Sunday, July 29, 2012

29 de julio de 2012

brarlo aunque alguna vez las había entrevisto buscando tlapalerías y gasolineras en el camión de reparto de la antigua fábrica con el auténtico chofer dormitando a su lado. Con el papel en el que escribiera la dirección en la mano, miró mucho tiempo la casa antes de decidirse a tocar. La espera, esa indispensable detención, había terminado sin que se aclarara nada. Evodio Martínez llamó. El silencio no se cortó en la calle solitaria. No era un silencio absoluto sin embargo. Poniendo atención era posible escuchar el canto de los pájaros. Pasó un tiempo muy corto, interminable. Un sirviente salió a abrir. Evodio le explicó a qué venía. Muy amablemente, el sirviente contestó que tenía que dar la vuelta y tocar por la puerta de servicio. Miró a Evodio y se ofreció a acompañarlo, pero con la misma amabilidad él le dijo que prefería ir solo. Los altos árboles sobresalían muy por encima de la barda y ocultaban en gran parte la casa. Evodio la rodeó sin dejar de mirar hacia ese centro que lo atraía ya sin saber en qué consistía. No estaba nervioso. Igual que la mañana que acompañara a su padre a la fábrica, sentía una inexplicable seguridad. Lo que buscaba no era un trabajo, era otra cosa, intangible para él mismo, y no existía la posibilidad de que lo rechazaran porque nada existía antes de hacerse concreto apareciendo ante él. Las copas de los árboles se balanceaban suavemente, diversas y frondosas, contra el cielo lejano, despejado. Sin dejar de caminar, sorprendido ante el tamaño de la casa, Evodio se adentró por el fin de la espera.
El sirviente lo aguardaba en la puerta. Por primera vez, Evodio atravesó el aparentemente descuidado jardín. Los árboles tenían que ser anteriores a todo. Producían un rumor como de lluvia, leve e impreciso, una lluvia que nunca llegaba al piso. Por primera vez, estuvo sentado en la cocina antigua y llena de muebles y artefactos modernos, con las sirvientas continuando sus tareas, entrando y saliendo como si él no estuviera llí, aunque lo habían saludado cuando entró y no dejaban de mirarlo de reojo. Llegaría a saber que se llamaban Matilde y Zenaida; pero la que entró y le dijo que la niña lo esperaba esa primera tarde fue una vieja frágil, delicada, con una voz apenas audible. Evodio se había puesto de pie. Siguió a la vieja fascinado de inmediato por ella. Tenía una distinción que la separaba de todas las demás y sin embargo, no dejaba de ser una sirvienta, como si supiera que ése era su papel y se atuviera por completo a esa dimnesión que la defendía sacándola a pesar suyo de sus exigencias.
María Inés entró entonces al antecomedor donde Evodio la epseraba. La vieja la seguía, pero salió de inmediato, sin detenerse para nada, de regreso a la cocina. María Inés le sonrió a Evodio. Él no supo qué hacer. Sintió la tentación de arreglarse la corbata pero se

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