Friday, June 8, 2012

8 de junio de 2012


luta dulzura. La piel dibujaba la columna vertebral como si no pudiera contenerla y al mismo tiempo esa columna no existiera más que como el dibujo en una tela que no es la tela, en una piel que no es piel, que es Mariana, una superficie sin fin, curvada conforme las líneas de la espalda se abren desde la cintura para rematar en la amplitud de los hombros, dejando todavía que el calzón recogiera el surgimiento de las nalgas, de las que se desprenden esas piernas tan largas, que parecen guiarla siempre hacia una juventud imborrable. “Vuélvete, vuélvete, por favor.” Anselmo suplicaba. Ya deberíamos estar muy borrachos, pero el momento fue una detención en la perfecta cima de un absoluto en el que uno quiere mantenerse siempre y desde el que no quiere más que caer. Mariana estaba pegada por completo a la pared. No. Entre su cuerpo y la pared había un abismo, la pared era la neutralidad. Estaba allí, muda y ajena. El cuerpo de Mariana es la vida: su expresión presente. No se debe describir, no se puede tener. Es un puro gozo. A ella la guía, la posee, la conduce a perderse, a encontrarse. Cuando ella lo mira parece estarlo reconociendo, asombrada. Se pone las manos en los muslos, las mueve tocándose apenas y las manos la llevan a la mirada. Sus ojos amarillos o cafés, amarillos y cafés, brillan de felicidad y la sonrisa no es más que el asombro ante la maravilla de ser ella misma. Nunca encontrar sí y siempre estar en sí. Eso fue después, bailando. Antes se volvió, en efecto, tan despacio, como rendida de pronto. No obedecía a la orden, a la súplica de Anselmo. Era algo más. Ya no quería estar de frente ante la pared. Volverse era aceptar su entrega al mundo. Yo, con la cámara, retratando eso. Se puso de perfil, con la cabeza ligeramente inclinada, la barbilla quedando arriba de su clavícula prodigiosa, los ojos cerrados. Bajo las cejas, sus párpados cegaban para siempre el brillo amarillo de sus ojos. Era ya sólo un silencio. Todo su cuerpo estaba callado. La distancia entre las clavículas, la suave curva apenas perceptible que remata los hombres antes de que desciendan  a la independencia de los brazos, los tendones que rompen la alta limpieza del cuello y los pechos tan separados, con eso pezones perfectos y salientes que veía por primera vez, distancia que se repite más interminable aún hacia abajo para mostrar la dulce superficie del vientre con ese ombligo para el que parece abrir un nicho para que señale un centro que no lo es y cuyo verdadero punto yo no podía conocer todavía porque el breve calzó, tan ajeno a ella, me ocultaba su negro resplandor. Tenía los labios cerrados pero una sonrisa vagaba por ellos, una sonrisa sin lugar, que la cubría por entero: la ropa de su desnudez.

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