monje de hábito blanco y negro y la mujer mojada y en bikini apoyada sin ninguna resistencia en ese cuerpo. Esteban quisiera retratarlos. La mano de fray Alberto se extiende con la misma avidez que la mirada de José Ignacio por el vientre de María inés. Entonces ella baja la vista y mira esa mano. Hay una terrible complacencia en su irresistible disponibilidad. Se mira a sí misma y ni siquiera su cuerpo es suyo. La mano de fray Alberto se hace tímida mientras se mueve muy lentamente por la piel mojada. No llega a ningún lado. De pronto se desploma y fray Alberto, apartándose, cubre a María Inés echándole la toalla sobre los hombros. María Inés acepta sin sorpresa la renuncia, pero no se sienta con ellos en la mesa, sino que, después de secarse ligeramente, regresa a la alberca con los niños.
Los hombres siguen bebiendo. Fray Alberto, sin embargo, se ha quedado callado. Es Esteban el que habla ahora con José Ignacio, que de pronto parece interesado en su oficio. Después, el dueño de la casa los invita a comer, pero fray Alberto responde que tiene que regresar al convento y Esteban sabe que debe llevarlo hasta su coche, aunque tal vez quisiera quedarse a esa comida.
Se acercan a despedirse de María Inés. Ella está acostada boca abajo en la orilla de la pisicina tomando el sol con la cabeza apoyada en los brazos doblados y extendidos hacia adelante, los niños corren y nadan por todos lados. María Inés se incorpora al oír la voz de José Ignacio.
---¿Se van?
Su actidud revela un alegre reto; la de fray Alberto una cierta tristeza. María Inés llama:
---¡Mercedes, Luis, vengan a despedirse!
Los niños salen del agua. Fray Alberto aparta la mano como si temiera que se la besaran, pero Mercedes y Luis se dirijen a su mejilla. Luiego besan también a Esteban. Los hijos de María Inés. Ella le tiende la mano a su nuevo conocido. Es imposible encontrar ningún signo, cualquier señal, en su mirada.
---Me encantó que viniera. Gracias por todo. Tenemos que vernos algún día que vaya a ver a las tías. Y no deje, por favor, de manarme las fotografías. Todas.
José Ignacio va a acompañarlos hasta la puerta.
No queda más. La mañana se desmorona. Ha habido un tiempo en el que la vida fue como lo que ya no puede ser. Ahora Esteban podrá comparar las fotografías de Mariana y las de María Inés.
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