Se dejó caer, se deslizó hacia el piso en seguida.
Nadie hubiera podido permanecer mucho tiempo así, tan expuesta. Anselmo se
acostó a su lado. No. Luego. Eso después. Primero se sentó junto a ella, que
estaba acostada. Como un cuadro de Picasso. ¡Cómo deseaba yo a Mariana! En ese
momento y ahora. En el piso, con la cabeza apoyada en un brazo, los ojos
cerrados. Tan larga. Sus pechos desnudos, chicos, separados. Sólo los pezones
parecían estar vivos, esperaban, duros y salientes. Mariana sonreía apenas.
Estoy seguro. Dejar la cámara, apagar las lámparas. Verlos fue perturbador.
Tuve que sentarme. No saber si se habían olvidado de mí. Anselmo y yo siempre
equidistantes. Si se aleja, lo extraño; cuando está muy cerca, no lo soporto.
¿Es una admiración o una identificación? Nunca sabíamos quién imitaba a quién.
Inventando maldades, días enteros, tardes interminables. Y luego no era
necesario realizarlas. Anselmo como un maniático volviendo siempre a lo mismo.
Hablar es una forma de no hacer. O al contrario: lo que se habla ya se hizo.
Por eso no podíamos ni estudiar. Era mejor tener los libros que leerlos. No.
Viéndolos sabíamos que algún día los leeríamos. El misterio detrás. Uno lo
espera todo de esas palabras. Van a decirlo al fin, a revelarlo. No hay nada
que decir. O todo es nada. Pero la ilusión. El libro que ya ha sido leído
pierde todo su encanto. Eso también es de Musil. Siempre. Nunca pude leer a
Anselmo. Hubiera sido como leerme yo mismo, tal vez. ¿Y si nos reflejamos uno
en el otro pero no hay nada que leer, no hay nada en el centro? Yo lo seguía a
él. Siempre tuvo más iniciativa. Pero luego él me copiaba, copiaba una manera
de ser, como si él no tuviera ninguna. Puede ser angustioso. Quizás eso es irse
a Japón. No lo puedo imaginar. ¿Y Mariana?
Anselmo acariciándole la espalda. Mirándolo allí,
sentado, pensé que nunca iba a llegar a tocarla. Y Mariana lo estaba esperando,
esperaba a alguien, unas manos, la cámara. Era perfecto estar aparte, mirando.
Las manos de Anselmo recorriendo la espalda y Mariana recibiéndolo. ¡Cómo
esperé que llegara a los pechos! Eran un centro. Pero antes Mariana se dio
vuelta para quedar boca arriba y entreabrió los labios. Mientras él la besaba
no lo abrazó, extendió el brazo sobre el piso, perpendicular a su cuerpo, con
la mano abierta. Sólo quería dejarse, que hicieran con ella lo que quisieran.
Tuve miedo de no tener lugar. Anselmo acostándose por completo no sobre ella
sino al lado de ella y la mano de Mariana yendo hasta su cuello y
acariciándoselo. ¿Cómo acercarse? Hay una distancia invencible que separa de
una pareja que se olvida de todo. Y uno también desaparece en lo que mira. Tú
eras Anselmo y no eras nadie. Lo único real era el cuerpo de Mariana.
Levantarse, moverse por el
No comments:
Post a Comment