Sunday, June 24, 2012

24 de junio de 2012

de sentido, desbordando su propia plenitud como un hermoso desperdicio. Ya no un mero movimiento sino la quietd insostenible d eun instante y luego el movimiento reiniciándose desde un punto más alto, alrededor de un centro. Entonces la ciudad entera desaparecería o alcontrario: sería visible para siempre. Pero ahora es allí donde ella está presente. Esteban la ve. El jardín quedándose solo al salir las niñas de la escuela después del agudo sonido del timbre. Mariana está tan ensimismada en la lectura de su misal como cuando inclinaba la cabeza, apoyaba la frente en la pared y echaba los brazos hacia atrás uniéndolos en la espalda. ¿Pero quién es, qué hace allí? Esteban la ve. Es la misma frente estrecha, el pelo castaño, la nariz recta. Los labios se unen del mismo modo. Desde la seriedad de su atuendo su belleza es la más excitante. Es la misma. Ahora debe traer algo debajo.
Mariana no lo ha mirado, pero Esteban levanta la cámara para retratarla. A través de la lente ve su rostro ancho, con los altos pómulos, las mejillas ligeramente hundidas, el toque felino de los ojos amarillos, cafés, que de pronto se levantan un instante, entre el marco de pelo castaño, ni corto ni largo, sobre el severo corte del traje sastre negro con el collar de perlas. Esteban inclina la cámara y ve, a través de la lente, sus expresivas manos sosteniendo el misal. Levanta de nuevo la cámara. Espera algo. La ligera rruga vertical aparece en la frente de Mariana a aprtir del espacio entre el firme arco de las cejas. Esteban sonríe. Es una inquietud, una impaciencia, una rara tranquilidad.
La música ha callado.
---Santo, santo... ---dice la melopédica voz de la monja sobre un insistente repicar de campanillas.
El oficiante está frente al altar realizando su tarea, de espaldas a los feligreses. Esteban se halla a un lado, casi ante aquellos para quienes se celebra la misa. En la primera hilera de bancas, sin haberse movido, la tía Eugenia y la tía Delia siguen la ceremonia, sentadas en el breve espacio que Eugenia logró desalojar para ellas. También hay que tomar fotografías de los niños, dela iglesia, de los demás invitados quizá y de las personas que ocupan junto a Mariana los otros reclinatorios. Pero todo el ámbito de la capilla está como levantado en el aire, más allá del mundo. Desde él habría que descender hacia la realidad, si hubiera realidad.
La monja, encorvada, con su enorme toca flotante, figura anacrónica que depronto tiene un sitio, se acerca a los niños, les pone las manos en la espalda y les dice algo. Ellos no se vuelven. Están atentos sólo al altar. El asombro y la devoción son un rapto que

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