Saturday, June 23, 2012

23 de junio de 2012


ción, y las ha contemplado desde la ausencia de ella, fija en esa incesante revelación que le entregaba a él en las imágenes múltiples de una sola imagen inalcanzable, imágenes excitantes, pornográficas, deseables, imágenes de una absoluta lejanía y una radical dulzura, propicias para el ensueño y la exasperación, visibles con una evidencia hecha toda de ternura, de deseo y de violencia y disolviéndose en la oscuridad del recuerdo igual que si regresaran al cuarto oscuro del que habían salido, a pesar de que Mariana estaba allí, y él miraba las fotografías extendidas en el piso, colocadas sobre una mesa, apoyadas en el respaldo del sillón, conmovido e impaciente, tratando de evocar y repetir a través del deseo el rito absurdo al final del cual la había tenido sin saber lo que tenía, viendo, mirando, recordando a través de lo que veía, imaginando para que la imaginación enriqueciera su mirada, ese cuerpo que se iba desnudando, la entrega de las piernas, los brazos, las manos con los largos dedos extendidos, la falda levantada que dejaba ver los muslos, el gesto absurdo de un brazo que ocultaba la parte inferior del rostro, esa detención intolerable, la incontenible necesidad de volver atrás, de empezar de nuevo, de que todavía no fuera la desnudez, la entrega, y ver el arco perfecto de las cejas, los párpados cerrados, la insostenible sensualidad del labio inferior, esperar todavía recordando la textura de las mejillas entre los pómulos y la quijada y el hueco entre el cuello y los hombros y de pronto encontrarse mirando ya los pechos, reconociendo los pezones, volviendo a descubrir el ombligo, los calzones mínimos y negros dividiendo en dos el cuerpo largo y esbelto, y su indecible ternura acostada en el piso desde la vergüenza y el abandono, la cara sin edad, la pierna recogida, el vientre expuesto, imagen que no quiere más que olvidarse de su poder y su fuerza, y en ese momento dejar las fotografías y salir a la calle en su busca, o sea, en busca de nadie y darse cuenta de que no hay dónde ir, de que ella no está en ningún sitio o mejor, está en todos que es ninguno, está en su rabioso deseo, en la imposibilidad de comunicarse todavía con Anselmo, y cerrarse sobre el deseo, querer desear hasta sentirla otra vez bajo él, hasta tenerla agitándose como un gusano mientras él la hería por el culo, y sólo sufrir más su necesidad, la naturaleza insustituible de ella, e imaginar otra vez sabiendo que eso es despeñarse en el vacío hasta que lo imaginado y lo real sea uno y lo mismo; pero ahora Mariana está allí, es ella, no cabe duda, puede verla y su figura se adelanta hasta su mirada, entra a ella, es su mirada. La imagen de su amor y su deseo palpable. Esteban la ve. Toda la fila de reclinatorios se borra y reaparece. Es como si hubiera salido a la calle y sin esperarla la encontrara. La realidad llenándose.

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