te, no lo buscó. Pero nadie busca nunca el principio de nada. Si es así, no ocurre. Un día se dio cuenta de que giraba alrededor de María Inés y se lo ocultó de inmediato. Pero la revelación no era product de un pensamiento sino de una imagen, tal vez de muchas, y las imágenes persisten, están presentes antes aun de mostrarse para la conciencia. Quizás había una imposición central; María Inés en bata en el antecomedor mientras Mercedes y Luis desayunaban antes de que Evodio los llevara a la escuela. Había pasado mucho tiempo trabajando en la casa. Pero ésa era la imagen primera. María Inés en bata de pie detrás de la silla de Mercedes y Luis, estando Evodio presente, con la gorra en la mano, había levantado de pronto los codos para arreglarse el pelo. La bata se abrió y dejó ver un instante su delicado camisón tras el que se mostraba su cuero. Evodio lo vio. Un instante. Su cuerpo. Pero un instante es todo el tiempo.Evodio lo vio, no vio nada, no supo lo que veía. Fue sólo después, mucho después, en el coche, cuando empezó a ver lo que siempre había visto: María Inés sentada en un rincón mirando por la ventanilla, mirando hacia el frente, con las piernas cruzadas; María Inés prendiendo un cigarro; ordenándole a dónde había que ir; bajándose del coche mientras él detenía la puerta y la falda se le levantaba y a veces su escote dejaba ver sus pechos. Y Evodio nunca estaba presenta para ella y así era mejor: era imposible suponer que María Inés podía pensar que estaba presente para ella. Sólo la imagen, inalcanzable y por eso permanentemente viva. Evodio casi nunca entraba a la casa más allá del antecomedor. No esperaba nada, no deseaba nada; ponía su gorra en la percha y comía en silencio.
Al salir del trabajo, varias veces a la semana, le era intolerable tener que ir a unos baños públicos. Empezó a hablar con Sereno de la posibilidad de cambiarse de casa. Su hermano pensaba casarse; pero Evodio conseguía todo lo que se proponía. Se cambiaron y tdos empezaron a dormir en camas. Sereno y Evodio en un cuarto; Aurora y Jacinto en otro y Adela en la sala. Al principio, era perturbador estar lejos del suelo; pero más que eso, para Evodio, al despertar de pronto en la oscuridad, lo extraño era el silencio. Los jirones de sueño se quedaban colgando en ese vacío y su persistencia giraba alrededor de la lejanía de las respiraciones de Adela, Aurora y Jacinto. Evodio escrutaba la oscuridad. Nada. Las sombras de Ernesto y Ricardo deberían estarlos buscando igual en la otra casa. Se sentía culpable; pero lo olvidaba por la mañana. Era correcto que Adela durmiera en el otro cuarto y él tenía su baño, sólo que aveces, al regresar del trabajo, era el agua la que parecía alimentar los pensamientos que através del recuerdo abrirían la entrada a la impalpa-
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