es otra cosa. La tarde y los pasillos
solitarios. Las clases sin gente. “¿En qué piensa con esa cara tan triste,
Esteban?” Y uno siempre estaba esperando algo, pero no pensaba en nada. El
mundo alrededor es el misterio. Un deslumbramiento. Un recogimiento. No hay que
dejar que nada te empuje hacia afuera. Pero eso es imposible. De niño… Ésas son
conclusiones posteriores. No hay más que fuera. Una apariencia.
Mariana se burla de sus gestos, hace
su propia caricatura. Pero esos gestos son ella. No sé si lo sabe. No sé quién
es ella. De pronto lo teatral cede el paso a un ensimismamiento. Con la cabeza
inclinada hacia un lado, mirando hacia el piso, las manos unidas en la espalda,
su perfil exacto, esbelta y grave. Pero la imagen siempre se entrega, abierta o
cerrada. Es capaz luego, inmediatamente, sin ninguna transición, de levantar un
brazo estirándolo por completo, apoyar la mano en la pared extendiendo los
dedos, tender el otro brazo perpendicularmente a su hombro y ocultar la boca y
la barbilla detrás, con la cabeza baja, los ojos cerrados; pero ya no es el
ensimismamiento sino una actitud. Sin embargo, tal vez la actitud, al
ocultarlo, no hace más que mostrar el ensimismamiento. Nunca he visto a nadie
tan ajena a la cámara. Estaba borracha, claro. Pero es algo más. El placer de
darse en espectáculo, como si quisiera anularse a sí misma, ofenderse a sí
misma y celebrarse así. Se acostó en el piso, se puso de perfil apoyando la
cabeza, extendió el otro brazo a lo largo de su tronco y levantó la rodilla. Y
se había quitado las botas. La falda resbaló por su mulso descubriéndolo por
entero. No era nadie y era todo entonces. Un cuerpo entregado desde su absoluto
desamparo a la revelación. El entusiasmo de Anselmo era conmovedor. “Sólo tú
puedes hacer eso.” Y la sonrisa de Mariana al incorporarse.
Fue una señal. Instalarse en el puro
vacío. Todo se alejó. No había nada alrededor, sólo nosotros tres. Tal vez por eso resultó tan bello y
perturbador que Mariana, desnuda ya, abriera de pronto el balcón y se quedase
allí, afuera, expuesta y a la vista del que pasara, suponiendo que pudiera
pasar alguien a esa hora. Pero la posibilidad existía y ella lo sabía y la
buscaba. Su figura en el balcón, desnuda, con los brazos levantados, borracha y
loca o loca y borracha, para que nosotros la viéramos, pero no de nosotros sino
de todos, igual que era de todos ante la lente de la cámara. Pero eso pasó
después. Ya había música y estaba bailando conmigo. Se desprendió de mí para ir
afuera, al balcón. El balcón. Como un cuadro de Manet. Berthe Morisot. Pero
nada más Mariana en él, desnuda,
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