cuarto. Imposible. Suspendido en un tiempo sin
tiempo. Tampoco sé quién es Mariana. Si estuviera aquí, a mi lado, y pudiese
volverme ahora mismo y tocarla, no sabría quién es. Pero llegaría hasta ella.
Con el tiempo, en el tiempo. Estoy seguro. Verla todos los días. Qué extraña
cosa su inocencia. Si tuvieras que decir cómo es, dirías “un ángel”. La pureza.
Hay una parte de ella que se queda aparte y no se puede tocar. Se muestra en la
belleza de su cara transformada por el deseo. Algo fuera de este mundo existe
en esa cara, ajeno hasta ella. La boca entreabierta y la nariz más perfilada.
No es sólo eso. No se puede describir, ni evocar, por mucho que te esforzaras.
Un resplandor. La intensificación que se llama belleza. Pero entonces uno tiene
que estar fuera, quedarse fuera. El que contempla no participa de lo
contemplado. ¿Y la unión mística? Tú no sabes nada de eso. Nadie sabe nada de
eso. Al contrario. No seas cretino. No tengas miedo. Todos estamos así en el
mundo al principio.
Fui alegre después, sólo alegre, cuando saliste de
ese vacío desde el que mirabas a Mariana apartando la mano del cuello de
Anselmo y extendiendo otra vez el brazo en el piso, perpendicular a su cuerpo,
con la mano abierta, la palma hacia arriba y los dedos apenas doblados. Esa
mano te lo decía todo. Su placer mientras Anselmo recorría su cuerpo con la
boca, cómo lo sentía ir bajando, la tentación de abrazarlo y la voluntad de
contenerse, de dejarlo besarla sin intervenir. Inició el gesto muchas veces.
Empezar a levantar el brazo y dejarlo caer de nuevo y estirar los dedos, como
si algo en ella le estuviera prohibiendo a esa mano llegar hasta Anselmo. La
boca de él en el pecho de ella, rodeando el pezón. Fue como un ahogo. Abrió la
boca y se estremeció, pero luego también abrió los ojos y me vio. Alguien donde
nunca debe haber nadie. Pero ella no huía cuando salió corriendo hacia este
cuarto. Cambiaba de tono. Anselmo lo supo en seguida. “Pon un disco y baila con
ella.” Era ser tres otra vez, sin nadie en el centro, ni siquiera Mariana. Una
pura relación sin centro. La sonrisa maliciosa de Anselmo. Como de niños.
Inventar maldades. Era él quien estaba a la expectativa ahora. Mariana entrando
con el suéter puesto de nuevo, sobre el ruido de la música. Sus piernas y su
sonrisa. No dudó un instante. Se dirigió directamente hacia mí y me tendió el
brazo. ¡Qué bella es! Supe que iba a tenerla pegada a mi cuerpo, me dio tiempo
de pensarlo y saberlo en ese mismo momento, mientras me ponía de pie. Nadie
baila así. Sus dedos en mi nuca, su cara en la mía, sus piernas queriendo ir
más allá de lo posible. Mariana no baila, pide que la tomen. Pero luego se
fascina tanto consigo misma que también se olvida de eso. Ninguno de los tres
sabíamos lo que hacíamos. Marian dejando de bailar
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