logía está desprestigiada. Ni yo puedo usarla. Hay que tocar los cuerpos, la vida.
Esteban se volvió a mirarlo. Fray Alberto se rió.
---Nadie sabe quién es quién.
Así llegaron a la casa.
---Aquí ---dijo fray Alberto.
Las casas son un refugio, una definición y un símbolo. José Ignacio era dueño de la suya desde antes de habitarla. Había un jardín, unos árboles, un espacio que lo esperaba. Al casarse con Marí aInés hubo que hacer muchas reparaciones y cambios en la construcción. Ahora la casa es una isla rodeada por el enorme jardín. En otoño se ven caer las hojas de los fresnos frente a las ventanas. Un lento y continuo movimiento que semeja romper e inmovilizar el tiempo. El paso se cubre con una alformbra amarilla y con una escoba de alambre el jardinero hace pequeñeos cerros de hojas secas que Luis ama ver quemar. Desde su cuarto, Marí Inés lo observa siguiendo con la cabeza inclinada hacia un lado la estrecha columna de humo. A veces imagina también a José Ignacio encerrado en su biblioteca y baja a verlo en bata. Hay frutales y enredaderas y flores, pero el sol ha hecho retroceder al jardín. Un abierto campo de pasto se extiende con una alberca al fondo. Allí se ha colocado la mesa principal, rodeada de otras mesas redondas con sombrillas, para el desayuno de primera comunión. La luz de la mañana y Marí Inés, José Ignacio, Mercedes y Luis. Ella con su traje sastre negro, su collar de perlas y sus largas piernas, él de gris, los niños con un falso hábito infantil, recibiendo a sus invitados, que van ocupando las mesas. Más niños que mayores, más mujeres que hombres. Debe haber un orden. La tía Eugenia y la tía Delia están sentadas ya en la mesa principal. Fray Alberto y Esteban llegan directamente por el jardín, sin haber entrado a la casa.
Si pudiera verse a sí mismo, el conjunto recordaría cualquier reunión en la que se manifestara la seguridad de una forma levantada para proteger contra toda irrupción del azar. No importa el carácter del acontecimietno. Lo que interesa es conocer de antemano sus posibildades de desarrollo. Si la vida entera pudiera desplegarse así, su camino sería la certeza. Evitar lo inesperado. Pero conforme ganan en importancia, las instituciones se debilitan. Queda su forma vacía. Sobre su barrera presiona la pasión, la intensidad. Y sin embargo, qué descanso cuando se avanza de acuerdo con lo esperado, cuando nada compromete y basta con estar presente. Quizá sólo está al alcance de los sucesos sin importancia. De allí obtienen su fuerza. Pero los participantes no lo saben, representan su papel y lo igno-
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