ción, y las ha contemplado desde la ausencia de ella,
fija en esa incesante revelación que le entregaba a él en las imágenes
múltiples de una sola imagen inalcanzable, imágenes excitantes, pornográficas,
deseables, imágenes de una absoluta lejanía y una radical dulzura, propicias
para el ensueño y la exasperación, visibles con una evidencia hecha toda de
ternura, de deseo y de violencia y disolviéndose en la oscuridad del recuerdo
igual que si regresaran al cuarto oscuro del que habían salido, a pesar de que
Mariana estaba allí, y él miraba las fotografías extendidas en el piso,
colocadas sobre una mesa, apoyadas en el respaldo del sillón, conmovido e
impaciente, tratando de evocar y repetir a través del deseo el rito absurdo al
final del cual la había tenido sin saber lo que tenía, viendo, mirando,
recordando a través de lo que veía, imaginando para que la imaginación
enriqueciera su mirada, ese cuerpo que se iba desnudando, la entrega de las
piernas, los brazos, las manos con los largos dedos extendidos, la falda
levantada que dejaba ver los muslos, el gesto absurdo de un brazo que ocultaba
la parte inferior del rostro, esa detención intolerable, la incontenible
necesidad de volver atrás, de empezar de nuevo, de que todavía no fuera la
desnudez, la entrega, y ver el arco perfecto de las cejas, los párpados
cerrados, la insostenible sensualidad del labio inferior, esperar todavía
recordando la textura de las mejillas entre los pómulos y la quijada y el hueco
entre el cuello y los hombros y de pronto encontrarse mirando ya los pechos,
reconociendo los pezones, volviendo a descubrir el ombligo, los calzones
mínimos y negros dividiendo en dos el cuerpo largo y esbelto, y su indecible
ternura acostada en el piso desde la vergüenza y el abandono, la cara sin edad,
la pierna recogida, el vientre expuesto, imagen que no quiere más que olvidarse
de su poder y su fuerza, y en ese momento dejar las fotografías y salir a la
calle en su busca, o sea, en busca de nadie y darse cuenta de que no hay dónde
ir, de que ella no está en ningún sitio o mejor, está en todos que es ninguno,
está en su rabioso deseo, en la imposibilidad de comunicarse todavía con
Anselmo, y cerrarse sobre el deseo, querer desear hasta sentirla otra vez bajo
él, hasta tenerla agitándose como un gusano mientras él la hería por el culo, y
sólo sufrir más su necesidad, la naturaleza insustituible de ella, e imaginar
otra vez sabiendo que eso es despeñarse en el vacío hasta que lo imaginado y lo
real sea uno y lo mismo; pero ahora Mariana está allí, es ella, no cabe duda,
puede verla y su figura se adelanta hasta su mirada, entra a ella, es su
mirada. La imagen de su amor y su deseo palpable. Esteban la ve. Toda la fila
de reclinatorios se borra y reaparece. Es como si hubiera salido a la calle y sin esperarla la encontrara. La realidad
llenándose.
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