siquiera que tenía derecho a
dártelo. “Me gusta mucho cuando retratas patios con casas al fondo, más que los
paisajes.” Y Anselmo sin dejar de besarte, con la cara perdida en tu cuello:
“Lo mejor son los retratos.” Poder mirarla mientras la besaban. Una especie de resignación,
de dejadez. El precio por ser ella. Siguió hablando y no se interrumpía más que
cuando Anselmo la besaba en la boca. En cambio él ya no sólo estaba atento a
las mejillas y a los pómulos y a los párpados. Nunca he visto besar tanto una
cara y con tanto amor, aunque Anselmo no lo supiera. Y Mariana era otra persona
también bajo esos besos, como si la condujeran a ella misma sin que ella
interviniera, como si supiera que nada era más importante que mantenerse aparte
y dejar que la revelaran. Pero no sabía nada. Creo que no se aprecia a sí
misma. Espera todo de los demás. Por eso su presencia tiene la absoluta belleza
del desamparo. Pero también confía. No se puede ser besada así sin saberlo. Es
el amor el que hace bellas las cosas, dice Musil.
Anselmo me había olvidado cuando
empezó a acariciarla por debajo del suéter. Quién sabe. Tanto Mariana como yo
nos callamos en ese momento. La curiosidad, la lentitud y el cuidado con que
empezó a levantárselo. La piel de Mariana bajo la lana negra. Más que un tono,
más que una textura: su piel. Ella cambió de posición las piernas, como absorta
en sí misma, como olvidada de sí. Yo no quería que nada se moviera, que no se
oyera ningún ruido y en cambio ese único movimiento de ella era todo. Anselmo
le acarició los pechos por debajo del suéter. “no me metas mano delante de tu
amigo.” S puso de pie y me miró. “Me parece que estoy un poco borracha.”
Anselmo en el sillón, mirándola. “Estás divina. Quédate así de pie. No te
muevas.” Y a mí: “Deberías tomarle una fotografía.” No supo lo que decía. Ahora
yo las tengo. Si me levantara… ¿Qué importa? El momento es mejor yéndose para
siempre, irrecuperable. Una pérdida inminente. Los dos fascinados, cada quien
por su lado, y ella en el centro. Se
quedó quieta en efecto, con sus botas, sus rodillas, su falda, su
suéter, su cuello y el pelo castaño. “¿Así?” En seguida hizo un gesto
rapidísimo: extendió su mano izquierda sin mover el brazo que caía a lo largo
de su cuerpo y levantó el brazo derecho sobre su cabeza, apartando mucho los
dedos mientras una de sus piernas se flexionaba apenas.
Una actitud que sólo encuentra su
belleza en la ironía. Si me levantara y revelara las fotografías… Tampoco sé a
quién le hablo cuando me hablo. La voluntad de ensueño me integra desintegrándome.
Se está en la cama y no se quiere salir. ¿Para ir adónde? El recuerdo es más
real. Si ahora te recuperas yendo a la Universidad
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