Mercedes y Luis tienen una fuerza que le fascina. Regresa en traje de baño, la minima expresión posible de un bikini de mezclilla que la desnuda más en vez de cubrirle, y con una gran toalla a rayas rojas y blancas, que deja sobre la mesa. Antes de seguir su camino hacia la piscina, se detiene frente a los tres hombres y, alta y esbelda, bebe de su vaso levantando mucho el brazo de manera que el codo queda a la altura de la boca y puede verse el hueco de su axila, más allá del cual se insinua el dibujo del principio del pecho interrumpido por el breve sostén del bikini. Deja el vaso sobre la mesa y sonríe encantada y encantadora dejando caer los brazos a lo largo de su cuerpo y haciendo que las yemas de sus dedos extendidos rocen sus muslos en una vaga caricia complacida.
---Los dejo ---dice.
Gira sobre sí misma y se aleja sumbo a la piscina. Su espalda es interminable. Sus piernas se siguen una a la otra con un ritmo que escapa a cualquier definición. En su pelo brillan todos los reflejos. De algún modo, modo justificado por la incesante necesidad de explicarla que ella misma provoca, se exhibe para probar que es irreductible. Sin la exaltada perturbación de la sorpresa que lo sacudió la primera vez que la vio, Esteban vuelve a comprobar que María Inés es Mariana. Tiene el mismo ombligo extendido y plano sobre un vientre liso como un espejo, los mismos pechos separados apenas cubiertos ahora por el bikini que acentúa el espacio entre ellos, los mismo hombros amplios con el firme trazo de las clavículas, la columna que se insinúa ligeramente curvada bajo la piel de la espalda. Fray Alberto no ha dejado de hablar, pero su atención se ha ido en seguimiento de María Inés.
---¡El eterno femenino...! ---dice parodiando el libro que comentaba como si disimuladamente quisiera subrayar el parecido de María Inés con su protagonista.
Nadie puede comprenderlo, pero también sus palabras carecen de significado, han surgido como quien dice a pesar suyo. El dueño de la casa comprueba complacido la admiración que despierta su mujer. Fray Alberto sigue hablando de ese libro que nadie conoce, sólo que ahora su disquisición es teológica. Esteban no trata de atender. Desde su lugar, puede ver a María Inés nadando con los niños, puede verla saliendo de la piscina y volviendo a entrar a ella. Al tirarse de un clavado su figura se queda inmóvil un instante en el aire. Cuando regresa a la mesa, está mojada. Fray Alberto se levanta con la toalla en la mano. No se la tiende sin embargo; va hacia ella y rodeándole la cintura con el brazo la acerca a su cuerpo vestido con el hábito. María Inés se deja hacer. Forma un contradictorio conjunto: el
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