III. EVODIO MARTÍNEZ
Él no entiende por qué, ahora que todo va bien, oye continuamente, por dentro, un furioso enjambre de ambulancias, que no llegan nunca a ningún lado, y cullas sirenas aúllan en sus oídos. Al regresar a su casa, lo primero que hace es prender el calentador del baño y quitarse el uniforme. Lo examina, para ver si no tiene alguna mancha, cuelga el saco en el respaldo de la silla colocada al pie de su cama, dobla el pantalón y lo pone sobre el asiento de la misma silla, y sólo entonces, recoge la gorra que dejara encima de la cama y la coloca sobre el pantalón. Está listo para el día siguiente. Mira un instante el uniforme. Se quita la camisa, la tira al piso hecha bola y en calzoncillos y calcetines, se acuesta boca arriba en la cama, con las manos bajo la cabeza. El agua tardará todavía media hora en estar caliente. Antes hubiera aprovechado el tiempo dándole una repasada al manual; las sirenas lo abstraen demasiado ahora. Si al menos las ambulancias llegaran a algún lado, se detuvieran al fin; pero no hay término, el viaje se reinicia siempre y las ambulancias ni siquiera existen. Son sombras que se disuelven y lo dejan solo con el ruido.
Evodio Martínez se queda absorto mirando el techo liso. Vuelve la cabeza hacia la ventana. Tampoco hay nada afuera. Siente la tentación de salir a la sala o entrar a la cocina, donde debe estar su madre; pero la vence y se queda escuchando sus sirenas. Él sabe estar solo; ha hecho su vida solo.
Hubo una época en que era imposible estar en la casa. Cinco hermanos y sus padres en dos habitaciones, sin baño. Se tropezaba con todo el mundo. Pero se han ido yendo, menos Adela, que ahora duerme en la sala, y fue él quien cambió las cosas. No se sabía que ésa no era la vida, porque no hay puntos de referencia. Le toca a uno en el corral que lo pusieron; pero luego debe intervenir la voluntad. Sin embargo, había un calor, aunque tal vez eso sólo es en el recuerdo y Evodio Martínez no quiere esos recuerdos. Sería confundir el calor con la peste. Siempre hubo un olor agrio a pulque, a cal, a humedad, a sudor que él suponía era el olor de todas las casas. Se sentía apenas se regresaba de la calle y era un reconocimiento. Ya estoy en casa. Él no hubiera sabido pensar así, a esa edad no se piensa en nada, se es como un animalito. Lo que buscaba era no ponerse en el
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