Inés regrese para reconocer en ella a Mariana, poner en su severo traje negro, en su collar de perlas, lo que su deseo sabe de esas piernas largas, ese torso que quisiera desnudar, las manos expresivas, el rostro que el placer transforma obligándolo a mostrar una indecible belleza.
---Lo que pasa es que me gusta la fotografía, pero no sé cómo emplearla ---dice en tanto.
Para fray Alberto haber terminado de oficiar la primera comunión huyendo mientras hacía los gestos necesarios al rito de un oscuro corredor cada vez más estrecho en cuyo asfixiante final debería encontrarse una perdida imagen suya frente a la cual siempre estaba y, habiendo logrardo ignorarla, evitarla, encontrarse entre Esteban, que le permitía configurarse como el estudioso laico con una celda llena de libros y una cátedra pendiente, y su primo, a quien le regala esa figura como expresión de lo que se puede obtener en el mundo, es la manifestación de un esplendor que no le pertenece pero dentro del cual puede colocarse con un movimiento que tiene la misma intensidad que la huida y por eso resulta fácil y natural hasta tal punto que él no es más que ese vértice perentorio que deja suponer que participa del secreto de todos y para sí no tiene ninguno que le pertenezca. Escucha a Esteban. Sonríe. Tiene un encanto meticulosamente dividido en dos y participa de ambos lados. Hay un placer en la farsa. La exactitud de los gestos hace distinguida la representación y él es un comediante experto. Su rostro trabajado hasta la caricatura gesticula, los movimientos de sus brazos son muy amplios. La risa se convierte en una carcajada ante un comentario de José Ignacio. Nada puede ser tan real como representar un papel y fray Alberto es esa representación.
José Ignacio Gonzaga teme que está entrando a lo que puede llegar a ser una crisis definitiva. Ha seguido con aprehensión el crecimiento de sus hijos y como los ama los ve desprenderse de su lado. Quizás es demasiado pronto para pensar en eso y vuelve en el recuerdo al principio de su matrimonio con María Inés. Ir construyendo seguridades. Tener un trabajo por el que se deja lo que importa, lo que uno sabe que es, para más tarde, y luego tener una mujer. Al principio, María Inés era un misterio que no se merecía aunque lo merecía todo. Ella que había sido de otros ahora era suya. Guardarla en su casa y avanzar juntos. Luego el tiempo se desliza. Están juntos y ni siquiera hay que advertirlo. Los días se mueven, se mueven, sobre el mismo trabajo, sobre la misma casa, la misma mujer y unos hijos siempre diferentes. Se deja de mirar lo que a uno más le importa y sólo se piensa, siempre a solas. Es hermosa la fantasía. Todo.
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