conmigo, perdiéndose de nuevo en este cuarto y
reapareciendo con un saco mí en lugar del suéter. El comentario inevitable de
Anselmo. “Genial.” Ella necesita esa aprobación y la busca. Ésa es la unión más
profunda entre ellos. Se gusta a sí misma tal como la ve Anselmo ¿Qué sería sin
ese comentario perpetuo de sus propios gestos? Antes tendría que saber yo mismo
quién es ella.
Tenía que ser muchas, ninguna. No sé cuántas veces
se cambió. El saco, otro suéter mío, una mascada sobre los pechos y luego la
corbata de Anselmo cubriéndole nada másl os pezones. Fue él quien se la puso.
“Ven, quítate eso, es demasiado.” Mariana de pie frente a él. Inclinó la cabeza
y bajó la mirada para ver cómo le desataba la mascada. Otra vez en calzones
solamente. Un instante. Anselmo se puso de pie también para ponerle muy
ceremoniosamente su corbata alrededor de los pechos. Yo ya no sabía lo que era
mi sala. Había estado trabajando y leyendo luego. Nunca habrá otra imagen ya
que la de Mariana. Muda telegrafía a la
que nadie responde. El juego y el deseo mezclados; pero era más fuerte el
deseo. La seriedad del juego. Sentir el cuerpo de Mariana casi desnudo en el
mío cuando me desvestí yo también. No se podía creer. Ella deseándome, sin
duda. Y Anselmo viendo ahora. La música estaba presente, pero era un pretexto.
El momento en que sentí no sólo el pecho sino también los pezones de Mariana en
mi pecho. La corbata se le había resbalado hasta la cintura cuando nos
separamos. “Estoy desnuda.” Y Anselmo: “Quédate así, quédate así.” Se levantó y
simplemente le desanudó la corbata. Mariana echándome los brazos al cuello para
volver a bailar.
Quisiera saber cómo nos veíamos en la sala. Mariana
con sus calzones negros, acercándose, alejándose, visible, haciendo girar
nuestra mirada, prisionera de su propia necesidad, ¿de que la admiráramos? Tal
vez de que la usáramos, ¿para hacerla llegar a qué centro de sí? Se acerca y
huye y la huida es irresistible para ella porque necesita que la sigan y
entonces se entrega a su deseo, a sentir ella. No sé. Anselmo y yo en
calzoncillos, la ropa tirada en el piso y la música, saliendo a la calle,
perdiéndose en la altura, quién sabe donde. Adentro otro espacio. Anselmo tomó
a Mariana de los tobillos, yo justo debajo de los pechos y empezamos a
columpiarla. Una idiotez, visto desde afuera. Pero yo no quería más que llegar
a sus pechos y Anselmo lo sabía. Su mirada estaba fija en mis manos sobre el
cuerpo de Mariana. Y ella ya me deseaba a mí o no sabía nada. Querer perderse.
El desamparo de que desapareciera Anselmo. Y el placer. Sola en su cuerpo que
es de todos. Por eso salió al
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