Monday, July 30, 2012

30 de julio de 2012

contuvo. María Inés comentó que nunca sabía dónde recibir a la gente y le preguntó si lo mandaba su marido. Evodio sacó el papel en el que había apuntado la dirección de la casa al responder afirmativamente. María Inés volvió a sonreír. No fue difícil hablar con ella, parecía dar por supuesto que su marido habría arreglado todo. Evodio se quedó en la casa esa misma tarde sin saber más que muy vagamente cuáles serían sus obligaciones. Bajo los árboles, habiéndolo sacado del garaje, y con una manguera que tuvo que pedirle al jardinero, se dedicó a lavar el automóvil.
Nunca llegó a poder decirle nada a María Inés. Quizás ése era el problema: una estrecha cercanía desde la más extrema distancia. Ella giraba a su alrededor sin verlo y Evodio la sentía sin siquiera saber que necesitaba que lo vieran. Desde el principio, María Inés fue lo inalcanzable, pero nadie espera lo inalzancable y Evodio tampoco lo quería. Él era el chofer. Y no se estaba mal allí, en la casa, la que de algún modo también era su casa, como lo era de todo el servicio, lavando los coches, a veces el suyo y de la señora, aveces el de la señora sola, a veces al del señor, como lo había heho esa primera tarde en que sin saberlo todavía le tocó ocuparse del que sería especial y concretamente su automóvil. La única que hablaba en verdad con María Inés era la vieja con voz apenas audible y que poseía una distancia y una fragilidad propias que tendían un lazo entre una zona y otra. Evodio llegó a saber que había sido nana del señor. Se llamaba Felipa; Pipa le decían los niños, nana el señor, y Pipita María Inés. Murió muy pronto. Durante su enfermedad y su larga agonía, María Inés dormía en el hospital con ella. Evodio hizo innumerables viajes con toda la familia al sanatorio y luego los llevó a la agencia funeraria y al cementerio. Todos lloraban, menos el señor, que guardaba un silencio duro, lejano y en apariencia malhumorado.
Sin embargo, en efecto, el que fijó los términos de su empleo con Evodio fue José Ignacio. Llegó a la casa al atardecer. Vestido de gris, su asprecto era el mismo que en la oficina; pero Evodio no encontró en él a la misma persona. Hasta entonces, con excepción de Luis, nadie más de la familia se le había acercado. Mientras lavaba el coche, Luis surgió de pronto del jardín y avanzó poco a poco hasta seguir la tarea de Evodio de muy cerca. Luego, le pidió que le dejara mojar también al automóvil con la manguera y al cabo de algún tiempo se había ido sin hacer otra cosa que darle las gracias a Evodio. Cuando fue imposible sacarle más brillo a la carrocería Evodio regresó a la cocina. Estaba sentado allí, callado, tratando de fingir que no advertía los incesantes movimientos a su alrededor, cuando

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