Wednesday, June 20, 2012

20 de junio de 2012

la que asoma un inesperado campanario. No se puede ni siquiera imaginar una vida fácil en el mismo estricto horario que transcurre entre rezos, cantos y tareas inútiles mientras bajo un hábito que ha perdido tdo su prestigio, apresado en fajas y olores cada vez más rancios, fuera del tiempo, el cuerpo deja de obedecer sus propias reglas, las mejillas se hunden, marchítase la piel, el aire huele a cirio y el bozo aparece sobre los labios. La fila de automóviles habla, no obstante, de un día excepcional. Su sentido llega de afuera, pero sólo se le puede dar adentro. Ante el volante del automóvil negro en que ha traído a los padres y los protagonistas del suceso, Evodio Martínez ve a Esteban luchando popr ocultar que ayuda a bajar a su tía Eugenia y sin recoger de su lado la gorra que completa su uniforme gris se precipita a auxiliarlo. El patrón respeta más que a nadie quizás a esa señora alta y gorda que tan raras veces se deja ver por la casa y, mientras espera frente al volante, aparte de todos los acontecimientos pero sin dejar de tener conocimiento de ellos, Evodio no puede dejar de pensar, a veces con curiosidad, a veces con rencor, en esa vida de la que es testigo sin participar de ella, que se mezcla con la suya y le estorba, alejándolo de sus propios proyectos. La tía Eugenia lo reconoce en seguida y lo saluda.
---Ayude, Eviodio, por favor, ayude a esta vieja gorda.
Y finalmente, ella está de pie junto al pequeño coche, enorme y segura, apoyada en su bastón.
---Gracias, Evodio. No sé qué hubiéramos hecho sin usted. Mire, éste es mi sobrino Esteban.
Evodio sonríe turbado. Nunca sabe si dar la mano cuando lo presentan.
Desde adentro del coche, Delia interviene:
---Ahora tienen que hacer lo mismo conmigo.
Evodio no es menos servicial con ella. Esteban disimula el embarazo que le provocaba la necesidad de jalar y empujar a sus tías convirtiéndolas en objetos inanimados cuando él no quiere verlas nunca más que dueñas pro completo de un sitio al que le gusta entrar con la seguridad de que está aparte y se mantiene inconmovible, coupándose de las cámaras, pero ni Eugenia ni Delia están pendientes ya de otra cosa que de su urgencia por entrar a la capilla. A su lado, Evodio no existe. Ha sido alguien a quien se recurre porque era útil. Con las cámaras al hombro y las lámparas de mano, Esteban lo ve, incapaz de alejarse, sin saber dónde quedarse. Evodio quisiera tener la cgorra en la mano. En ese momento, su falta equivale a que alguien le hubiera quitado el piso bajo los pies. Sabe que es ridículo y se indigna consigo mismo por eso; pero saberlo aumenta su desamparo.

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