Saturday, August 4, 2012

4 de agosto de 2012

dormía solo ya. No pensaba en nadie, no recordaba a nadie al meterse bajo las sábanas que Aurora conservaba inmaculadas para él. Al día siguiente iría a trabajar e Irene sabía dónde trabajaba, pero nunca se hablaba de eso. Tal vez lo único malo eran los sueños. Sin embargo, los sueños se mencionaban todavía menos y Evodio ni siquiera hubiese podido reparar en que Irene nunca estaba presente en ese espacio agitado, fuerta del tiempo y presidido por el olvido.
Después de la primera comunión de Luis y Mercedes, Evodio tuvo cuatro, cinco, seis veces un mismo sueño recurrente. La imagen se quedaba fija, como si su misma exterioridad se negara a perderse en esa pura continuidad sin fin dentro de la que se diluía fuera de toda posibilidad de recuerdo más allá del ámbito cerrado en que, sin pertenecerle a nadie, la imagen misma poblaba un mundo suficiente y autónomo. El olvido se convirtió en memoria. Abierto a la contingencia, su feroz energía dejaba a Evodio girando sin moverse alrededor de esa imagen única en la que se perdía cualquier voluntad de ser otro y de la que no se podía apartar porque sólo estaba en ella. Nada más allí, donde todo se detenía, era posible vivir; pero precisamente allí era imposible vivir al tiempo que se avanzaba por el día y se veía moverse a todo lo que debería quedarse quieto igual que ocurría en el espacio donde el oscuro deseo que se desconoce se vuelve todo luz y su negra certidumbre se repite hasta la locura. Era otra vez el ámbito neutro y concreto en el que el polvo caía incesante. De pie frente al alimentador de la carda, envueltos en una oscuridad que salía de ellos, inmóviles y sin rostro del mismo modo que Evodio perdía su cara entre la gorra y el cuello del uniforme, Ernesto y Ricardo, ni muertos ni vivos, desaparecidos y presentes, enormes figuras sin espacio que ocupaban todo el espacio borrándolo a su alrededor, contemplaban desde su inalcanzable distancia el alimentador de la carda que avanzaba hacia los rodillos indiferentes en su movimient y lleno de os blancos pedazos de trapo que Evodio colocaba en la tirante lona. En el otro extremo, ajeno a la presencia de sus hijos, separado de ellos por las demás máquinas, estaba Jacinto, alimentando también su rompedora. No había ninguna posibilidad de que se enterara de lo que pasaba ante la carda de Evodio. Él estaba en su trabajo, cerca y lejos, perdido en la tarea en que se encontraba a sí mismo. Pero en el alimentador de la carda, entre los blancos trapos, sin llegar nunca al rodillo que debería destrozarla y sin embargo entre los blancos trapos, se hallaba María Inés. Desde su oscuridad sin rostro Ernesto y Ricardo lo sabían. El cuerpo luminoso de María Inés surgía de esa oscuridad, era esa oscuridad. Y estaba desnuda; podia verla con infinitamente mayor precisión que cuando distin-

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