunca después de haberse acariciado el pene, envuelto por el olor y fuera de sí y del tiempo, Adela lo rechazó sin apartar la mano del cuerpo de él. Evodio volvió a quedarse quieto, aceptando el rechazo. Podía sentir en la oscuridad la respiración de Adela, anhelante como su mano, unida a la de él. Sereno quedaba aparte, el mundo quedaba aparte; pero él y Adela también estaban separados. Luego era sólo su cuerpo adolorido y solitario el que entraba al sueño. Pasó mucho tiempo antes de que eyaculara por primera vez en la mano de Adela. Los dos planos se habían hecho inintercambiables. Por la mañana, durante un instante un breve instante, Adela le sonrió de una manera distinta, pero siempre cercana e inaccesible. No volvió a tocarlo. Eyacular había sido salir del dolor y entrar a otro instantáneo e inexplicable, sorprendente e ineseperado, que venía de muy lejos y lo dejaba muy lejos, aparte de la mano cerrada alrededor de su pene y que recibió el semen, regresándolo a una rara paz que no conocía y a la que por tanto no podía regresar sin empezar a ser otro y haciéndolo independiente de la mano que se retiró muy despacio. Después, muchas veces. Evodio intentó acercar a sí a Adela por lanoche. Nunca lo logró. En el día nada existía. La sonrisa de Adela fue un final. Evodio se masturbaba pensando en ella; pero era otra Adela. La miraba entre sus amigos y no era ella; la buscaba en su

Thursday, July 19, 2012

19 de julio de 2012

biendo en silencio mientras él, Sereno y Adela hacían las tareas con su madre. En el sueño, la distancia entre uno y otro grupo se hacia inconmensurable, pero era menos invencible que cuando la misma escena se repetía en la vigilia, sin ernest, y Evodio levantaba la vista de su cuaderno para comprobar la soledad de su padre. Desde la cercanía era la misma apertura sin límites de la escuela. En cambio en el sueño todo estaba cercado. Dentro de esa realidad sin realidad él era el límite y podía transitar por su espacio interior libremente, sintiéndolo fuera de él por completo.
Por ese ámbito sin límites, que despierto él quería también para sí, se alejaban Sereno y Adela; pero Evodio nunca soñaba con ellos más que como parte del grupo que hacía la tarea. Afuera, en el espacio ajeno, Sereno lo protegía en los juegos y Evodio encontraba el nombre de Adela en los baños. A veces, en la calle, veía a su padre a distancia. Acercarse a él entonces le era más fácil que a Sereno y Adela. En tanto, su cuerpo se hacía cada vez más distinto. No chaparro y robusto, sino estrecho y espigado, con una suave y pálida piel. Su madre lo besaba tanto como a Ernesto años atrás. Las amigas de Adela no lo reconocían. Y ella también empezó a mirarlo. No fue en la escuela. Ni ella ni Sereno estaban allí ya. Sereno estudiaba en la preparatoria y Adela mecanografía. Fue en la casa, donde cada quien llegaba a distinta hora y no había más unidad que en el momento de dormir, cuando en la inevitable cercanía no ya de los petates sino de los colchones por los que los cambiaron, igual que en los sueños de Evodio, en su inmovilidad el transcurrir del tiempo volvía a tener la densa calidad de los años perdidos impuesta por la cercanía de los cuerpos que ya sólo habitaban en los sueños nocturnos y los ensueños diurnos de cada quien, aislados y solitarios, irreconocibles tal vez para cualquier otro que no fuese el mismo soñador. Adela se deslizaba al colchón después que Evodio muchas veces y antes que Sereno. Desde el olvido, Evodio no reparaba en ninguno. Quieto y sosegado, salía al encuentro de sus propias sombras en su propio espacio. Nunca supo de Adela evitando las manos de Sereno, aunque algunas noches su falta le ardía a ella en todo el cuerpo; nunca supo del continuo y exasperado encuentro de ella con otras manos en la escuela. Y ahora, de pronto, sin saberlo, empezaba a dejar de ser el niño al que Adela no veía. Viajar por el sueño tan cerca de la vigilia que es como un sueño. Las manos de Adela estuvieron una noche bajo la camiseta de Evodio. Él no supo a dónde entraba al salir del sueño para sentir su cuerpo tocado y no se movió, no dijo nada. Era Adela y su mano resultaba desconocida, seca y dulce, sin dueño, una mano apartando el sueño, haciendo dispersarse las figur-

18 de julio de 2012

Evodio la vio allá, en ese cuarto tan amplio donde nadie le habló, aunque Adela estaba a su lado con los ojos muy abiertos. Mucho tiempo, Evodio creyó que ése era el olor de los atropellamientos. Su mamá lloró más que cuando se perdió Ernesto o menos en secreto. Ya no había tanta gente, pero tampoco era agradable. Por la noche se extrañaba la cercanía de todos, distintos, iguales, un solo cuerpo, una sola respiración y pasó mucho tiempo antes de que Adela estuviera siempre a su lado.
Al llegar al enorme edificio de la escuela, Sereno y Adela lo dejaban solo de inmediato. Evodio conoció al mismo tiempo lo que era su famlia y la sensación de un espacio abierto, sin límites. Seguía con la vista a sus hermanos, los miraba perderse entre sus amigos y él no sabía cómo acercarse a ninguno de sus compañeros. Su amo y su necesidad eran tan grandes como su odio y voluntad de separación. Un momentos antes caminaban los tres juntos por calles conocidas, más atrás todavía desayunaban la blanca leche que su madre les servía en distintos tazones y ellos tomaban remojando pan en el blanco líquido de pie frente a la mesa sin pintar y ahora él ya no existía ni para Sereno ni para Adela que sin embargo, lo reencontrarían al terminar las clases con toda naturalidad. Llegó a hablar con muchos de sus compañeros, pero nunca tuvo amigos. Cuando supo lo que esa palabra significaba, aceptó que él era un solitario. Acompañaba a Sereno a jugar en los llanos y al principio él sólo miraba porque era muy chico. Adela era más lejana aún. Sin embargo, apenas sabía leer cuando aprendió a distinguir el nombre de ella escrito en los baños. Pasarían los años, un cuerpo ocupando un espacio y atravesando un tiempo que se movía monótonamente alrededor de unos cuantos puntos centrales inconmovibles, sin que el agrio y penetrante olor de esos baños con el piso siempre húmedo dejara de apartarlo del abierto ámbito de la escuela conduciéndola al estrecho campo de las dos habitaciones pobladas por la apabullantes presencia de los demás. Pero también se abría algo inconmesurable al separarse de Sereno y  Adela y no era agradable. Desde la seguridad que cada año le daba con mayor firmeza a su propia persona, Evodio no sabía nunca en dónde quería estar. ¡Qué extraño ahora, a la hora de acostarse, la amplitud que fue creando la desaparición de Ernesto primero, la muerte de Ricardo después! A veces, Evodio soñaba que Ernesto regresaba; pero nunca ricardo, aunque tenía guardados los juguetes que él le hiciera. Él, Sereno y Adela dormían en el mismo rincón, sobre petates juntos. En los sueños de Evodio, Ernesto regresaba a hacerle compañía a su padre. Eran ellos dos, Ernesto  y Jacinto, su padre, robustos, chaparros y seguros, los que los contemplaban be-

Tuesday, July 17, 2012

17 de julio de 2012


camino de los demás y pasar lo más inadvertido posible. Su papá y Ernesto, su hermano mayor, tenían siempre los ojos rojos y eran ellos los que traían el olor a pulque. Eran todos, su papá; Ernesto, Ricardo, Sereno. No; Sereno, no. Pero es lo mismo. La casa era la que tenía ese olor porque todos eran la casa. Siempre estaba la pulquería por la que él pasaba al dar vuelta en la esquina con su movimiento perpetuo de hombres y mujeres entrando con paso lento y era un refugio lleno de misterio. También su mamá salía algunas veces con una botella de leche llena, blanca como la leche, pero el olor no era a leche. También eran blancas las huellas de cal que Ernesto tenía en el pelo, en la ropa, en todos lados y el olor no era desagradable. El desagradable era Ernesto. También era imposible que lo supiera. Se parecía a su papá, chaparro como él y fuerte, con los ojos rojos en esa época. Fue el primero en desaparecer. Un día no volvió y lo esperaron y lo esperaron y no volvió.
No se trata de una evocación. Mientras está acostado en su cama estrecha pero limpia, en calzoncillos y calcetines, conlas manos bajo la cabeza, Evodio Martínez tampoco piensa en nada. Tiene tan sólo la sensación de esa constante compañía de los demás que no lo dejaba vivir; pero ahora no hay nadie y la sensación es la misma. En los dos cuartos de su atigua casa no había más que sus cuerpos. Su madre nunca lo besaba entonces. Todos dormían en el suelo, sin camas, y él junto con ellos: sus papás, Ernesto, Ricardo, Sereno y Adela. Sereno y Adela ya iban a la escuela y Evodio iba a empezar a ir; pero Ernesto y Ricardo ni siquiera sabían leer, como su papá. Esllos son los que tuvieron que desaparecer para que cambiara la vida. Sin embargo, su papá todavía estaba allí y en verdad nadie molestaba a nadie. Ernesto besaba muchas veces a su madre, manchado de cal, y Evodio lo veía. Ella debería quererlo mucho, no en balde era el mayor. Lo esperó siempre, siempre, hablando de eso tal vez sólo con su papá.
Cuano Evodio empezó a ir a la escuela, Sereno y Adela formaban un grupo aparte. Ernesto y Ricardo los trataban con una mezcla de desprecio y respeto que creaba una culpa y aumentaba el cariño. Los más jóvenes llegaban a la casa con tareas y libros de los que muy pronto dejarían de poder hablar hasta con Aurora, pero entonces, ella, la madre, los ayudaba. Evodio los miraba sentados frente a la mesa y sabía que algún día estaría allí, junto con ellos. Sin embargo, eso era triste todavía. Su preferido era Ricardo que lo ponía sobre sus piernas, pegaba la cara a la suya por detrás y le hacía juguetes de cartón y de madera. Él no olía a cal ni a pulque, no tenía que ver con nada blanco, no tenía olor. Su olor fue el de la funeraria

Monday, July 16, 2012

16 de julio de 2012

III. EVODIO MARTÍNEZ

Él no entiende por qué, ahora que todo va bien, oye continuamente, por dentro, un furioso enjambre de ambulancias, que no llegan nunca a ningún lado, y cullas sirenas aúllan en sus oídos. Al regresar a su casa, lo primero que hace es prender el calentador del baño y quitarse el uniforme. Lo examina, para ver si no tiene alguna mancha, cuelga el saco en el respaldo de la silla colocada al pie de su cama, dobla el pantalón y lo pone sobre el asiento de la misma silla, y sólo entonces, recoge la gorra que dejara encima de la cama y la coloca sobre el pantalón. Está listo para el día siguiente. Mira un instante el uniforme. Se quita la camisa, la tira al piso hecha bola y en calzoncillos y calcetines, se acuesta boca arriba en la cama, con las manos bajo la cabeza. El agua tardará todavía media hora en estar caliente. Antes hubiera aprovechado el tiempo dándole una repasada al manual; las sirenas lo abstraen demasiado ahora. Si al menos las ambulancias llegaran a algún lado, se detuvieran al fin; pero no hay término, el viaje se reinicia siempre y las ambulancias ni siquiera existen. Son sombras que se disuelven y lo dejan solo con el ruido.
Evodio Martínez se queda absorto mirando el techo liso. Vuelve la cabeza hacia la ventana. Tampoco hay nada afuera. Siente la tentación de salir a la sala o entrar a la cocina, donde debe estar su madre; pero la vence y se queda escuchando sus sirenas. Él sabe estar solo; ha hecho su vida solo.
Hubo una época en que era imposible estar en la casa. Cinco hermanos y sus padres en dos habitaciones, sin baño. Se tropezaba con todo el mundo. Pero se han ido yendo, menos Adela, que ahora duerme en la sala, y fue él quien cambió las cosas. No se sabía que ésa no era la vida, porque no hay puntos de referencia. Le toca a uno en el corral que lo pusieron; pero luego debe intervenir la voluntad. Sin embargo, había un calor, aunque tal vez eso sólo es en el recuerdo y Evodio Martínez no quiere esos recuerdos. Sería confundir el calor con la peste. Siempre hubo un olor agrio a pulque, a cal, a humedad, a sudor que él suponía era el olor de todas las casas. Se sentía apenas se regresaba de la calle y era un reconocimiento. Ya estoy en casa. Él no hubiera sabido pensar así, a esa edad no se piensa en nada, se es como un animalito. Lo que buscaba era no ponerse en el

Sunday, July 15, 2012

15 de julio de 2012

monje de hábito blanco y negro y la mujer mojada y en bikini apoyada sin ninguna resistencia en ese cuerpo. Esteban quisiera retratarlos. La mano de fray Alberto se extiende con la misma avidez que la mirada de José Ignacio por el vientre de María inés. Entonces ella baja la vista y mira esa mano. Hay una terrible complacencia en su irresistible disponibilidad. Se mira a sí misma y ni siquiera su cuerpo es suyo. La mano de fray Alberto se hace tímida mientras se mueve muy lentamente por la piel mojada. No llega a ningún lado. De pronto se desploma y fray Alberto, apartándose, cubre a María Inés echándole la toalla sobre los hombros. María Inés acepta sin sorpresa la renuncia, pero no se sienta con ellos en la mesa, sino que, después de secarse ligeramente, regresa a la alberca con los niños.
Los hombres siguen bebiendo. Fray Alberto, sin embargo, se ha quedado callado. Es Esteban el que habla ahora con José Ignacio, que de pronto parece interesado en su oficio. Después, el dueño de la casa los invita a comer, pero fray Alberto responde que tiene que regresar al convento y Esteban sabe que debe llevarlo hasta su coche, aunque tal vez quisiera quedarse a esa comida.
Se acercan a despedirse de María Inés. Ella está acostada boca abajo en la orilla de la pisicina tomando el sol con la cabeza apoyada en los brazos doblados y extendidos hacia adelante, los niños corren y nadan por todos lados. María Inés se incorpora al oír la voz de José Ignacio.
---¿Se van? 
Su actidud revela un alegre reto; la de fray Alberto una cierta tristeza. María Inés llama:
---¡Mercedes, Luis, vengan a despedirse!
Los niños salen del agua. Fray Alberto aparta la mano como si temiera que se la besaran, pero Mercedes y Luis se dirijen a su mejilla. Luiego besan también a Esteban. Los hijos de María Inés. Ella le tiende la mano a su nuevo conocido. Es imposible encontrar ningún signo, cualquier señal, en su mirada.
---Me encantó que viniera. Gracias por todo. Tenemos que vernos algún día que vaya a ver a las tías. Y no deje, por favor, de manarme las fotografías. Todas.
José Ignacio va a acompañarlos hasta la puerta.
No queda más. La mañana se desmorona. Ha habido un tiempo en el que la vida fue como lo que ya no puede ser. Ahora Esteban podrá comparar las fotografías de Mariana y las de María Inés.

Saturday, July 14, 2012

14 de julio de 2012

Mercedes y Luis tienen una fuerza que le fascina. Regresa en traje de baño, la minima expresión posible de un bikini de mezclilla que la desnuda más en vez de cubrirle, y con una gran toalla a rayas rojas y blancas, que deja sobre la mesa. Antes de seguir su camino hacia la piscina, se detiene frente a los tres hombres y, alta y esbelda, bebe de su vaso levantando mucho el brazo de manera que el codo queda a la altura de la boca y puede verse el hueco de su axila, más allá del cual se insinua el dibujo del principio del pecho interrumpido por el breve sostén del bikini. Deja el vaso sobre la mesa y sonríe encantada y encantadora dejando caer los brazos a lo largo de su cuerpo y haciendo que las yemas de sus dedos extendidos rocen sus muslos en una vaga caricia complacida.
---Los dejo ---dice.
Gira sobre sí misma y se aleja sumbo a la piscina. Su espalda es interminable. Sus piernas se siguen una a la otra con un ritmo que escapa a cualquier definición. En su pelo brillan todos los reflejos. De algún modo, modo justificado por la incesante necesidad de explicarla que ella misma provoca, se exhibe para probar que es irreductible. Sin la exaltada perturbación de la sorpresa que lo sacudió la primera vez que la vio, Esteban vuelve a comprobar que María Inés es Mariana. Tiene el mismo ombligo extendido y plano sobre un vientre liso como un espejo, los mismos pechos separados apenas cubiertos ahora por el bikini que acentúa el espacio entre ellos, los mismo hombros amplios con el firme trazo de las clavículas, la columna que se insinúa ligeramente curvada bajo la piel de la espalda. Fray Alberto no ha dejado de hablar, pero su atención se ha ido en seguimiento de María Inés.
---¡El eterno femenino...! ---dice parodiando el libro que comentaba como si disimuladamente quisiera subrayar el parecido de María Inés con su protagonista.
Nadie puede comprenderlo, pero también sus palabras carecen de significado, han surgido como quien dice a pesar suyo. El dueño de la casa comprueba complacido la admiración que despierta su mujer. Fray Alberto sigue hablando de ese libro que nadie conoce, sólo que ahora su disquisición es teológica. Esteban no trata de atender. Desde su lugar, puede ver a María Inés nadando con los niños, puede verla saliendo de la piscina y volviendo a entrar a ella. Al tirarse de un clavado su figura se queda inmóvil un instante en el aire. Cuando regresa a la mesa, está mojada. Fray Alberto se levanta con la toalla en la mano. No se la tiende sin embargo; va hacia ella y rodeándole la cintura con el brazo la acerca a su cuerpo vestido con el hábito. María Inés se deja hacer. Forma un contradictorio conjunto: el

Friday, July 13, 2012

13 de julio de 2012

hombros de María Inés inclinándose sobre ella y le da un beso en la mejilla.
---¿No vas a acompañarnos? ---dice.
---¿Qué remedio me queda? ---contesta ella, levantando hacia fray Alberto sus ojos amarillos y cafés.
La mirada de José Ignacio se ha hecho tan atenta como la de Esteban. Llama a un mesero y le pone un vaso enfrente a su mujer. María Inés se vuelve hacia Esteban, desde una maravillosa distancia, con una cortés curiosidad, ama de casa que sabe ser amable y correcta.
---¿Tú bebes tanto como ellos? 
---Más o menos, supongo ---dice Esteban.
---No hay salida ---comenta ella.
Todos beben. Fray alberto se ha sentado de nuevo, pero su mano toca continuamente a María Inés. La conversación es un pretexto. María Inés representa una especie de divertida resignación asumiendo que es la forzosa participante de una visión masculina sobre cosas que le son ajenas. José Ignacio exprectante ante la excitación que María Inés provoca, como si esa excitación se la revelara, sólo atiende a la mano de fray Alberto que se detiene un instante en el brazo de su mujer, que sube hasta su hombro, que extiende los dedos en su palma apartando distraídamente los de ella mientras habla de algún libro. Esteban contempla el amor de José Ignacio y busca a María Inés en ese amor al tiempo que la mira a ella, segura y distante, protegida por la elegancia de sus gestos. Fray Alberto se escucha a sí mismo cuando en verdad la que importa es esa mano que actúa independientemente. ¿Pero María Inés sabe todo o no lo sabe? No parece pensar en nada. Es lo que los demás la hacen ser, pero eso sería imposible sin su irónica sonrisa de aceptación, sin su manera de humedecer sus labios al llevarse el vaso a la boca, sin el continuo movimiento de sus piernas que se cruzan y descruzan a un lado de la mesa, sin cada uno de los gestos en los que se muestra y entregándose se guarda. Una gozosa voluntad de ocultación la guía, aunque también es posible que no haya nada por ocultar.
Luego los últimos invitados se acercan a despedirse. Entonces los niños vienen también y protestan: quieren conservar la compañía de sus amigos. María Inés acepta y obtiene el permiso de los mayores. Poco después, los niños regresan a preguntar si pueden nadar. Es José Ignacio el que otorga el permiso ahora.
---Aprovecho para dejarlos emborrachándose solos. Voy con ellos ---dice María Inés.
La decisión no implica nada excepcional; es como si quisiera verse a sí misma desde otro lado. Ahora se siente la madre de sus hijos y 

Thursday, July 12, 2012

12 de julio de 2012

---Y nosotros nos vamos, Esteban ---dice Eugenia---. El chofer de María Inés y José Ignacio nos va a llevar.
Por un momento, Esteban no sabe qué hacer. Se atreve a mirar a María Inés, pero ella no parece estar esperando más que su respuesta. Es fray Alberto el que interviente.
---Tú te quedas.
La que se levanta ahora es Cristina.
---En cambio yo me voy, María Inés. Le daré a Santiago el disgusto de contarle qué bonito fue todo.
Se despide dedicándole unas palabras amables a Esteban y también Eugenia y Delia lo hacen, recibiendo besos de todos. María Inés las acompaña. Esteban la mira alejarse entre sus dos tías, con su hermana. José Ignacio suspira y se sienta en la mesa. Fray Alberto y Esteban lo imitan. Distorsionando el espacio, como si sus movimientos ocurrieran muy lejos y obedecieran a un ritmo distinto, los niños atraviesan el jardín corriendo en diferentes direcciones. Sus gritos y risas se distienden en el aire y luego se dispersan, devorados por un silencio que parece haber descendido sobre la casa. La primera comunión ha ocurrido en otro lado. El monje liberal con su hábito arbitrario, el fotógrafo y el dueño de la casa miran hacia el jardín donde juegan los niños. El dueño de la casa ordena a un mesero que sirva bebidas.
---Todo se va ---dice José Ignacio.
Fray Alberto se ríé.
---Ése es el título de una canción americana de mi época. ---comenta.
Esteban se pregunta porqué se ha quedado y cómo hará para irse cuando regrese María Inés. Como si se cerrara sobre su figura, el espacio se centra alrededor de ella. Apoya los codos en la mesa y extiende los antebrazos hacia adelante entrelazando las manos.
---¿No les da vergüenza? ---dice, señalando las bebidas.
Para Esteban el mundo ha adquirido peso y sentido otra vez. Ella es una adivinanza. No tiene lugar ni le pertenece a nadie. Tampoco importa. Está allí simplemente y se ignora a sí misma. Ocupa el sitio de dueña de la casa entrando a él porque se lo han dado. Sentado en la misma mesa, bebiendo whisky demasiado temprano, Esteban carece también de lugar. ¿Dónde pueden encontrarse? En su papel, hay una adorable y sonriente seguridad en María Inés, pero no es menos un papel por eso. Esteban lo sabe y la mira.
---Por mi parte, yo perdí toda vergüenza hace mucho ---dicen en tanto fray Alberto.
Se levanta con su hábito blanco y negro, rodea con un brazo los

Wednesday, July 11, 2012

11 de julio de 2012

en las mesas. Algunos mayores y niños han empezado a despedirse. Fray Alberto apenas le habla a su prima que con su aspecto de joven solterona se acerca a la mesa principal a decirle adiós. Ha conversado mucho con José Ignacio y los dos están como aparte de la reunión. Quizás es un pasado que vuelve o un futuro que no saben cómo enfrentar. En cualquier forma , entre los dos han levantado un cerco dentro del que se mueven con inadvertida facilidad. Recuerdos y esperanzas tienen la misma textura, el tiempo está inmóvil y el mundo ajeno, como si nada hubiera empezado todavía y ni siquiera María Inés, en cuya boda también ofició fray Alberto amando su belleza y perturbado por ella, ni los niños, existieran. José Ignacio y fray Alberto serán siempre dentro de ese cerco los primos separados por la edad y unidos por la ausencia de un sitio propio. Sin embargo, los dos tienen una vida. María Inés ha dejado de hablar con la tía Eugenia y se vuelve hacia José Ignacio, separado ahora de ella por los lugares abandonados de Mercedes y Luis.
---Hay que llevar a las tías, José Ignacio ---dice.
Él está inmediatamente en la reunión otrav ez. Se ha habituado al movimeinto de regreso.
---Muy bien, dile a Evodio ---contesta.
Es Eugenia la que ve a Esteban sentado todavía en la mesa con Cristina.
---Hazle un poco de caso a mi sobrino ---le dice a María Inés.
---Sí, tía, no faltaba más. Fue muy amable de su parte venir ---contesta ella.
---Y tú lo has impresionado mucho ---agrega Eugenia.
---¡Tía...!
---¿Qué tiene de malo? Tú impresionas a todo el mundo. Por eso te quiero. Y por fortuna, mi sobrino es loco, pero no es ciego ---dice Eugenia y comenta para José Ignacio que se ha acercado---: Tú ya sabes que lo que más admiro de ti es tu mujer.
---Y tienes razón, tía ---dice José Ignacio pasándole un brazo por el hombro.
La complicidad viva siempre entre Eugenia y María Inés no le pertenece sin embargo. Eugenia la crea como una especia de comprobación secreta que María Inés acepta.
Entonces, todos se acercan a la mesa de Cristina y Esteban. José Ignacio lleva del brazo a Eugenia y María Inés a Delia.
---Podemos suponer que ya es tiempo de tomar el primer whisky, ¿no crees? ---le dice fray Alberto a Esteban.
Él se ha puesto de pie. Todavía quedan algunos invitados, pero ya son muy pocos.

Tuesday, July 10, 2012

10 de julio de 2012

incita hacia la certeza. Saber; mantener la curiosidad. Antes de conocerme, ella... Un abismo. La vida alrededor suyo debe ser un puro esplendor. Y nada es cierto. Cristina posee el conocimiento y sin embargo, de pronto es más importante reconocer en ella los gest des María Inés. Cada vez que ella habla, Esteban se aleja. Mira hacia la mesa principal. María Inés está vuelta hacia la tía Eugenia y la escucha con atención. Una de sus manos llega hasta el collar de perlas y se queda allí haciéndolo girar. Ahora ella habla. Su voz ronca. ¿Qué puede estar diciendo? Seguir en el desconocimiento es dejar libre a la figura en su absoluta pureza, pero la tía Eugenia tiene un nuevo prestigio.
---Usted tomó muchas fotografías, ¿verdad? Tiene que hacer copias para mí ---dice Cristina.
---Sí, desde luego. Todas las que quiera ---contesta Esteban y le molesta que siente una especie de ternura por ella.
En la mesa es el único desconocido para los demás. Se han mencionado nombres, se han recordado encuentros; él ha escuchado con curiosidad, pero la que le habla directamente es la hermana de María Inés, como si por lo que Esteban es pudiera haber una relación entre los dos. El lugar en el que esa relación existiría es el único que importa. Entonces, ser el dueño de ese secreto lo pondría por encima de todos, le daría derecho a sentirse aparte; pero en ese lugar es inalcanzable. los que lo conocen son José Ignacio y los niños y Cristina. Esteban siente ganas de irse. De hecho, el desayuno ha terminado y no va a pasar nada extraordinario. Pero, ¿y si logra hablar a solas con María Inés...? Imagina un encuentro en el interior de la casa que no conoce y se pierde en el ensueño. Es una sala muy vasta, con techos muy altos. Los muebles cambian continuamente. Esteban está de pie en el centro de alguna habitación cuando entra María Inés, pero no hablan, no hay nada que averiguar. Ella se ha acercado, le ha echado los brazos al cuello y sus labios están en los de él. La necesidad es de ella. Su cuerpo se pega al de esteban, ese cuerpo que se parece al de Cristina, que, vestida de raso gris, le pregunta a Esteban de qué conoce a José Ignacio, consciente de que ella es parte de la casa.
Los niños se levantaron ya de la mesa principal seguidos por sus amigos. Reaparecen sin la blanca imitación de los hábitos. Luis con un gastado pantalón de mezclilla y un suéter de algodón; Mercedes con una corta falda amarilla y una blusa azul. Si antes su atuendo los señalaba como protagonistas de la celebración, ahora se ven aparte de sus amigos vestidos de fiesta; pero los íntimos se pierden con ellos en el jardín, mientras los otros se quedan con sus padres

Monday, July 9, 2012

9 de julio de 2012

ran, suponiendo que su auténtico interés, el que los afirma como eprsonas y en el que se reconocen, está en otro lado.
Un hermoso pastel señala el centro hueco del cuadrado que forman las mesas. Tres lados son irregulares: los configuran las pequeñas mesas redondas con sombrillas. El otro es la mesa principal. Tiene hasta un toldo. Mercedes y Luis ocupan el resto de las mesas y Mercedes y Luis levantan un brazo para saludar a los que están más lejos, sonríen, hacen bromas. Hay un momento de seriedad cuando se levantan a partir el pastel porque la tarea es difícil y además de sus padres, fray Alberto los acompaña.
La tía Eugenia se ha perdido en su papel. Es demasiado ella, imponente suntuosa, sentada junto a María Inés que la adora y en la que se reconoce, admirada por sus sobrinos, ocupando el lugar de su hermano muerto al que sabe que representa, mientras María Inés le habla y en cada inflexión de su voz ronca, en cada risa, en cada uno de sus gestos, ella advierte un secreto del que participa y del que no necesita saber nada porque siempre ha sido suyo y crea esa distancia, llena de simpatía y comprensión, entre José Ignacio y ella, desde que es Eugenia. En cambio, para Delia el desayuno tiene algo fantasmagórico. Incontables fechas se mezclan y se confunden en esa mañana. Sin poder precisar ninguna figura en un ininterrumpido desfile, es ella misma en el antiguo casco de la hacienda y ve a José Ignacio en Luis y de pronto a su hermano y luego es la boda de Eugenia. Las cosas se diluyen, se pierden, cuando deberían mostrarse más nítidas. María Inés le ha dicho a Mercedes que le dé un beso a su tía al servirle el pastel y Delia no supo a quién besaba. Después, se sintió culpable. Sus sobrinos nietos son tan bonitos y dulces, distintos a todo lo que pueda recordar. No se parecen más que a sí mismos. Pero mientras come, Delia teme que en casa de José Ignacio no sabe dónde está y necesita a Eugenia. Ve entonces a Esteban en una mesa cercana y se siente mejor.
Esteban ha conseguido un lugar junto a Cristina. El desayuno le es ajeno. No ha podido dejar de admirar la elegancia de Mercedes y Luis cuya actitud en la misa recuerda, pero antes dque nada le interesa de ellos que sean hijos de María Inés. El espacio desconocido en el que esa figura habita está nimbado con todos los atractivos. Reunir los hilos, tener evidencias, conocer hechos, ¿para llegar a dónde? Se ve avanzar a alguien cuya presencia se destaca y es una posibilidad. Toda certeza la disminuye; pero la misma posibilida

Sunday, July 8, 2012

8 de julio de 2012

logía está desprestigiada. Ni yo puedo usarla. Hay que tocar los cuerpos, la vida.
Esteban se volvió a mirarlo. Fray Alberto se rió.
---Nadie sabe quién es quién.
Así llegaron a la casa.
---Aquí ---dijo fray Alberto.
Las casas son un refugio, una definición y un símbolo. José Ignacio era dueño de la suya desde antes de habitarla. Había un jardín, unos árboles, un espacio que lo esperaba. Al casarse con Marí aInés hubo que hacer muchas reparaciones y cambios en la construcción. Ahora la casa es una isla rodeada por el enorme jardín. En otoño se ven caer las hojas de los fresnos frente a las ventanas. Un lento y continuo movimiento que semeja romper e inmovilizar el tiempo. El paso se cubre con una alformbra amarilla y con una escoba de alambre el jardinero hace pequeñeos cerros de hojas secas que Luis ama ver quemar. Desde su cuarto, Marí Inés lo observa siguiendo con la cabeza inclinada hacia un lado la estrecha columna de humo. A veces imagina también a José Ignacio encerrado en su biblioteca y baja a verlo en bata. Hay frutales y enredaderas y flores, pero el sol ha hecho retroceder al jardín. Un abierto campo de pasto se extiende con una alberca al fondo. Allí se ha colocado la mesa principal, rodeada de otras mesas redondas con sombrillas, para el desayuno de primera comunión. La luz de la mañana y Marí Inés, José Ignacio, Mercedes y Luis. Ella con su traje sastre negro, su collar de perlas y sus largas piernas, él de gris, los niños con un falso hábito infantil, recibiendo a sus invitados, que van ocupando las mesas. Más niños que mayores, más mujeres que hombres. Debe haber un orden. La tía Eugenia y la tía Delia están sentadas ya en la mesa principal. Fray Alberto y Esteban llegan directamente por el jardín, sin haber entrado a la casa.
Si pudiera verse a sí mismo, el conjunto recordaría cualquier reunión en la que se manifestara la seguridad de una forma levantada para proteger contra toda irrupción del azar. No importa el carácter del acontecimietno. Lo que interesa es conocer de antemano sus posibildades de desarrollo. Si la vida entera pudiera desplegarse así, su camino sería la certeza. Evitar lo inesperado. Pero conforme ganan en importancia, las instituciones se debilitan. Queda su forma vacía. Sobre su barrera presiona la pasión, la intensidad. Y sin embargo, qué descanso cuando se avanza de acuerdo con lo esperado, cuando nada compromete y basta con estar presente. Quizá sólo está al alcance de los sucesos sin importancia. De allí obtienen su fuerza. Pero los participantes no lo saben, representan su papel y lo igno-

Saturday, July 7, 2012

7 de julio de 2012

---¿Ves? ---siguió fray Alberto---. También sabí aque ibas a reconocer esas palabras. ¿Fuiste creyente?
---Por supuesto ---dijo Esteban.
---Todos lo somos ---agregó con un supriro fray Alberto.
---¿Por dónde me voy? ---insistió Esteban, sin perder en nada su simpatía.
---Uno no debería poder evitar seguir con el lenguaje doble y decirte: por donde yo te guíe. Vivimos prisioneros de un lenguaje. Qué asco... y qué bendición. Por la derecha ---dijo fray Alberto y en seguida agregó---: ¿Qué te parece mi primo?
---Muy bien ---dijo Esteban.
---Es raro que no lo conocieras. Aunque no... También es otro mundo. Por elección suya Los niños son bellísimos. Y María Inés... ---dijo fray Alberto.
---Son bellísimos ---contestó Esteban.
---Tampoco seas ambiguo ---dijo fray Alberto---. Y toma de nuevo a la derecha.
Tiró su cigarro por la ventanilla y se quedó callado.
---María Inés es bellísima ---dijo Esteban.
---Y José Ignacio la adora ---siguió fray Alberto.
---Yo la retrataría... Todo el tiempo ---dijo Esteban.
---No me hables a mí de eso ---dijo fray Alberto---. ¿Te gusta la filosofía? 
---Ése es Anselmo, digo yo ---contestó Esteban.
---Te guío entonces ---sonrió fray Alberto---. A la iquierda, luego a la derecha y ya sólo recto. Es raro que también seas sobrino de Eugenia y Delia.
---Para mí, la tía Eugenia también es la belleza ---dijo Esteban.
---Debo admitir que no sé nada de la belleza. Pero admiro a Eugenia... Y a María Inés ---contestó fray Alberto---. Cuando uno no entiende la belleza se dedica a pensar. Pero tal vez yo quería la belleza. Soy cura.
Esteban se quedó callado. Él quería pensar en María Inés. Apoyado contra la portezuela y con el codo fuera de la ventanilla fray Alberto lo miraba.
---Les tengo envidia ---dijo luego.
---¿A quién? ---preguntó Esteban.
---A ustedes, los que no creen en nada ---dijo fray Alberto.
---No hay tal cosa. Siempre se cree en algo ---dijo Esteban.
---¿Trascendentalmente? ---preguntó fray Alberto.
---Eso no lo sé. Nostálgicamente ---dijo Esteban.
---Bastaría para absolverte ---comentó fray Alberto---. Pero la teo-

Friday, July 6, 2012

6 de julio de 2012

---Yo también ---interviente Luis. 
---Esto está bien. No hay que ser menos que las mujeres ---dice Eugenia.
María Inés no ha hablado. Al volante, muy discretamente Evodio Martínez escucha los comentarios, pero tal vez su mirada no quisiera encontrar más que la figura de María Inés. Él ha estado aparte, esperando en el automóvil. No habló con nadie, pero ahora está de nuevo en su sitio, cerca y lejos, en el centro de todas maneras Conduce a todos a todos lados. Mientras espera, en cambio, es un puro blanco sin contornos y aunque a veces se puebla con otros fantasmas él los obliga a salir, con una obstinada fidelidad, porque ha decidido, él que distribuye tan bien su tempo, que no tiene ningún derecho a inmiscuirse durante la espera,
Cuando ayuda a bajar a la tía Eugenia al llegar a la casa, ella se vuelve hacia María Inés.
---Tienes un chofer muy atent.
María Inés no registra el comentario ni tampoco mira a Evodio. Ésa es la dificultad. ¿Dónde existe él? El blanco de la espera está lleno de tensión, en cambio ahora ni siquiera puede sentir rencor, sólo una necesidad. Entonces quisiera borrarsem que no le hablaran ni Mercedes y Luis. Es mejor estar solo, con el automóvil parado, frente al volante Es bueno pensar que muy pronto dejará ese inútil esfuerzo y será independiente.
El camino hacia la casa ha sido muy corto, en cambio, para Esteban y fray Alberto. En realidad no lo han advertido. Fray Alberto dejó, junto a las cámaras y las lámparas de Esteban, el maletín con su suntuosa casulla y los demás implementos de oficiante en el asiento de atrás. Se sentó con la espalda apoyada en la portezuela, abrió la ventanilla, sacó por ella el codo enfundado en blanco dejando colgar su cuidada mano, prendió un cigarro y dio una honda chupada, exhalando en dos rectas líneas el humo por la nariz. Esteban había arrancado ya. Miró con simpatía el rostro malicioso de fray Alberto y pensó en Anselmo. Él hubiera hecho el comentario: los gestos profanos del cura conservaban algo ritual.
---Tiene que guiarme ---dijo.
---¿Por los caminos del espíritu? ---contestó fray Alberto.
---Más fácil: a casa de su primo ---dijo Esteban.
---Sabía que no ibas a caer en la trampa. Pero no era una trampa. El confesionario le enseña algo sobre las gentes a los curas, cuando ellos quieren. Ven y sígueme ---contestó fray Alberto.
Esteban se rió. 

Thursday, July 5, 2012

5 de julio de 2012

a casa de José Ignacio y María Inés. Luego él, Esteban, odría traerlo de regreso a su coche, que se quedaría estacionado frente al convento como si ése fuera su lugar. La sola mención del nombre de María Inés irrita a Esteban.
---Yo no pensaba ir ---dice.
---Vente. Después podremos conversar ---insiste fray Alberto.
Es como una desgana. De pronto, Mariana se ha alejado y María Inés ocupa su lugar. Pero entonces le gustaría estar cerca de María Inés, mirarla junto a José Ignacio, con sus hijos, saber por qué sus tías la quieren tanto y contarle luego todo a Anselmo. Algún día, María Inés tendrá que hablarle a él a solas.
Afuera, la familia se ha acomdodado ya en el automóvil de José Ignacio. Evodio cierra la puerta y ocupa su lugar frente al volante. Con fray Albert a su lado, Esteban se acerca a la ventanilla y le dice a su tía Eugenia que irá al desayuno. 
---Claro, Esteban. No sabes cuánto me alegro. Tú siempre tan aislado ---dice su tía.
---Yo también me alegro ...agrega José Ignacio sonriéndole.
Desde su lugar, através de la ventanilla, Esteban ve a María Inés sentada junto a su hijo. Tiene la pierna cruzada y su falda deja ver sus muslos casi por completo. Varios coches más arrancan ya. Esteban y fray Alberto se dirigen hacia el pequeño automóvil de aquél.
---Cuéntenle a su tía cómo se sienten con Dios adentro, niños ---dice Eugenia apenas el coche se pone en movimiento.
---¡Tía! ---interviene María Inés casi como un cumplido.
---Hablo en serio ---sigue Eugenia---. Aunque no parezca, yo soy creyente. Voy a confesarme antes de morir. Y espero encontrar a todo el mundo en el cielo. Ahora mismo, si no me fuera imposible arrodillarme ... Todavía recuerdo mi primera comunión. ¿Te acuerdas tú, Delia?
---Perfectamente ---contestó Delia.
---Es mentira. Tú has olvidado todo ---la interrumpe Eugenia.
---Fue en la hacienda... ---sigue Delia.
José Ignacio se ríe:
---Y desde entonces no han dejado de pelearse... 
Sentada junto a su padre adelante; sentado junto a su madre atrás, Mercedes y Luis miran contentos a sus tías. Entre la primera comunión y el presente hay un rompimiento que no advierten. Ha llegado el momento de los amigos y el desayuno. Luego permanecerá un vago recuerdo. Mercedes lo demuestra:
---Yo sí me emocioné ---dice.
---Se notaba ---comenta José Ignacio dándole un beso.

Wednesday, July 4, 2012

4 de julio de 2012

puede ocurrir allí. María Inés vuelve a aparecer desde su pasado, cuando todavía no era suya. Y Mercedes y Luis no existen. No existen. José Ignacio ve a  Esteban y siente simpatía por su ingseguridad y su desamparo, ve a fray Alberto y le agradece que lo haya acercado a ese joven de su misma edad casi. Pensar que también es sobrino de la tía Eugenia. No sonríe, no hace ningún gesto. Él está allí y es el dueño de todo, debe sentir que es el dueño de todo, pero no quiere serlo, sino que lo usen. Entrar a otro mundo, que no le pertenezca.
Entonces, aunque otras personas, distintas gentes, se han acercado a saludar y hasta se han quedado conversando un momento, es María Inés la que interrumpe la reunión. Esteban la mira caminar hacia ellos con su paso indiferente, ajeno, severo y ondulante.
---¡José Ignacio, es el colmo! Llevo horas hablando con las tías en el coche. Tú deberías haber traído a los niños ---dice justo en el momento de quedarse ante ellos de pie e inmóvil, figura de sí misma, cerrada en su cuerpo, distinta para cada quien.
Es María Inés la que llama a los niños. Es ella la que recibe primero su beso cuando se acercan, entre serios y sonrientes, dejando a los mamigos con los que hablaban. Es ella la que le pasa la mano por el hombro y hace que la niña se apoye en su cuerpo mientras acaricia al niño en la cabeza. Es ella la que, llevando a cada uno de sus hijos a un lado, tomándolos por los hombros, obligándolos a pegársele por completo, sin dejar d ebesarlos un solo momoento, inicia la retirada. Antes le ha dicho a fray Alberto y Esteban que los espera en el desayuno. José Ignacio la siguie.
El jardín va a quedarse solitario de nuevo. Vigilado por la pequeña torre de la capilla, cuya campana sonará varias veces a través de la mañana, de la tarde, del principio de la noche, sombras sin tiempo lo atravesarán, lentas o presurosas, y él proyectará sus propias sombras. Los invitados que aún conversaaban formando pequeños gruupos en los senderos, entre los rosales, han seguido también a María Inés y José Ignacio en su retirada. Por un momento, los amigos de Mercedes y Luis son hijos otra vez. Una monja sale de la capilla y le da a fray Alberto un pequeño maletín con la ropa que usó para oficiar. Luego, le besa la mano y se aleja hacia el interior del convento. Fray Alberto se limpia el dorso de la mano contra el hábito.
---Odio a las monjas ---dice---. Debe ser una especie de antifeminismo.
---O al contrario ---contesta Esteban.
---Sí, es cierto. Más bien sería un feminismo, quieres decir, ¿no? ---acepta fray Alberto.
Fray alberto le propone entonces a Esteban que se vayan juntos

Tuesday, July 3, 2012

3 de julio de 2012

Inés regrese para reconocer en ella a Mariana, poner en su severo traje negro, en su collar de perlas, lo que su deseo sabe de esas piernas largas, ese torso que quisiera desnudar, las manos expresivas, el rostro que el placer transforma obligándolo a mostrar una indecible belleza. 
---Lo que pasa es que me gusta la fotografía, pero no sé cómo emplearla ---dice en tanto.
Para fray Alberto haber terminado de oficiar la primera comunión huyendo mientras hacía los gestos necesarios al rito de un oscuro corredor cada vez más estrecho en cuyo asfixiante final debería encontrarse una perdida imagen suya frente a la cual siempre estaba y, habiendo logrardo ignorarla, evitarla, encontrarse entre Esteban, que le permitía configurarse como el estudioso laico con una celda llena de libros y una cátedra pendiente, y su primo, a quien le regala esa figura como expresión de lo que se puede obtener en el mundo, es la manifestación de un esplendor que no le pertenece pero dentro del cual puede colocarse con un movimiento que tiene la misma intensidad que la huida y por eso resulta fácil y natural hasta tal punto que él no es más que ese vértice perentorio que deja suponer que participa del secreto de todos y para sí no tiene ninguno que le pertenezca. Escucha a Esteban. Sonríe. Tiene un encanto meticulosamente dividido en dos y participa de ambos lados. Hay un placer en la farsa. La exactitud de los gestos hace distinguida la representación y él es un comediante experto. Su rostro trabajado hasta la caricatura gesticula, los movimientos de sus brazos son muy amplios. La risa se convierte en una carcajada ante un comentario de José Ignacio. Nada puede ser tan real como representar un papel y fray Alberto es esa representación.
José Ignacio Gonzaga teme que está entrando a lo que puede llegar a ser una crisis definitiva. Ha seguido con aprehensión el crecimiento de sus hijos y como los ama los ve desprenderse de su lado. Quizás es demasiado pronto para pensar en eso y vuelve en el recuerdo al principio de su matrimonio con María Inés. Ir construyendo seguridades. Tener un trabajo por el que se deja lo que importa, lo que uno sabe que es, para más tarde, y luego tener una mujer. Al principio, María Inés era un misterio que no se merecía aunque lo merecía todo. Ella que había sido de otros ahora era suya. Guardarla en su casa y avanzar juntos. Luego el tiempo se desliza. Están juntos y ni siquiera hay que advertirlo. Los días se mueven, se mueven, sobre el mismo trabajo, sobre la misma casa, la misma mujer y unos hijos siempre diferentes. Se deja de mirar lo que a uno más le importa y sólo se piensa, siempre a solas. Es hermosa la fantasía. Todo.