Saturday, June 30, 2012

30 de junio de 2012

a formularse en los labios. Pero en ella el alegre atractivo de Mariana se ha perdido u ocultado, como si lo hubiera cegado voluntariamente. Esteban, sin lugar, incapaz de comprender nada, sin poder mirar más a Mariana con las manos en los hombros de la niña, entra a la capilla de la que todavía no han salido Eugenia y Delia.
El sacristán apaga ya las velas en el altar. Eugenia y Delia caminan lentamente por el pasillo a lo largo de las hileras de bancas vacías ya.
---¿Tomaste muchas fotografías? ---dice Eugenia.
---Algunas, tía ---contesta Esteban.
Eugenia deja el brazo de Delia y se prende del de Esteban.
---Vamos afuera, quiero ver a mis sobrinos.
Apenas ganan la salida y María Inés las ve, se precipita a su encuentro.
---¡Tía, qué bueno que vinieron!
Llevando del brazo a su tía, Esteban contempla a Mariana. La acción de Eugenia es inevitable.
---Tú no conoces a mi otro sobrino, María Inés: Esteban.
Mariana ha mirado a Esteban por primera vez. 
---Mucho gusto.
Le tiende la mano. Esteban tiene en la suya la de Mariana, larga y estrecha.
---Creo que nos conocemos.
---No, no me parece. Aunque es posible ---dice ella. Luego se dirige a Eugenia---. Los niños van a estar encantados de que hayan venido.  Ya sabes que te adoran.
---Y yo a ellos. Y a ti, María Inés y a José Ignacio. Igual que Delia. ¿Verdad, Delia? ---Pero no espera la respuesta de su hermana---. Esteban tomó muchas fotografías. Ya verás qué maravilla. No sé dónde ni por qué pero es un fotógrafo excelente. 
Mariana vuelve la cara y mira un instante a Esteban. 
---No sabe cuánto se lo agradezco.
Es ella. No le importan las fotografías. Es ella, vestida con un traje negro y con un collar de perlas.
En tanto, José Ignacio ha visto a sus tías y se acerca con sus hijos al grupo. Los niños besan a Delia y Eugenia.
---Déjenme verlos bien ---les dice Eugenia---. Se veían como unos ángeles. Son unos ángeles.
Los niños sonreían tímidamente mirando con admiración y amor a su tía. José Ignacio les acaricia alternativamente la cabeza con un gesto en el que apenas puede disimularse la ternura. Algunos primos y amigos se han acercado.
---¿Podemos irnos? ---pregunta Luis.

Friday, June 29, 2012

29 de junio de 2012

Al pasar junto a Delia y Eugenia ellas le sonríen. Nadie se ha movido todavía en la fila de reclinatorios donde está Mariana. De cara a la puerta ya, Mercedes y Luis miran abiertamente por primera vez a sus padres. El orgullo que encuentran les complace. De pronto saben que son y han sido el centro; pero el recogimiento regresa también, conducido por la música alegre y exaltante con su sabor de despedida y mientras avanzan por el pasillo con las manos unidas sobre el pecho, un tanto avergonzados, se emezcla con la necesidad de responder con los ojos a los saludos de la gente e ir reconociendo a los amigos. María Inés y José Ignacio, Cristina la hermana de ella y una prima lejana de José Ignacio y fray Alberto que los acompañaban en el reclinatorio como madrinas, caminan detrás de ellos. Esteban retrata a los niños varias veces más todavía y en alguna ocasión ellos miran hacia la cámara. La música sigue sonando cuando los primeros invitados empiezan a dejar sus asientos y siguen a los protagonistas de la ceremonia, contentos tal vez de encontrarse de nuevo al aire libre.
En el jardín, con la fachada de la capilla detrás, frente al resto del convento, la pausa se prolonga en un espacio dentro del que nadie sabe en dónde se encuentra. Al final de cuentas, ha sido un rito sin importancia; ahora hay que seguir adelante. Los invitados se agrupan y se dispersan, se saludan entres sí. Reconocimientos y comprobaciones. Una ocasión más d eencuentro: el mismo de siempre. Detrás, el esbelto campanario; al frente, las rosas abiertas y el rumoroso surtidor; más allá, los mudos corredores. Se han formado pequeños grupos de nvitados en los senderos del jardín; algunos niños se sientan en el pretil de la pila de la fuente. Nadie quiere vivir en un tiempo sin tiempo: es el momento de las risas y saludos.
José Ignacio y María Inés están casi todavía en la puerta de la capilla con Mercedes y Luis. Cristina se ha desprendido un tanto de ellos para saludar a unos amigos. La prima de fray Alberto, que preparó a los niños para la primera comunión, sigue al lado de José Ignacio. Mercedes y Luis están a dos pasos adelante de sus padres. María Inés tiene las manos puestas en los hombros de Mercedes y José Ignacio en los de Luis. Mirando caminar a Cristina hacia sus amigos, Esteban ha advertido que sus gestos y movimientos son idénticos a los de Mariana. Avanza muy derecha pero con una leve ondulación en las caderas y un secreto ritmo suave y firme en los pasos, con los brazos inmóviles caídos a lo largo del tronco y ambas manos apoyadas apenas en la cara exterior de los muslos, el índice extendido muy derecho y los demás dedos recogidos contra la palma, la cabeza muy erguida sobre el grácil cuello y una ronsrisa que no llega

Thursday, June 28, 2012

28 de junio de 2012

cia sin dejar de relacionarlo con la figura de Mariana, arrodillada detrás junto con dos mujeres más y un hombre desconocidos para él, atenta a las acciones de los niños, no vigilante sino a veces deslumbrada a veces ausente, volviéndose de vez en cuando a mirar al hombre a su lado, perfectamente reconocible en cada uno de sus rasgos, de sus gesto, sorprendente en algunas de sus actitudes, seria y como concentrada en su propio continente de un modo que hacía más indudable y visible al apariencia de su cuerpo austero y disponible, marcado por el incrédulo deseo de Esteban, del rostro con los párpados bajos en el que él nunca logró encontrar la mirada de los ojos amarillos, el hueco entre el cuello y los hombros donde Esteban había respirado con la cara hundida en la piel, sintiendo las manos de ella en su espalda, y sin embargo, desconocida, inexplicable también, como si fuera dueña igualmente de una inocencia que anulara cualquier posibilidad de un propietario único para esa figura, incluyéndola a ella misma, y la dejase en manos de toda mirada, todo gesto que la llevar a manifestarse.
Esteban la había visto levantarse a comulgar, había sorprendido la mirada del niño en ella y su sonrisa  ante esa mirada, la había sentido en todo momento ocupando su lugar, sabiéndose contemplada sin pensar en ello, al frente de la ceremonia, recibiendo con su maravillosa boca apenas entreabierta la hostia que ponía sobre su lengua la mano cuidada de un cura culpable sin duda y que la miraba al hacerlo. Era Mariana, pero ella no lo sabía y al mismo tiempo no podía dejar de saberlo. Culpable de ser Mariana, inocente por ser Mariana. Detrás de los niños ahora, en otro papel, que también le correspondía. Esteban toma unas fotografías más. El hombre arrodillado junto a Mariana lo está mirando. tiene un aspecto que esteban aprueba, inseguro y melancólico cuando supone que nadie lo ve y quizá comprende aquello por lo que acaban de pasar los niños. Esteban vuelve a retratar a las dos figuras vestidas de blanco cuyos ojos no se apartan del altar.
Fray Alberto dice ya en voz alta las últimas oraciones arrodillado en el últio escalón. Su voz cadenciosa, buscadamente aguda, monótona, se mezcla con la de la monja. Después, se levanta y sale. El altar queda vacío. Un momntáneo cintilear de los cirios; el perfume de las flores que va a quedarse solo. Los dos monaguillos han seguido a fray Alberto. La música se reinicia. La monja se pone de pie, se acerca a los niños y les nidica que deben emprender el desfile hacia afuera. Es una pausa intolerable; ahora es imposible aceptar que todo ha terminado. Cargado con sus luces y cámaras, Esteban se precipita hacia la entrada para retratar a los niños mientras salen.

Wednesday, June 27, 2012

27 de junio de 2012

ya la ceremonia se precipita hacia su conclusión. Esteban se siente obligado a tomar unas últimas fotografías de los niños. Son los único spara los que las palabras iniciales del sermón de fray Alberto resuenan en presente.
---Ustedes niños que se disponen a recibir en su cuerpo al Señor... 
Pero para ellos no hay adentro ni afuera una sola tensión los ha mantenido despojados de sí, suspendidos en una pureza intemporal, desde la que su belleza no les pertenece. En ningún momento se han mirado uno al otro. A veces, el niño se ha vuelto un instante hacia la monja, como si se sintiera inseguro respecto a las acciones que tenía que realizar. Pero entonces su sonrisa de disculpa ante nadie ponía en sus facciones un gesto de inocencia más agudo que nunca. En cambio, la seguridad de la niñas sólo era posible desde un absoluto olvido nacido de la concentración. Primero estaban a la espera y luego no pueden saber lo que ha pasado. Algo ha llegado hasta ellos y va a irse muy pronto, pero el instante es eterno. Durante toda la ceremonia no le han pertenecido más que a su propio papel, a la ceremonia misma, y su elevación es abstracta, está en el aire, sin dueño, conducida por la música, por los múltiples cirios cuyas llamas centellean en el altar, por el antiquísimo ritmo de los movimientos de fray Alberto, el enervante perfume de las flores, todo un juego de conjunciones y relaciones entrelazadas por lo inasible, pero que desciende hasta las dos figuras vestidas de blanco y se refugia en su cuerpo. Sus gesto y actitudes son los mismos antes y después de comulgar: una reserva, una curiosidad, una confianza, la transparencia de una mirada que apenas osa levantarse, la delicada firmeza de las manos infantiles que se unen a la altura del pecho, la diferencia entre el color de la piel de la niña y el niño vestidos con el mismo hábito, entre uno y otro óvalo de las caras, entre el pelo castaño y el rubio, entre lo que ya est de mujer y ya es de hombre en una y otro, hacen una unidad para la que haber encontrado la forma sin buscarla es la respuesta y sin tocarlos, haciéndose ser en su doble figura para la que nada ha terminado porque todo ocurrió en otro lado, oculto en el olvido y la entrega a una fascinación que se queda quieta y no transporta más que a la exactitud de la belleza en esa imagen infantil de lo intemporal y lo eterno encarnado en la fugacidad de dos cuerpos sin edad, vueltos representación del espíritu, que de pronto tiene unos ojos, una nariz, una boca cercanos y distantes como sólo pueden mostrarse en un cuadro, se aloja un misterio al que nadie puede acercarse sin perderse.
Con sus cámaras, Esteban ha seguido la evidencia de un transporte inexplicable en otros términos que la disponibilidad de la inocen-

Tuesday, June 26, 2012

26 de junio de 2012

tonces de lo que hace años con su oficio, pero no hay lugar en el mundo para él. Habría que saberlo desde el principio. Se trata siempre de otro mundo. La fe. En la cara ascética y diluida de fray Alberto, sin cortar el ritmo de su sermón, se dibuja una mueca que oculta en seguida.
La Presencial Real no es más que un mínimo, redondo y delgado pedazo de pan sin levadura que se pega en el interior de la boca. No tenemos otro lugar que el espacio de la representación. Encontrarlo, evocarlo, hacer aparecer lo divino mediante la proyección de nuestros propios fantasmas y que lo falso sea verdadero porque, igual que siempre, el espectáculo es lo único real. La vida que se representa a sí misma, inocente, repitiendo su propio despliegue. Dios ha muerto. Se supone que lo matamos nosotros que también lo habíamos inventado. Muy pocos advierten esa enormidad. Sin embargo, el temor de estar comentando un suceso conocido es inevitable. En vez de la repetición el silencio, pero la repetición también conduce al silencio y se levanta desde ese fondo sin fondo, inmutable, el puro devenir regresa y se vuelve sobre sí mismo. En tanto, allí están las figuras, cada una en su sitio. Para vivir sin Dios, se tiene una identidad y no se siente que junt con Él esa identidad se ha perdido
Inclinado hacia adelante hasta el máximo en su reclinatorio, José Ignacio Gonzaga ve comulgar a sus hijos. Su primo ha puesto la hostia en sus bocas entreabiertas. josé Ignacio ve y lo que ve se queda fijo en el momento de ese descenso prodigioso. Después, él se levanta, junto con su esposa, junt con tantos otros que lo acompañan en la ceremonia, y comulga. Regresa vacío  a su reclinatorio. Fray Alberto, su primo, no lo ha mirado mientras le ponía la hostia en la boca. De rodillas, con la cara entre las manos, José Ignacio mira de reojo a su mujer, arrodillada también. Ella tiene la cara levantada y alguien ha tomado fotografías sin cesar, de todo y de todos. Ahora un acontecimiento sólo lo es cuando termina en un álbum. El prestigio de la imagen. Y él no tiene ninguna, ni una sola imagen suya que pudiera mirar sabiendo que le pertenece, ni siquiera a sus hijos. Su mujer se ve bella, de rodillas, con su traje sastre negro, tan seria y recogida. josé Ignacio tampoco sabe desde dónde se puede regresar a ella. Tal vez nunca se ha alejado. Son los hijos los que hacen un matrimonio. Mercedes y Luis prodigiosamente bellos también, hijos de María Inés, allí adelante, nacidos de ellos. José Ignacio, MAría Inés. Aparta las manos de la cara, se vuelve ligeramente y ve las pantorillas de ella saliendo de la falda negra. Su tía Eugenia está en primera fila. José Ignacio le sonríe.
De nuevo la música, los rezos en la lúgubre voz de la monja; pero

Monday, June 25, 2012

25 de junio de 2012

transofrma sus rostros o los muestra en su auténtica medida, como nadie sabe que son, como en verdad son. Tal vez la alada transparencia del mármol, despojada de su peso, podría fijar ese éxtasis en el que la herida se convierte en un desconocido placer. Son nada más una niña y un niño, ella uno o dos años mayor, vestidos con la imitación de un hábito blanco en el que todo se ha simplificado, con un sencillo crucifijo de madera colgando sobre el pecho. Están de rodillas, con la mirada fija en los movimeintos del oficiante, y son muy bellos. Se parecen y no se parecen. Las facciones de él son más espirituales; las de ella no abandonan su feminidad. Es la misma boca tierna y sensual; la nariz es más aristocrática y perfecta en uno, más personale en ella; la frente de la niña es amplia y abombada, la de él estrecha; la cara de él menos alargada que la de ella; la forma de la cabeza, con el pelo rubio, con el pelo castaño, descansando en un cuello increíblemente largo y frágil, es igualmente perfecta en su diferencia, predominantemente inteligente en él, seductora a partir de su originalidad y su irreductible carácter en ella; pero cualquier separación es una semejanza. Se trata siempre del misterio a través del cual se muestra la inocencia. Su propio rapto les es ajeno. Los han instruido sobre la manera como deben comportarse y ellos han encontrado la obediencia. Siguiendo órdenes las sobrepasan y les devuelven su sentido original. Algo va a entrar a ellos, se alojará en su cuerpo, se quedará allí, adentro, protegido y seguro en ese espacio cerrado, y ese algo, siempre invisible, que no termina de aparecer nunca y se resiste a mostrarse, es la divinidad.
Pasa la elevación y fray Alberto Gurría se acerca a hablarles a Mercedes y Luis antes de darles por primera vez la comunión. Sabe cada una de sus palabras. El sermón es banal y falso para él. Pero en la atención de los niños descubre lo que esperó encontrar tanto tiempo atrás algún día. Eso se ha perdido. En su lugar hay un oficio como cualquier otro. Se vive en un convento y se dice misa y se escuchan desde la reclusión de un confesionario, aislado y distante en esa garita sin fondo, habiendo perdido el rostro, las susurradas palabras del mundo y se asiste a muertes untando aceites en pieles frías y marchitas, se pone sal en la boca de bebés berreantes lujosamente ataviados y se vierte agua en su frente dándoles una identidad, se casa a parejas ingenuas o impuras, se asiste a la desgarradora ceremonia por la que uno también entró al oficio y alguna vez, al amanecer, antes de regresar a la celda, se respira un aire tan diáfano que es irreconocible o en la capilla de un convento de monjas se enfrenta uno, en la cara de sus sobrinos, de los que ha perdonado un día antes los pecados, con el rostro de la primera comunión. Uno es culpable en-

Sunday, June 24, 2012

24 de junio de 2012

de sentido, desbordando su propia plenitud como un hermoso desperdicio. Ya no un mero movimiento sino la quietd insostenible d eun instante y luego el movimiento reiniciándose desde un punto más alto, alrededor de un centro. Entonces la ciudad entera desaparecería o alcontrario: sería visible para siempre. Pero ahora es allí donde ella está presente. Esteban la ve. El jardín quedándose solo al salir las niñas de la escuela después del agudo sonido del timbre. Mariana está tan ensimismada en la lectura de su misal como cuando inclinaba la cabeza, apoyaba la frente en la pared y echaba los brazos hacia atrás uniéndolos en la espalda. ¿Pero quién es, qué hace allí? Esteban la ve. Es la misma frente estrecha, el pelo castaño, la nariz recta. Los labios se unen del mismo modo. Desde la seriedad de su atuendo su belleza es la más excitante. Es la misma. Ahora debe traer algo debajo.
Mariana no lo ha mirado, pero Esteban levanta la cámara para retratarla. A través de la lente ve su rostro ancho, con los altos pómulos, las mejillas ligeramente hundidas, el toque felino de los ojos amarillos, cafés, que de pronto se levantan un instante, entre el marco de pelo castaño, ni corto ni largo, sobre el severo corte del traje sastre negro con el collar de perlas. Esteban inclina la cámara y ve, a través de la lente, sus expresivas manos sosteniendo el misal. Levanta de nuevo la cámara. Espera algo. La ligera rruga vertical aparece en la frente de Mariana a aprtir del espacio entre el firme arco de las cejas. Esteban sonríe. Es una inquietud, una impaciencia, una rara tranquilidad.
La música ha callado.
---Santo, santo... ---dice la melopédica voz de la monja sobre un insistente repicar de campanillas.
El oficiante está frente al altar realizando su tarea, de espaldas a los feligreses. Esteban se halla a un lado, casi ante aquellos para quienes se celebra la misa. En la primera hilera de bancas, sin haberse movido, la tía Eugenia y la tía Delia siguen la ceremonia, sentadas en el breve espacio que Eugenia logró desalojar para ellas. También hay que tomar fotografías de los niños, dela iglesia, de los demás invitados quizá y de las personas que ocupan junto a Mariana los otros reclinatorios. Pero todo el ámbito de la capilla está como levantado en el aire, más allá del mundo. Desde él habría que descender hacia la realidad, si hubiera realidad.
La monja, encorvada, con su enorme toca flotante, figura anacrónica que depronto tiene un sitio, se acerca a los niños, les pone las manos en la espalda y les dice algo. Ellos no se vuelven. Están atentos sólo al altar. El asombro y la devoción son un rapto que

Saturday, June 23, 2012

23 de junio de 2012


ción, y las ha contemplado desde la ausencia de ella, fija en esa incesante revelación que le entregaba a él en las imágenes múltiples de una sola imagen inalcanzable, imágenes excitantes, pornográficas, deseables, imágenes de una absoluta lejanía y una radical dulzura, propicias para el ensueño y la exasperación, visibles con una evidencia hecha toda de ternura, de deseo y de violencia y disolviéndose en la oscuridad del recuerdo igual que si regresaran al cuarto oscuro del que habían salido, a pesar de que Mariana estaba allí, y él miraba las fotografías extendidas en el piso, colocadas sobre una mesa, apoyadas en el respaldo del sillón, conmovido e impaciente, tratando de evocar y repetir a través del deseo el rito absurdo al final del cual la había tenido sin saber lo que tenía, viendo, mirando, recordando a través de lo que veía, imaginando para que la imaginación enriqueciera su mirada, ese cuerpo que se iba desnudando, la entrega de las piernas, los brazos, las manos con los largos dedos extendidos, la falda levantada que dejaba ver los muslos, el gesto absurdo de un brazo que ocultaba la parte inferior del rostro, esa detención intolerable, la incontenible necesidad de volver atrás, de empezar de nuevo, de que todavía no fuera la desnudez, la entrega, y ver el arco perfecto de las cejas, los párpados cerrados, la insostenible sensualidad del labio inferior, esperar todavía recordando la textura de las mejillas entre los pómulos y la quijada y el hueco entre el cuello y los hombros y de pronto encontrarse mirando ya los pechos, reconociendo los pezones, volviendo a descubrir el ombligo, los calzones mínimos y negros dividiendo en dos el cuerpo largo y esbelto, y su indecible ternura acostada en el piso desde la vergüenza y el abandono, la cara sin edad, la pierna recogida, el vientre expuesto, imagen que no quiere más que olvidarse de su poder y su fuerza, y en ese momento dejar las fotografías y salir a la calle en su busca, o sea, en busca de nadie y darse cuenta de que no hay dónde ir, de que ella no está en ningún sitio o mejor, está en todos que es ninguno, está en su rabioso deseo, en la imposibilidad de comunicarse todavía con Anselmo, y cerrarse sobre el deseo, querer desear hasta sentirla otra vez bajo él, hasta tenerla agitándose como un gusano mientras él la hería por el culo, y sólo sufrir más su necesidad, la naturaleza insustituible de ella, e imaginar otra vez sabiendo que eso es despeñarse en el vacío hasta que lo imaginado y lo real sea uno y lo mismo; pero ahora Mariana está allí, es ella, no cabe duda, puede verla y su figura se adelanta hasta su mirada, entra a ella, es su mirada. La imagen de su amor y su deseo palpable. Esteban la ve. Toda la fila de reclinatorios se borra y reaparece. Es como si hubiera salido a la calle y sin esperarla la encontrara. La realidad llenándose.

Friday, June 22, 2012

22 de junio de 2012

se desconoce y se deforma sobre la perfecta indiferencia. Es un artificio, una representación fácilmente reconocible y forzosamente banalizada, pero despierta algo perdido o cuya falta se resiente y logra su efecto si en vez de tratar de destruirlo se cede al frágil encanto que por un instante transporta a otro sitio y otra época. Todo está suspendido sobre sí mismo para crear esa momentánea impresión de realidad de lo irreal: el altar profusamente adornado en el que se confunden la llama de los cirios y el enervante olor muerto de las flores, el traje fuera del orden utilitario del oficiante, el ritmo alternado de la música y la voz.
La que habla con tono de lamento es una monja arrodillada detrás de los dos niñoñs que hacen la primera comunión. Después de dejar acomodadas a sus tías, Esteban ve el conjunto de espaldas. Hay una primera hilera de reclinatorios en los que están una pareja en el centro y dos mujeres en las orillas; luego, en una zona intermedia, la monja, cuya misión es guiar a los protagonistas del acto en su seguimiento del oficiante, y alfrente, solos, de rodillas en sus reclinatorios, con sandalias, vestidos de blanco con una humilde imitación de un hábito de monje, los sobrinos de Eugenia y Delia. Arriba del capuchón de monje caído sobre la espalda, él es rubio y ella tiene el pelo castaño. Esteban mira al cura que celebra la misa y siente la inmediata necesidad de retratarlo. En el rostro de fray Alberto Gurría, ascético e inteligente pero también disuelto por la burla y la incredulidad, se unen la seriedad y la farsa. Es un cómplice. Resulta natural verlo a través de la cámara. Pero luego hay que volverse y retratar a los niños.
La música ha vuelto a sustituir a la voz de la monja. No tiene origen. Es un puro levantamiento; el verdadero ámbito d ela reelación, imposible de colocar en ningún lado, irreconocible, serena en su suprema sencillez. Un cuarteto de cuerdas que se lamenta y exalta, sube y se despeña; pero esa sonora plenitud pone a la capilla entera en el tono que es capaz de crear. No existe explicación para ello; es una voluntad de dejarse llevar.
Al volverse dándole la espalda al altar, la sorpresa, la incredulidad, el desconcierto, la confianza, el rechazo, el placer, la turbación de Esteban no se pueden separar. En la hilera de reclinatorios detrás de los niños y la monja, de rodillas junto a un hombre, flanqueados ambos por dos mujeres, está Mariana vestida con un traje sastre de paño negro y con un collar de perlas. Lee en su misal y tiene la cabeza ligeramente inclinada y los párpados bajos. Esteban la ha buscado sin descanso, ha revelado sus fotografías, las ha amplificado y compuesto de todas las maneras posibles, modificando la composi-

21 de junio de 2012

La gorra es el único objeto con significado en él mismo y está en el automóvil, inalcanzable, cuando sólo un momento atrás era mejor estar sin ella.
---Gracias por todo ---le dice Esteban.
Y Evodio responde automáticamente.
---A sus órdenes, señor.
Aunque nadie lo mira, el jardín encerrado entre la barda, la sobria fachada de la capilla y los dos corredores en ángulo recto del convento, está lleno de rosas abiertas y en el centro el surtidor deja escapar un rumor sosegado e intemporal. Más allá de los corredores todo es misterio. Se entra a un espacio aparte. La misma luz que abre la mañana a su revelación se detiene ante ese interior distante. Hay, sin embargo, una alegría que flota sin rumbo. Tal vez es el sonido de la música que llega desde la capilla, pleno hasta la incomprensión, o el ligero vibrar imperceptible de las rosas, callado y tímido. El continuo milagro de lo visible y lo invisible, mezclándose, ajeno a toda mirada, inmutable. Un puro desperdicio, pródigo y banal, una sobreabundancia que no requiere a nadie. El solemne espectáculo del mundo se desarrolla sin espectadores, coultándose en su gratuito aparecer.
Evodio Martínez ha regresado a su lugar frente al volante. Esteban ha tomado del brazo a su tía Eugenia. Delia camina a su lado. Entran a la capilla. No es grande y está llena por completo Eugenia sin ver siquiera de quién se trata apoya la mano en el hombro de alguien sentado en la orilla de la última hilera de bancas.
---¿Hace mucho que entraron?
Pero no espera la respuesta que debe darle el sorprendido rostro que se ha vuelto hacia ella sino que se dirige a Esteban:
---¡Te dije que íbamos a llegar tarde! Vamos, Delia.
Sigue su camino hacia el frente y obliga a que le hagan lugar a ella y su hermana en la primera hilera de bancas desalojando a un niño que la mira un tanto desconcertado. Esteban tiene que ayudarla a sentarse. Sus tías están instaladas y ahora él tiene que cumplir con su deber como fotógrafo.
Es muy probable que le guste poder estar en ese ámbito fascinante detrás de una cámara porque no se explica su fascinación. Algo lo ha envuelto desde la entrada. La música quizás. Pero ahora ésta ha callado. En su lugar, se escucha una voz ríspida y monótona subir y bajar en un intento que no advierte de despojar de sentido a las palabras en cuya intensidad debe estar presa. Esteban no sabe de dónde sale esa voz. Tiene algo fúnebre y victorioso. Después de la música es el triunfo del tiempo sobre la eternidad, de la emoción que

Wednesday, June 20, 2012

20 de junio de 2012

la que asoma un inesperado campanario. No se puede ni siquiera imaginar una vida fácil en el mismo estricto horario que transcurre entre rezos, cantos y tareas inútiles mientras bajo un hábito que ha perdido tdo su prestigio, apresado en fajas y olores cada vez más rancios, fuera del tiempo, el cuerpo deja de obedecer sus propias reglas, las mejillas se hunden, marchítase la piel, el aire huele a cirio y el bozo aparece sobre los labios. La fila de automóviles habla, no obstante, de un día excepcional. Su sentido llega de afuera, pero sólo se le puede dar adentro. Ante el volante del automóvil negro en que ha traído a los padres y los protagonistas del suceso, Evodio Martínez ve a Esteban luchando popr ocultar que ayuda a bajar a su tía Eugenia y sin recoger de su lado la gorra que completa su uniforme gris se precipita a auxiliarlo. El patrón respeta más que a nadie quizás a esa señora alta y gorda que tan raras veces se deja ver por la casa y, mientras espera frente al volante, aparte de todos los acontecimientos pero sin dejar de tener conocimiento de ellos, Evodio no puede dejar de pensar, a veces con curiosidad, a veces con rencor, en esa vida de la que es testigo sin participar de ella, que se mezcla con la suya y le estorba, alejándolo de sus propios proyectos. La tía Eugenia lo reconoce en seguida y lo saluda.
---Ayude, Eviodio, por favor, ayude a esta vieja gorda.
Y finalmente, ella está de pie junto al pequeño coche, enorme y segura, apoyada en su bastón.
---Gracias, Evodio. No sé qué hubiéramos hecho sin usted. Mire, éste es mi sobrino Esteban.
Evodio sonríe turbado. Nunca sabe si dar la mano cuando lo presentan.
Desde adentro del coche, Delia interviene:
---Ahora tienen que hacer lo mismo conmigo.
Evodio no es menos servicial con ella. Esteban disimula el embarazo que le provocaba la necesidad de jalar y empujar a sus tías convirtiéndolas en objetos inanimados cuando él no quiere verlas nunca más que dueñas pro completo de un sitio al que le gusta entrar con la seguridad de que está aparte y se mantiene inconmovible, coupándose de las cámaras, pero ni Eugenia ni Delia están pendientes ya de otra cosa que de su urgencia por entrar a la capilla. A su lado, Evodio no existe. Ha sido alguien a quien se recurre porque era útil. Con las cámaras al hombro y las lámparas de mano, Esteban lo ve, incapaz de alejarse, sin saber dónde quedarse. Evodio quisiera tener la cgorra en la mano. En ese momento, su falta equivale a que alguien le hubiera quitado el piso bajo los pies. Sabe que es ridículo y se indigna consigo mismo por eso; pero saberlo aumenta su desamparo.

Tuesday, June 19, 2012

19 de junio de 2012

tomóviles; nada permanece, todo cambia, está bien que Esteban se mueva de un lado a otro y de vez en cuando entre a la casa y nos cuente para comprobar hasta qué extremo ni siquiera las costumbres que uno recuerda se conservan (---"Somos un anacronismo, Esteban. En mi época una no tenía amantes para no tener que quitarse el corsé por la tarde" ---dice Eugenia con una sonrisa que acerca a Esteban y deja a Delia a un lado como la dejaba ya las tardes en que después de avisarle que pasaría a verla no iba, prohibiéndole además comentárselo a nadie); pero a Delia le conmueve comprobar la inmovilidad de la mañana idéntica a cualquiera de aquellas otras hechas jirones, despojadas de una cada vez más indispensable e imposible continuidad, en las que se encuentra a sí misma siempre idferente, cambiando con el tiempo sin advertir cómo quedaban atrás los sucesos, cuyo recuerdo se borra antes de precisarse entre los inmutables muebles de la casa, mientras admira la seguridad con que Esteban las conduce hacia el convento por esos nuevos caminos con tantos camiones, sentada junto a esa cantdad de cámaras y aparatos que él trajo.
---¡Qué bonitas calles! ¡Y cuántos árboles! Hasta pájaros que cantan todavía. Deberías ocuparte un poco más de tus viejas tías y sacarlas a pasear de vez en cuando, Esteban ---dice la tía Eugenia, contenta por el aspecto de Esteban y la manera en que se ha vestido para la primera comunión.
Esteban sonríe. Nunca ha podido dejar de admirar el tono con que su tía Eugenia se burla del mundo; nunca ha dejado de conmoverse ante la forma con que su tía Delia se entrega al mundo. Están entre jardines y altas bardas, por calles estrechas y empedradas. A esa hora de la mañana, la vida parece contener todavía aliento, detenida entre la soledad de los jardines, flotando sin meta, quieta y sosegada, antes de reiniciar su despliegue en otro lado, donde, prisioneros de ella, nadi advertrá su avance. No se está yendo a ningún lado y resulta absurdo llegar. Sin embargo, hay una ligera ansiedad, disimulada de modo distinto, en las dos tías. Siempre se sale al encuentro de algo. En esos sobrinos inmediatos y distantes que hacen la primera comunión se encierra y se muestra un mundo que no ha terminado de alejarse nunca y que las confirma y repite en antiguas convicciones y respetados temores. Para Esteban, en cambio, es una pausa. El espectáculo se representa ahora afuera. Basta con tomar fotografías. Su tía Eugenia estará orgullosa de él y a él le gusta complacerla.
Frente al convento hay una hilera de automóviles. Todo ocurre más lentamente que en cualqueir otro sitio detrás de esa barda sobre

Monday, June 18, 2012

18 de junio de 2012

del día. Imposible preservación. Alrededor todo es movimiento. Desde que se dejó atrás la doble casa después de la difícil operación de acomodo, mientras el aspecto de las calles y las construccciones que la cercan cambian continuamente sin llegar a tomar forma, el tiempo fluye imperceptiblemente, sin ninguna sustancia material, más transparente que la misma luz, pero, como ella, se ve ensuciado sin cesar por ese inevitable precipitarse sobre sí mismo que no se muestra más que en la cada vez menos agradable tarea de decidir cuál es la ruta más rápida y adecuada, más adecuada por rápida, provocando la perentoria impaciencia de la tía Eugenia.
---¡No vamos a llegar nunca! A estas alturas la hostia debe estar ya en lo alto. ¡La elevación, Esteban! ¿Tú sabes lo que es eso?
Está sentada en el asiento delantero del pequeño coche, junto a su sobrino, y su voluminosa figura con el bastón de ébano y puño de marfil al lado de la pierna derecha y la larga y blanca mano cubierta de pequeñas pecas en el dorso apoyada en la puñadura de tal modo que los cuidados dedos doblados no dejan ver el único anillo que se permite usar todavía porque no se lo quita nunca, ocupa tdo el espacio, no del supuestamente amplio interior del coche al que ha sido tan complicado que entrara, sino del mundo. Hay algo en su belleza que desafía todo. Esteban la quiere y la respeta. Enmarcados por el pelo blanco, en sus perfectas facciones los ojos azules guardan y conservan un fulgor en el que se preserva quién sabe qué oculto sueño. Por eso era imposible que dejara de obedecer cuando su tía Eugenia le pidió que las acompañara a ella y su otra tía a la primera comunión de unos sobrinos desconocidos para él y que les tomara fotografías. La ironía no disimulaba la ilusión de su tía. Ella que nunca sale iba a trasladarse hasta un convento situado en el otro extremo de la ciudad. No en el otro extremo: en lo impensable, lejos de la casa alrededor de la cual todo gira. Han salido, tarde por culpa de Esteban, han entrado al coche, su tía Delia atrás, su tía Eugenia adelante, aunque la operación de acomodo no ha sido sencilla en ninguno de los dos casos, y ahora la tía Delia contempla con mirada ávida el espectáculo de los árboles que se adelantan hacia ellos abriéndose de pronto para dejar admirar el surtidor de una fuente. Tal vez la ciudad no es bella; hay demasiado ruido, ese inalterable rumor de enjambre que se escucha ininterrumpido desde su cuarto o la sala y que empezó a invadir la tarde mezclándose con los habituales gritos y el timbre de la escuela sin que ella recuerde cuándo; esas elegantes construcciones modernas, como dice Eugenia, han dejado en efect las casas conocidas aisladas como islas en medio de derrumbes y altos fresons solitearios rodeados siempre de au-

Sunday, June 17, 2012

17 de junio de 2012

II. PRIMERA COMUNIÓN

Imponente y rolliza, la tía Eguenia apareció al pie de la escalera con un elegante vestido negro y su bastón de ébano con puño de marfil en la mano derecha. La puerta bierta dejaba entrar el rumor de la calle, pero la alta figura tení auna dignidad ajena al tiempo. Vestido y bastón eran en ella algo más que los casuales atributos de  una persona cualquiera. De pie frente a la empinada escalera, hablando hacia el vacío, el tono perentorio correspondía a la inmemorial belleza de su porte y sin embargo, ella misma se burlaba de él.
---Introibo ad altare Dei. ¡Esteban! Vamos a llegar tarde. Yo quiero ver entrar a la iglesia a mis sobrinos con su cara de ángeles.
Nadie respondió; pero la tía Eugenia no esperaba ninguna comprobación ni experimentaba la necesidad de repetir el llamado.
En cualquier forma, la escalera era un terreno vedado para las posibilidades de sus piernas en relación con su peso. Apoyada en su bastón, firme y bien plantada, desafiante y sumisa, resignada y rebelde, esperó tranquilamente. Un momento después, Esteban apareció en lo alto de la escalera con los hombros atravesados por los cordones de las cámaras y los brazos tratando de encerrar los pies de múltiples lámparas. Su aspecto atribulado contrastaba con la serenidad de su tía.
Siempre la repetición y dentro la diferencia; siempre la diferencia en la que se muestra invariable la repetición. Al aparecer los sucesos, las personas y los lugares se invierten. Se trata de representar, pero ésa no es una labor inútil. Nada ocurre dentro de un orden, ni siquiera el que establece la representación. Todo significado se ha escapado, todo está hecho, todo está dicho y sinembargo, hay que buscar ese significado, volver a hacer, volver a decir otra vez por el placer del movimiento y para que lo viejo se refleje en lo nuevo y lo nuevo se encuentre en lo viejo. Viaje hacia un origen que permanece escondido. Si se mostrara se desvanecería. Quizás no hay tal principio de la fuente; sin embargo, su fluir va creando un cauce. Seguirlo es profundizarlo. Pero la huella sólo puede hallarse en la superficie.
En el coche se avanza por las calles de la ciudad como en andas, sin reparar en el resto del tráfico, envueltos en una luz firme y tenue que anuncia que la mañana no se ha dejado contaminar por el resto

Saturday, June 16, 2012

16 de junio de 2012

dónde? Pero no hay caída. Se entra al sueño. Nos olvidamos de Anselmo. "no te vayas, no te salgas", me dijo con las manos extendidas en mi espalda. Sobre ella, dentro de ella, quieto y conmovido, mis piernas entre las suyas, mi estómago en su vientre liso, sus pechos en mi pecho, mi boca en su cuello, su pelo sobre mi cara, sus manos en mi nuca, con los ojos cerrados, oyéndola respirar, sintiendo subir y bajar apenas su pecho, entrar al sueño como había entrado antes a ella, dentro de ella todavía, el sueño y su cuerpo confundidos, fuera del tiempo, ni ella ni yo, cuerpo y sueño.
Anselmo vestido ya. "Mariana, tengo que estar en el aeropuerto en menos de una hora. ¿Me acompañas?" Lo oí perfectamente. Era irreal. Y no abrí los ojos para saber qué hacía ella. Sntirla hacerme a un lado para que saliera de su cuerpo y deslizarse hacia afuera, aparte ya, para siempre. Estaba vestida cuando regresó. La falda gris, el suéter negro, las botas. Cierra los ojos. Ve su imagen. Interminable, alta, esbelta, bella. Te miraba, con la cabeza ligeramente inclinada, el pelo castaño ocultando parte de su frente, los párpados bajos cegando el brillo amarillo de sus ojos y arriba el arco insondable de sus cejas. La nariz dibujada más que hecha, los labios unidos. Recuerda la línea de su cuello desde la oreja hasta el hombro oculto al frente por el triángulo felino e inocente de la cara. Te miraba acostado en la cama. No sonreía, sí sonreía. Sonreía apenas, sin sonreír. El que sonreía con ironía y cariño era Anselmo, de pie a su lado. Mariana era una modestia, una ternura, una humildad Se inclinó y te dio un beso en la mejilla. Ella, sin mover los brazos. Ella, la belleza, la dulzura, la vida. Nodijo nada. Sólo su figura, inclinándose hacia ti, un instante. Abre los ojos. Podías haber hablado, podías haberle preguntado todo, cualquier cosa. El único que dijo algo fue Anselmo. "¿No me deseas buen viaje?"
Nada es real, nada existe. Todo se inventa. Pero ella lo dijo, eso fue lo que dijo. Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Y fui yo.

Friday, June 15, 2012

15 de junio de 2012

termina allí. Mariana pide, busca desaparecer. Y no puede estar más presente. La degradación era una elevación. ¿Hacia dónde? Fuera del mundo. ¡No! Su cuerpo era el ámbito de lo sagrado. Un círculo perfecto. Abriéndolo se cerraba. Y ella, ¡dónde estaba, dónde estaba, allí, cogida, entre Anselmo y yo? Sólo el olvido, entre gritos, suspiros, quejidos. Y luego presente en su ausencia. Nunca sabré cuándo se levantó, cómo dejó la cama, quién salió primero de su cuerpo. Nos abandonó, a los dos, la que no era nadie nos abandonó y era todo. Pero está el cansancio. Nada más por el cnasancio es soportable. Uno quisiera dormirse, dar la espalda. Es bueno renunciar: el recurso que no tenía Mariana. Prisionera que no quiere ser otra cosa que prisionera y no se tiene cómo guardarla. En cambio nos dejó solos en la cama. no estaba su recuerdo, no había nada. Su ausencia presente como ausencia, sin que la reconociera ni siquiera en tanto ausencia.
Piensa qué era el reaparecer. Su figura desnuda en el marco de la puerta. Siempre alta, esbelda, unas piernas, unas caderas, el triángulo negro del sexo. Otra vez un puro poder de seducción poseíble po completo y algomás, imposible de poseer: la belleza sin límites, buscando que la destruyan, que alguien tome lo que no se puede tener. ¿El sueño y la muerte nada tienen ya que decirse o todo es diálogo entre el sueño y la muerte? Está la ternura, nacida de las ruinas de uno mismo, más allá de uno mismo, sin duezño y tan impersonal como el deseo. En su belleza, Mariana era el deseo porque Mariana no es, no quiere ser. Yo la tuve, sin embargo y entré a algo que debe ser ella. Por eso se fue con Anselmo. Tal vez. Acostada de nuevo aquí tuvo que oírlo decirme qu eme la cogiera y esperó. Con los ojos cerrados. De nuevo su absoluta disponibilidad. Pero al acariciarme el sexo no era más que dulzura. Sus dedos. Rodeaban algo que los conmovía. La erección entonces es un signo. El poder de ella, mi sumisión. Entrar fue encontrar a otra, de nuevo, siempre, otra. Mi cara junto a la suya. Sus manos recorriendo mi espalda. Besarla en el cuello, en las mejillas. Entre sus pómulos y su quijada todo es sopresa. Sentir su boca en mi cara respirando sin prisa. Y besarla. Besarnos en la boca ella y yo con los cuerpos enlazados, dueños de su propio ritmo. ¡Qué dulce puede ser Mariana! Hasta el grito, sin fin, una misma dulzura. Sus manos hablan de ella, no por ella. Unidas en mi espalda a la altura de la cintura me apretaban para que llegara más adentro en ella. Luego recorren la espalda, sin rumbo como sus quejidos y lamentos. Pero fue su respiración la que me dijo cuándo debía entrar. Anselmo estaba al lado y debe haberlo visto. Ella cada vez más la espera. Y después de todo, nada. Una elevación. ¿Hasta

Thursday, June 14, 2012

14 de junio de 2012

pojada de cualquier apoyo, tendida en la cama y a la espera. Había que hacerse tan impersonal como ella. pero no lo sabíamos. Nadie puede saber eso. De pronto, yo estaba a un lado y Anselmo del otro lado. En el centro el cuerpo de Mariana hubiera podido burlarse de nosotros. Pero su ternura era absoluta. Yo había sido un malvado obedeciendo a Anselmo que había sido un malvado obedeciendo a la Mariana que no decía lo que quería Mariana. Vi cuando él empezó a acariciarla. Mariana se volvió de inmediato hacia él. No podía seguir así, a la espera, sin nadie. No es difícil recordarlo si me pierdo por completo en ella, si sólo la tengo presente a ella. ¿Te da miedo? Fuiste un objeto, Anselmo era un objeto, Mariana sabía cómo ser un objeto y no quería más que ser un objeto. no quería nada. Ella ya no era ella. Un olvido innombrable. Nadie es el objeto de nadie. Los objetos ni siquiera son de sí mismos. Eso es lo que te da miedo. Giras alrededor de Mariana que no es nadie. Mientras Anselmo te besaba para contemplarte era el asombro. Veo tus brazos rodeando su cuello, veo tu cuerpo pegándose al suyo. ¡Qué desnuda estabas, amor mío! Tienes la espalda más larga que se puede imagianr, tienes las nalgas más perfectas en que puede terminar una espalda. Sentía tus pechos en el de Anselmo como si él fuera yo, lo vi entrar a ti, empezar a tenerte, vi tu cara que debería ser igual a la que tenías cuando yo estaba en ti. Eres la iagen de la felicidad. Te oí hablarle a Anselmo y obedecí cuando él me pidió que te lo metiera por detrás. Nada hay tan bello como ese rumor de palabras que suplican, que ordenan, que se quejan, que no quieren decir nada y lo dicen todo cuando se hace el amor.
No puedes recuperar tu placer recordándolo. Era otra cosa. El primer quedjido de MAriana, de sorpresa, de miedo, de dolor. Tu verga abriéndose paso. Esta verga. ¿Dónde estás, Mariana? Ella abriéndose, tú abriéndola. Encontrar al final a Anselmo del otro lado. El placer era un puro rompimiento. De todo. El sueño de la infancia.
Estás loco, Esteban. Pero los tres estábamos allí. Y de pronto ella se había levantado.¿En qué momento? Tú la tenías agarrada por los hombros, tus manos en sus hombros. Las suyas en la espalada de Anselmo. Su cabeza moviéndose de un lado a otro. Dejarse ir hasta un fondo que no existe. una fconfusión, un amasijo. Pero yo estaba todo en ella, como debería estar Anselmo. ¿A dónde la llevamos en ese desorden Anselmo y yo? No se podía pensar en sí mismo porque no se pensaba en nada. Pero si alguien existía era ella. Presente en la violación de toda su posible integridad. La violación que pedía. Ser sólo el placer que das y que te dan. Toda la seduccíon anterior

Wednesday, June 13, 2012

13 de junio de 2012

mo. ¿Por qué tan sumisa? Sumisa había estado contigo un moento antes. Sus brazos en tu espalda como si se estuviera ahogando. No había nadie más que tú aunque Anselmo los mirara. Tú y Mariana solos haciendo el amor porque todo desapareción. ¿Dónde estás, Mariana?
Entrando aquí con la mano de ella en mi sexo y yo sabiéndolo y sintiéndlo sin saber si Anselmo lo sabía, sin dejar de preguntarme si lo veía, los tres éramos uno. Nada más estaba el cuerpo de Mariana, que no lle pertenecía. Tienes que llegar a eso. Caímos los tres en la cama. Anselmo empezó a besarla, la boca, el cuello, los pechos, y tú también, los pies, las rodillas los muslos, pero ella no te soltó, en ningún momento. Tu placer era el de ella, tú eras su mano, tú eras el que recibía los besos. Sentías a través de Mariana y lo mismo les debería pasar a ellos poeque el cuerpo de Mariana era el deseo. Mariana no estaba fuera de sí; era un puro asombro. Dejar su mano y suavemeente irla penetrando, ir yendo por dentro de ella, ese interior que te rodeaba, como si ya no hubera afuera, nunca más. Su interior fue el que te recibió, sin movernos ninguno de los dos, sólo mi verga y su coño, ya no su mano, yo en ella, pero no era yo ni era ella, ella fue la que dijo: "No, míralo, me está cogiendo. No lo dejes", y entonces empezamos a coger. Mi placer y su placer. uno no busca más, no sabe. Mariaan trastocando el sentido de las palabras, no, no, cuando es sí, si, pero importa deciro no porque no es alguien al que uno se coge. Estuvo bien que Anselmo nos separara. No había que terminar. Pero es más. nos separó uno del otro. Obedeció a Mariana, a la Mariana que contradecia a Mariana. Y luego me dio a Mariana.
No sé dónde está. No entiendo nada. No sé donde buscarla. Nadia puede dejar solo a su cuerpo hasta tal punto y que ese cuerpo sea tan absoluto. Quizás la hubiera tenido si hubiera terminado la primera vez. ¿Pero a quién? No a ese cuerpo; a la que me deseaba a mí También me deseaba a mí después.
Fue fácil salirse. Era una espera. Y volver a saberla en el vacío. Ledejé mi lugar a Anselmo. Mejor dicho dejé de ocupar el lugar de Anselmo. Sí, pero no pasó eso. Volvimos atrás los tres. Anselmo tampoco sabía nada. Estoy seguro. Él obedeció el llamado de su Marianapor complacerla sabiendo que había otra mMariana que era mía. Fue un acto de amor total. Te oigo a ti aunque la que me habla es la otra. La que hablaba es intocable. También para Anselmo. Hay que ignorar a esa Mariana. Pero la que la hace desaparecer es ella. Sólo que entonces no se puede encontrar a Mariana. Es la que estaba aquí desnuda como no se pueda estarlo cuando yo me aparté. Des-

12 de junio de 2012


balcón cuando Anselmo la desnudó por completo y por eso apoyó el pezón en mi brazo al regresar. Bailar los tres juntos con Mariana en el centro, dándole vuelta continuamente, que Anselmo me la entregara a mí, que yo se la devolviera a Anselmo. Ella ya no era más que en nosotros y nosotros sólo queríamos dársela al otro. Pero Mariana estaba más presente que nunca entonces. Su sonrisa de complicidad y alegría… Saberse desnuda más allá de toda desnudez. La piel de Anselmo en su espalda, la mía en sus pechos; mi sexo en sus nalgas, las piernas de Anselmo entre las de ella; sus manos en el cuello de él, mi boca en su boca. Su boca. Toda ella está allí. No. Ella no está en ningún lado. Pero llegar a su boca fue una detención. No lo supe en ese momento. Luego estábamos los tres en el piso, besándola, y Anselmo dijo: “Vamos al cuarto.” ¿De quién era allí Mariana, en el piso, entregada a nosotros? De nadie más que de ella misma.
Si vuelvo a verla no sabría cómo hablarle. Sólo puedo imaginarla aquí, en este cuarto, en esta casa. Todo cerrado. Imaginarla; repetirla. ¿Para llegar a dónde? Lo que imagino empieza y termina en su cuerpo. Ella acostada en esta cama, desnuda como un árbol, vestida de sí misma, con los ojos cerrados, Anselmo al lado, ella tendiendo el brazo hacia mí, “Ven, cógeme”. Tú solo.” Su boca entreabierta dejando ver los dientes, la cabeza echada hacia atrás, el pelo castaño y yo sabiendo que iba a entrar en ella, allí, donde había estado Anselmo, que ahora ella me estaba esperando. “Ven, ya, ven.”
Afuera está la escuela. No sé qué hora es. El jardín debe estar vacío. El tiempo de las clases. Todo es pausa. Una inmovilidad. Vivimos entre un abismo y otro, brincando hacia el punto de apoyo, sin darnos cuenta. Tú miras salir a las niñas desde la ventana y es muy bello. El momento en que se desparraman, primero en el jardín y luego afuera, en la calle. Siempre desde la ventana, imagen a través de la ventana. Mariana como una imagen. Encontrarla de pronto avanzando hacia ti en la calle. Saber que iba a llegar. Ese instante. Ya la había visto. ¿Y ella  a ti? No, todavía no. Mariana vestida… Sólo puedes ver una falda gris. No puedes ver nada. Su cara es lo que importa y lo que le dirías. Te diría: “Hola, Mariana” y tú te detendrías, alta y esbelta, no avergonzada ni sorprendida, dejando de caminar nada más. Tú quieta y lo demás girando a tu alrededor. Mariana con su falda gris, su suéter negro, sus botas. No traería nada debajo y yo lo sabría. ¿Dónde podría ocurrir eso? Tiene que pasar. La dejé ir como si lo más fácil del mundo fuera volverla a ver. Lo real tiene tal evidencia que no deja pensar, ni prever. Estabas cansado, querías dormir. No es cierto. Te molestó que ser fuera con Ansel-

Monday, June 11, 2012

11 de junio de 2012


conmigo, perdiéndose de nuevo en este cuarto y reapareciendo con un saco mí en lugar del suéter. El comentario inevitable de Anselmo. “Genial.” Ella necesita esa aprobación y la busca. Ésa es la unión más profunda entre ellos. Se gusta a sí misma tal como la ve Anselmo ¿Qué sería sin ese comentario perpetuo de sus propios gestos? Antes tendría que saber yo mismo quién es ella.
Tenía que ser muchas, ninguna. No sé cuántas veces se cambió. El saco, otro suéter mío, una mascada sobre los pechos y luego la corbata de Anselmo cubriéndole nada másl os pezones. Fue él quien se la puso. “Ven, quítate eso, es demasiado.” Mariana de pie frente a él. Inclinó la cabeza y bajó la mirada para ver cómo le desataba la mascada. Otra vez en calzones solamente. Un instante. Anselmo se puso de pie también para ponerle muy ceremoniosamente su corbata alrededor de los pechos. Yo ya no sabía lo que era mi sala. Había estado trabajando y leyendo luego. Nunca habrá otra imagen ya que la de Mariana. Muda telegrafía a la que nadie responde. El juego y el deseo mezclados; pero era más fuerte el deseo. La seriedad del juego. Sentir el cuerpo de Mariana casi desnudo en el mío cuando me desvestí yo también. No se podía creer. Ella deseándome, sin duda. Y Anselmo viendo ahora. La música estaba presente, pero era un pretexto. El momento en que sentí no sólo el pecho sino también los pezones de Mariana en mi pecho. La corbata se le había resbalado hasta la cintura cuando nos separamos. “Estoy desnuda.” Y Anselmo: “Quédate así, quédate así.” Se levantó y simplemente le desanudó la corbata. Mariana echándome los brazos al cuello para volver a bailar.
Quisiera saber cómo nos veíamos en la sala. Mariana con sus calzones negros, acercándose, alejándose, visible, haciendo girar nuestra mirada, prisionera de su propia necesidad, ¿de que la admiráramos? Tal vez de que la usáramos, ¿para hacerla llegar a qué centro de sí? Se acerca y huye y la huida es irresistible para ella porque necesita que la sigan y entonces se entrega a su deseo, a sentir ella. No sé. Anselmo y yo en calzoncillos, la ropa tirada en el piso y la música, saliendo a la calle, perdiéndose en la altura, quién sabe donde. Adentro otro espacio. Anselmo tomó a Mariana de los tobillos, yo justo debajo de los pechos y empezamos a columpiarla. Una idiotez, visto desde afuera. Pero yo no quería más que llegar a sus pechos y Anselmo lo sabía. Su mirada estaba fija en mis manos sobre el cuerpo de Mariana. Y ella ya me deseaba a mí o no sabía nada. Querer perderse. El desamparo de que desapareciera Anselmo. Y el placer. Sola en su cuerpo que es de todos. Por eso salió al

Sunday, June 10, 2012

10 de junio de 2012


cuarto. Imposible. Suspendido en un tiempo sin tiempo. Tampoco sé quién es Mariana. Si estuviera aquí, a mi lado, y pudiese volverme ahora mismo y tocarla, no sabría quién es. Pero llegaría hasta ella. Con el tiempo, en el tiempo. Estoy seguro. Verla todos los días. Qué extraña cosa su inocencia. Si tuvieras que decir cómo es, dirías “un ángel”. La pureza. Hay una parte de ella que se queda aparte y no se puede tocar. Se muestra en la belleza de su cara transformada por el deseo. Algo fuera de este mundo existe en esa cara, ajeno hasta ella. La boca entreabierta y la nariz más perfilada. No es sólo eso. No se puede describir, ni evocar, por mucho que te esforzaras. Un resplandor. La intensificación que se llama belleza. Pero entonces uno tiene que estar fuera, quedarse fuera. El que contempla no participa de lo contemplado. ¿Y la unión mística? Tú no sabes nada de eso. Nadie sabe nada de eso. Al contrario. No seas cretino. No tengas miedo. Todos estamos así en el mundo al principio.
Fui alegre después, sólo alegre, cuando saliste de ese vacío desde el que mirabas a Mariana apartando la mano del cuello de Anselmo y extendiendo otra vez el brazo en el piso, perpendicular a su cuerpo, con la mano abierta, la palma hacia arriba y los dedos apenas doblados. Esa mano te lo decía todo. Su placer mientras Anselmo recorría su cuerpo con la boca, cómo lo sentía ir bajando, la tentación de abrazarlo y la voluntad de contenerse, de dejarlo besarla sin intervenir. Inició el gesto muchas veces. Empezar a levantar el brazo y dejarlo caer de nuevo y estirar los dedos, como si algo en ella le estuviera prohibiendo a esa mano llegar hasta Anselmo. La boca de él en el pecho de ella, rodeando el pezón. Fue como un ahogo. Abrió la boca y se estremeció, pero luego también abrió los ojos y me vio. Alguien donde nunca debe haber nadie. Pero ella no huía cuando salió corriendo hacia este cuarto. Cambiaba de tono. Anselmo lo supo en seguida. “Pon un disco y baila con ella.” Era ser tres otra vez, sin nadie en el centro, ni siquiera Mariana. Una pura relación sin centro. La sonrisa maliciosa de Anselmo. Como de niños. Inventar maldades. Era él quien estaba a la expectativa ahora. Mariana entrando con el suéter puesto de nuevo, sobre el ruido de la música. Sus piernas y su sonrisa. No dudó un instante. Se dirigió directamente hacia mí y me tendió el brazo. ¡Qué bella es! Supe que iba a tenerla pegada a mi cuerpo, me dio tiempo de pensarlo y saberlo en ese mismo momento, mientras me ponía de pie. Nadie baila así. Sus dedos en mi nuca, su cara en la mía, sus piernas queriendo ir más allá de lo posible. Mariana no baila, pide que la tomen. Pero luego se fascina tanto consigo misma que también se olvida de eso. Ninguno de los tres sabíamos lo que hacíamos. Marian dejando de bailar

Saturday, June 9, 2012

9 de junio de 2012


Se dejó caer, se deslizó hacia el piso en seguida. Nadie hubiera podido permanecer mucho tiempo así, tan expuesta. Anselmo se acostó a su lado. No. Luego. Eso después. Primero se sentó junto a ella, que estaba acostada. Como un cuadro de Picasso. ¡Cómo deseaba yo a Mariana! En ese momento y ahora. En el piso, con la cabeza apoyada en un brazo, los ojos cerrados. Tan larga. Sus pechos desnudos, chicos, separados. Sólo los pezones parecían estar vivos, esperaban, duros y salientes. Mariana sonreía apenas. Estoy seguro. Dejar la cámara, apagar las lámparas. Verlos fue perturbador. Tuve que sentarme. No saber si se habían olvidado de mí. Anselmo y yo siempre equidistantes. Si se aleja, lo extraño; cuando está muy cerca, no lo soporto. ¿Es una admiración o una identificación? Nunca sabíamos quién imitaba a quién. Inventando maldades, días enteros, tardes interminables. Y luego no era necesario realizarlas. Anselmo como un maniático volviendo siempre a lo mismo. Hablar es una forma de no hacer. O al contrario: lo que se habla ya se hizo. Por eso no podíamos ni estudiar. Era mejor tener los libros que leerlos. No. Viéndolos sabíamos que algún día los leeríamos. El misterio detrás. Uno lo espera todo de esas palabras. Van a decirlo al fin, a revelarlo. No hay nada que decir. O todo es nada. Pero la ilusión. El libro que ya ha sido leído pierde todo su encanto. Eso también es de Musil. Siempre. Nunca pude leer a Anselmo. Hubiera sido como leerme yo mismo, tal vez. ¿Y si nos reflejamos uno en el otro pero no hay nada que leer, no hay nada en el centro? Yo lo seguía a él. Siempre tuvo más iniciativa. Pero luego él me copiaba, copiaba una manera de ser, como si él no tuviera ninguna. Puede ser angustioso. Quizás eso es irse a Japón. No lo puedo imaginar. ¿Y Mariana?
Anselmo acariciándole la espalda. Mirándolo allí, sentado, pensé que nunca iba a llegar a tocarla. Y Mariana lo estaba esperando, esperaba a alguien, unas manos, la cámara. Era perfecto estar aparte, mirando. Las manos de Anselmo recorriendo la espalda y Mariana recibiéndolo. ¡Cómo esperé que llegara a los pechos! Eran un centro. Pero antes Mariana se dio vuelta para quedar boca arriba y entreabrió los labios. Mientras él la besaba no lo abrazó, extendió el brazo sobre el piso, perpendicular a su cuerpo, con la mano abierta. Sólo quería dejarse, que hicieran con ella lo que quisieran. Tuve miedo de no tener lugar. Anselmo acostándose por completo no sobre ella sino al lado de ella y la mano de Mariana yendo hasta su cuello y acariciándoselo. ¿Cómo acercarse? Hay una distancia invencible que separa de una pareja que se olvida de todo. Y uno también desaparece en lo que mira. Tú eras Anselmo y no eras nadie. Lo único real era el cuerpo de Mariana. Levantarse, moverse por el

Friday, June 8, 2012

8 de junio de 2012


luta dulzura. La piel dibujaba la columna vertebral como si no pudiera contenerla y al mismo tiempo esa columna no existiera más que como el dibujo en una tela que no es la tela, en una piel que no es piel, que es Mariana, una superficie sin fin, curvada conforme las líneas de la espalda se abren desde la cintura para rematar en la amplitud de los hombros, dejando todavía que el calzón recogiera el surgimiento de las nalgas, de las que se desprenden esas piernas tan largas, que parecen guiarla siempre hacia una juventud imborrable. “Vuélvete, vuélvete, por favor.” Anselmo suplicaba. Ya deberíamos estar muy borrachos, pero el momento fue una detención en la perfecta cima de un absoluto en el que uno quiere mantenerse siempre y desde el que no quiere más que caer. Mariana estaba pegada por completo a la pared. No. Entre su cuerpo y la pared había un abismo, la pared era la neutralidad. Estaba allí, muda y ajena. El cuerpo de Mariana es la vida: su expresión presente. No se debe describir, no se puede tener. Es un puro gozo. A ella la guía, la posee, la conduce a perderse, a encontrarse. Cuando ella lo mira parece estarlo reconociendo, asombrada. Se pone las manos en los muslos, las mueve tocándose apenas y las manos la llevan a la mirada. Sus ojos amarillos o cafés, amarillos y cafés, brillan de felicidad y la sonrisa no es más que el asombro ante la maravilla de ser ella misma. Nunca encontrar sí y siempre estar en sí. Eso fue después, bailando. Antes se volvió, en efecto, tan despacio, como rendida de pronto. No obedecía a la orden, a la súplica de Anselmo. Era algo más. Ya no quería estar de frente ante la pared. Volverse era aceptar su entrega al mundo. Yo, con la cámara, retratando eso. Se puso de perfil, con la cabeza ligeramente inclinada, la barbilla quedando arriba de su clavícula prodigiosa, los ojos cerrados. Bajo las cejas, sus párpados cegaban para siempre el brillo amarillo de sus ojos. Era ya sólo un silencio. Todo su cuerpo estaba callado. La distancia entre las clavículas, la suave curva apenas perceptible que remata los hombres antes de que desciendan  a la independencia de los brazos, los tendones que rompen la alta limpieza del cuello y los pechos tan separados, con eso pezones perfectos y salientes que veía por primera vez, distancia que se repite más interminable aún hacia abajo para mostrar la dulce superficie del vientre con ese ombligo para el que parece abrir un nicho para que señale un centro que no lo es y cuyo verdadero punto yo no podía conocer todavía porque el breve calzó, tan ajeno a ella, me ocultaba su negro resplandor. Tenía los labios cerrados pero una sonrisa vagaba por ellos, una sonrisa sin lugar, que la cubría por entero: la ropa de su desnudez.

Thursday, June 7, 2012

7 de junio de 2012


y nadie para verla, sin contarnos a Anselmo y a mí que estábamos adentro.
Busca un orden. Una palabra tras otra hasta levantar una torre, esbelta y firme como el cuerpo de Mariana. Así se hace: acostado en una cama, cerrado en un cuarto, viendo sin ver, oyendo sólo las palabras que no dices, perdido en un ensueño que alimenta el deseo disuelto. ¿Será posible que Anselmo esté en un avión ahora? Sólo Mariana es real y no sé dónde está. Estaba sentada de nuevo e en el sillón cuando regresé con la cámara y las luces. Tenía las piernas cruzadas y los brazos apoyados en los brazos del sillón. Se quedó quieta mientras encendía las lámparas. Fue una pausa bajo la luz total que se hizo de pronto. La fotografía borra el espacio antes de mostrarlo. Mariana se veía absolutamente sola y asustada, quizás. Dio un trago del vaso que tenía en la mano. “¿Y ahora qué?”, preguntó. “Vas a ser la modelo de Esteban”, dijo Anselmo. La primera vez que disparé todavía estaba en la misma posición. Luego se inclinó para bajar el cierre de sus botas. Ella, por su cuenta. Sus piernas desnudas eran el principio de algo para lo que no hay palabras. Unos pies perfectos. Era como si se protegiera mostrándose. Lo mismo que con los gestos. Y la voluntad de obedecer. O la necesidad. ¿Por qué una voluntad, por qué una necesidad? Mariana no se tiene.
Se echó hacia atrás en el sillón, levantó un brazo, como siempre, pero ahora con la copa en la mano, y alzó una pierna. Le tomé muchas fotos allí. Ni siquiera sé dónde estaba Anselmo todo ese tiempo. Ni tampoco al levantarse ella. Sólo volví a verlo cuando la regresó al sillón y quiso quitarle el suéter. “No, espera”, dijo Mariana y lo que se quitó fue la falda. No había dejado de beber, pero era otra cosa además. La cámara la transformaba. Estoy segura de que en ninguna foto es la misma. Sin falda sus piernas son interminables, como su espalda cuando se inclinó a bajar el cierre de las botas. Mariana sólo puede compararse consigo misma. Pero tú la estás evocando. Repetirla en palabras. Mi fantasma de Mariana. No podía ser más visible cuando se quitó el suéter, mirando hacia la pared, de espaldas a nosotros. El gesto fue de un desprendimiento que la despojaba por completo dejándola sola con la decisión de ofrecerse. Imaginé la cara que no podíamos ver y cuando se volvió era exactamente ésa. Pero antes de espaldas, su cuerpo dividido en dos por el calzón. La imposible relación de su cintura y sus caderas. Y sus nalgas que todavía no veía y por las que he entrado oyéndola quejarse y sintiéndola abrirse al mismo tiempo, inexistente ya, un puro recipiente del deseo, rota en su placer, cuerpo sin cuerpo entre dos cuerpos y centro sin fondo pero que marcaba el límite, el espacio del grito y su abso-

Wednesday, June 6, 2012

6 de junio de 2012


es otra cosa. La tarde y los pasillos solitarios. Las clases sin gente. “¿En qué piensa con esa cara tan triste, Esteban?” Y uno siempre estaba esperando algo, pero no pensaba en nada. El mundo alrededor es el misterio. Un deslumbramiento. Un recogimiento. No hay que dejar que nada te empuje hacia afuera. Pero eso es imposible. De niño… Ésas son conclusiones posteriores. No hay más que fuera. Una apariencia.
Mariana se burla de sus gestos, hace su propia caricatura. Pero esos gestos son ella. No sé si lo sabe. No sé quién es ella. De pronto lo teatral cede el paso a un ensimismamiento. Con la cabeza inclinada hacia un lado, mirando hacia el piso, las manos unidas en la espalda, su perfil exacto, esbelta y grave. Pero la imagen siempre se entrega, abierta o cerrada. Es capaz luego, inmediatamente, sin ninguna transición, de levantar un brazo estirándolo por completo, apoyar la mano en la pared extendiendo los dedos, tender el otro brazo perpendicularmente a su hombro y ocultar la boca y la barbilla detrás, con la cabeza baja, los ojos cerrados; pero ya no es el ensimismamiento sino una actitud. Sin embargo, tal vez la actitud, al ocultarlo, no hace más que mostrar el ensimismamiento. Nunca he visto a nadie tan ajena a la cámara. Estaba borracha, claro. Pero es algo más. El placer de darse en espectáculo, como si quisiera anularse a sí misma, ofenderse a sí misma y celebrarse así. Se acostó en el piso, se puso de perfil apoyando la cabeza, extendió el otro brazo a lo largo de su tronco y levantó la rodilla. Y se había quitado las botas. La falda resbaló por su mulso descubriéndolo por entero. No era nadie y era todo entonces. Un cuerpo entregado desde su absoluto desamparo a la revelación. El entusiasmo de Anselmo era conmovedor. “Sólo tú puedes hacer eso.” Y la sonrisa de Mariana al incorporarse.
Fue una señal. Instalarse en el puro vacío. Todo se alejó. No había nada alrededor, sólo nosotros  tres. Tal vez por eso resultó tan bello y perturbador que Mariana, desnuda ya, abriera de pronto el balcón y se quedase allí, afuera, expuesta y a la vista del que pasara, suponiendo que pudiera pasar alguien a esa hora. Pero la posibilidad existía y ella lo sabía y la buscaba. Su figura en el balcón, desnuda, con los brazos levantados, borracha y loca o loca y borracha, para que nosotros la viéramos, pero no de nosotros sino de todos, igual que era de todos ante la lente de la cámara. Pero eso pasó después. Ya había música y estaba bailando conmigo. Se desprendió de mí para ir afuera, al balcón. El balcón. Como un cuadro de Manet. Berthe Morisot. Pero nada más Mariana en él, desnuda,