hombros de María Inés inclinándose sobre ella y le da un beso en la mejilla.
---¿No vas a acompañarnos? ---dice.
---¿Qué remedio me queda? ---contesta ella, levantando hacia fray Alberto sus ojos amarillos y cafés.
La mirada de José Ignacio se ha hecho tan atenta como la de Esteban. Llama a un mesero y le pone un vaso enfrente a su mujer. María Inés se vuelve hacia Esteban, desde una maravillosa distancia, con una cortés curiosidad, ama de casa que sabe ser amable y correcta.
---¿Tú bebes tanto como ellos?
---Más o menos, supongo ---dice Esteban.
---No hay salida ---comenta ella.
Todos beben. Fray alberto se ha sentado de nuevo, pero su mano toca continuamente a María Inés. La conversación es un pretexto. María Inés representa una especie de divertida resignación asumiendo que es la forzosa participante de una visión masculina sobre cosas que le son ajenas. José Ignacio exprectante ante la excitación que María Inés provoca, como si esa excitación se la revelara, sólo atiende a la mano de fray Alberto que se detiene un instante en el brazo de su mujer, que sube hasta su hombro, que extiende los dedos en su palma apartando distraídamente los de ella mientras habla de algún libro. Esteban contempla el amor de José Ignacio y busca a María Inés en ese amor al tiempo que la mira a ella, segura y distante, protegida por la elegancia de sus gestos. Fray Alberto se escucha a sí mismo cuando en verdad la que importa es esa mano que actúa independientemente. ¿Pero María Inés sabe todo o no lo sabe? No parece pensar en nada. Es lo que los demás la hacen ser, pero eso sería imposible sin su irónica sonrisa de aceptación, sin su manera de humedecer sus labios al llevarse el vaso a la boca, sin el continuo movimiento de sus piernas que se cruzan y descruzan a un lado de la mesa, sin cada uno de los gestos en los que se muestra y entregándose se guarda. Una gozosa voluntad de ocultación la guía, aunque también es posible que no haya nada por ocultar.
Luego los últimos invitados se acercan a despedirse. Entonces los niños vienen también y protestan: quieren conservar la compañía de sus amigos. María Inés acepta y obtiene el permiso de los mayores. Poco después, los niños regresan a preguntar si pueden nadar. Es José Ignacio el que otorga el permiso ahora.
---Aprovecho para dejarlos emborrachándose solos. Voy con ellos ---dice María Inés.
La decisión no implica nada excepcional; es como si quisiera verse a sí misma desde otro lado. Ahora se siente la madre de sus hijos y
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