Wednesday, June 6, 2012

6 de junio de 2012


es otra cosa. La tarde y los pasillos solitarios. Las clases sin gente. “¿En qué piensa con esa cara tan triste, Esteban?” Y uno siempre estaba esperando algo, pero no pensaba en nada. El mundo alrededor es el misterio. Un deslumbramiento. Un recogimiento. No hay que dejar que nada te empuje hacia afuera. Pero eso es imposible. De niño… Ésas son conclusiones posteriores. No hay más que fuera. Una apariencia.
Mariana se burla de sus gestos, hace su propia caricatura. Pero esos gestos son ella. No sé si lo sabe. No sé quién es ella. De pronto lo teatral cede el paso a un ensimismamiento. Con la cabeza inclinada hacia un lado, mirando hacia el piso, las manos unidas en la espalda, su perfil exacto, esbelta y grave. Pero la imagen siempre se entrega, abierta o cerrada. Es capaz luego, inmediatamente, sin ninguna transición, de levantar un brazo estirándolo por completo, apoyar la mano en la pared extendiendo los dedos, tender el otro brazo perpendicularmente a su hombro y ocultar la boca y la barbilla detrás, con la cabeza baja, los ojos cerrados; pero ya no es el ensimismamiento sino una actitud. Sin embargo, tal vez la actitud, al ocultarlo, no hace más que mostrar el ensimismamiento. Nunca he visto a nadie tan ajena a la cámara. Estaba borracha, claro. Pero es algo más. El placer de darse en espectáculo, como si quisiera anularse a sí misma, ofenderse a sí misma y celebrarse así. Se acostó en el piso, se puso de perfil apoyando la cabeza, extendió el otro brazo a lo largo de su tronco y levantó la rodilla. Y se había quitado las botas. La falda resbaló por su mulso descubriéndolo por entero. No era nadie y era todo entonces. Un cuerpo entregado desde su absoluto desamparo a la revelación. El entusiasmo de Anselmo era conmovedor. “Sólo tú puedes hacer eso.” Y la sonrisa de Mariana al incorporarse.
Fue una señal. Instalarse en el puro vacío. Todo se alejó. No había nada alrededor, sólo nosotros  tres. Tal vez por eso resultó tan bello y perturbador que Mariana, desnuda ya, abriera de pronto el balcón y se quedase allí, afuera, expuesta y a la vista del que pasara, suponiendo que pudiera pasar alguien a esa hora. Pero la posibilidad existía y ella lo sabía y la buscaba. Su figura en el balcón, desnuda, con los brazos levantados, borracha y loca o loca y borracha, para que nosotros la viéramos, pero no de nosotros sino de todos, igual que era de todos ante la lente de la cámara. Pero eso pasó después. Ya había música y estaba bailando conmigo. Se desprendió de mí para ir afuera, al balcón. El balcón. Como un cuadro de Manet. Berthe Morisot. Pero nada más Mariana en él, desnuda,

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