Monday, June 11, 2012

11 de junio de 2012


conmigo, perdiéndose de nuevo en este cuarto y reapareciendo con un saco mí en lugar del suéter. El comentario inevitable de Anselmo. “Genial.” Ella necesita esa aprobación y la busca. Ésa es la unión más profunda entre ellos. Se gusta a sí misma tal como la ve Anselmo ¿Qué sería sin ese comentario perpetuo de sus propios gestos? Antes tendría que saber yo mismo quién es ella.
Tenía que ser muchas, ninguna. No sé cuántas veces se cambió. El saco, otro suéter mío, una mascada sobre los pechos y luego la corbata de Anselmo cubriéndole nada másl os pezones. Fue él quien se la puso. “Ven, quítate eso, es demasiado.” Mariana de pie frente a él. Inclinó la cabeza y bajó la mirada para ver cómo le desataba la mascada. Otra vez en calzones solamente. Un instante. Anselmo se puso de pie también para ponerle muy ceremoniosamente su corbata alrededor de los pechos. Yo ya no sabía lo que era mi sala. Había estado trabajando y leyendo luego. Nunca habrá otra imagen ya que la de Mariana. Muda telegrafía a la que nadie responde. El juego y el deseo mezclados; pero era más fuerte el deseo. La seriedad del juego. Sentir el cuerpo de Mariana casi desnudo en el mío cuando me desvestí yo también. No se podía creer. Ella deseándome, sin duda. Y Anselmo viendo ahora. La música estaba presente, pero era un pretexto. El momento en que sentí no sólo el pecho sino también los pezones de Mariana en mi pecho. La corbata se le había resbalado hasta la cintura cuando nos separamos. “Estoy desnuda.” Y Anselmo: “Quédate así, quédate así.” Se levantó y simplemente le desanudó la corbata. Mariana echándome los brazos al cuello para volver a bailar.
Quisiera saber cómo nos veíamos en la sala. Mariana con sus calzones negros, acercándose, alejándose, visible, haciendo girar nuestra mirada, prisionera de su propia necesidad, ¿de que la admiráramos? Tal vez de que la usáramos, ¿para hacerla llegar a qué centro de sí? Se acerca y huye y la huida es irresistible para ella porque necesita que la sigan y entonces se entrega a su deseo, a sentir ella. No sé. Anselmo y yo en calzoncillos, la ropa tirada en el piso y la música, saliendo a la calle, perdiéndose en la altura, quién sabe donde. Adentro otro espacio. Anselmo tomó a Mariana de los tobillos, yo justo debajo de los pechos y empezamos a columpiarla. Una idiotez, visto desde afuera. Pero yo no quería más que llegar a sus pechos y Anselmo lo sabía. Su mirada estaba fija en mis manos sobre el cuerpo de Mariana. Y ella ya me deseaba a mí o no sabía nada. Querer perderse. El desamparo de que desapareciera Anselmo. Y el placer. Sola en su cuerpo que es de todos. Por eso salió al

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