luta dulzura. La piel dibujaba la columna vertebral
como si no pudiera contenerla y al mismo tiempo esa columna no existiera más
que como el dibujo en una tela que no es la tela, en una piel que no es piel,
que es Mariana, una superficie sin fin, curvada conforme las líneas de la
espalda se abren desde la cintura para rematar en la amplitud de los hombros,
dejando todavía que el calzón recogiera el surgimiento de las nalgas, de las
que se desprenden esas piernas tan largas, que parecen guiarla siempre hacia una
juventud imborrable. “Vuélvete, vuélvete, por favor.” Anselmo suplicaba. Ya
deberíamos estar muy borrachos, pero el momento fue una detención en la
perfecta cima de un absoluto en el que uno quiere mantenerse siempre y desde el
que no quiere más que caer. Mariana estaba pegada por completo a la pared. No.
Entre su cuerpo y la pared había un abismo, la pared era la neutralidad. Estaba
allí, muda y ajena. El cuerpo de Mariana es la vida: su expresión presente. No
se debe describir, no se puede tener. Es un puro gozo. A ella la guía, la
posee, la conduce a perderse, a encontrarse. Cuando ella lo mira parece estarlo
reconociendo, asombrada. Se pone las manos en los muslos, las mueve tocándose
apenas y las manos la llevan a la mirada. Sus ojos amarillos o cafés, amarillos
y cafés, brillan de felicidad y la sonrisa no es más que el asombro ante la
maravilla de ser ella misma. Nunca encontrar sí y siempre estar en sí. Eso fue
después, bailando. Antes se volvió, en efecto, tan despacio, como rendida de
pronto. No obedecía a la orden, a la súplica de Anselmo. Era algo más. Ya no
quería estar de frente ante la pared. Volverse era aceptar su entrega al mundo.
Yo, con la cámara, retratando eso. Se puso de perfil, con la cabeza ligeramente
inclinada, la barbilla quedando arriba de su clavícula prodigiosa, los ojos
cerrados. Bajo las cejas, sus párpados cegaban para siempre el brillo amarillo
de sus ojos. Era ya sólo un silencio. Todo su cuerpo estaba callado. La
distancia entre las clavículas, la suave curva apenas perceptible que remata
los hombres antes de que desciendan a la
independencia de los brazos, los tendones que rompen la alta limpieza del
cuello y los pechos tan separados, con eso pezones perfectos y salientes que
veía por primera vez, distancia que se repite más interminable aún hacia abajo
para mostrar la dulce superficie del vientre con ese ombligo para el que parece
abrir un nicho para que señale un centro que no lo es y cuyo verdadero punto yo
no podía conocer todavía porque el breve calzó, tan ajeno a ella, me ocultaba
su negro resplandor. Tenía los labios cerrados pero una sonrisa vagaba por
ellos, una sonrisa sin lugar, que la cubría por entero: la ropa de su desnudez.
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