termina allí. Mariana pide, busca desaparecer. Y no puede estar más presente. La degradación era una elevación. ¿Hacia dónde? Fuera del mundo. ¡No! Su cuerpo era el ámbito de lo sagrado. Un círculo perfecto. Abriéndolo se cerraba. Y ella, ¡dónde estaba, dónde estaba, allí, cogida, entre Anselmo y yo? Sólo el olvido, entre gritos, suspiros, quejidos. Y luego presente en su ausencia. Nunca sabré cuándo se levantó, cómo dejó la cama, quién salió primero de su cuerpo. Nos abandonó, a los dos, la que no era nadie nos abandonó y era todo. Pero está el cansancio. Nada más por el cnasancio es soportable. Uno quisiera dormirse, dar la espalda. Es bueno renunciar: el recurso que no tenía Mariana. Prisionera que no quiere ser otra cosa que prisionera y no se tiene cómo guardarla. En cambio nos dejó solos en la cama. no estaba su recuerdo, no había nada. Su ausencia presente como ausencia, sin que la reconociera ni siquiera en tanto ausencia.
Piensa qué era el reaparecer. Su figura desnuda en el marco de la puerta. Siempre alta, esbelda, unas piernas, unas caderas, el triángulo negro del sexo. Otra vez un puro poder de seducción poseíble po completo y algomás, imposible de poseer: la belleza sin límites, buscando que la destruyan, que alguien tome lo que no se puede tener. ¿El sueño y la muerte nada tienen ya que decirse o todo es diálogo entre el sueño y la muerte? Está la ternura, nacida de las ruinas de uno mismo, más allá de uno mismo, sin duezño y tan impersonal como el deseo. En su belleza, Mariana era el deseo porque Mariana no es, no quiere ser. Yo la tuve, sin embargo y entré a algo que debe ser ella. Por eso se fue con Anselmo. Tal vez. Acostada de nuevo aquí tuvo que oírlo decirme qu eme la cogiera y esperó. Con los ojos cerrados. De nuevo su absoluta disponibilidad. Pero al acariciarme el sexo no era más que dulzura. Sus dedos. Rodeaban algo que los conmovía. La erección entonces es un signo. El poder de ella, mi sumisión. Entrar fue encontrar a otra, de nuevo, siempre, otra. Mi cara junto a la suya. Sus manos recorriendo mi espalda. Besarla en el cuello, en las mejillas. Entre sus pómulos y su quijada todo es sopresa. Sentir su boca en mi cara respirando sin prisa. Y besarla. Besarnos en la boca ella y yo con los cuerpos enlazados, dueños de su propio ritmo. ¡Qué dulce puede ser Mariana! Hasta el grito, sin fin, una misma dulzura. Sus manos hablan de ella, no por ella. Unidas en mi espalda a la altura de la cintura me apretaban para que llegara más adentro en ella. Luego recorren la espalda, sin rumbo como sus quejidos y lamentos. Pero fue su respiración la que me dijo cuándo debía entrar. Anselmo estaba al lado y debe haberlo visto. Ella cada vez más la espera. Y después de todo, nada. Una elevación. ¿Hasta
No comments:
Post a Comment