Thursday, June 28, 2012

28 de junio de 2012

cia sin dejar de relacionarlo con la figura de Mariana, arrodillada detrás junto con dos mujeres más y un hombre desconocidos para él, atenta a las acciones de los niños, no vigilante sino a veces deslumbrada a veces ausente, volviéndose de vez en cuando a mirar al hombre a su lado, perfectamente reconocible en cada uno de sus rasgos, de sus gesto, sorprendente en algunas de sus actitudes, seria y como concentrada en su propio continente de un modo que hacía más indudable y visible al apariencia de su cuerpo austero y disponible, marcado por el incrédulo deseo de Esteban, del rostro con los párpados bajos en el que él nunca logró encontrar la mirada de los ojos amarillos, el hueco entre el cuello y los hombros donde Esteban había respirado con la cara hundida en la piel, sintiendo las manos de ella en su espalda, y sin embargo, desconocida, inexplicable también, como si fuera dueña igualmente de una inocencia que anulara cualquier posibilidad de un propietario único para esa figura, incluyéndola a ella misma, y la dejase en manos de toda mirada, todo gesto que la llevar a manifestarse.
Esteban la había visto levantarse a comulgar, había sorprendido la mirada del niño en ella y su sonrisa  ante esa mirada, la había sentido en todo momento ocupando su lugar, sabiéndose contemplada sin pensar en ello, al frente de la ceremonia, recibiendo con su maravillosa boca apenas entreabierta la hostia que ponía sobre su lengua la mano cuidada de un cura culpable sin duda y que la miraba al hacerlo. Era Mariana, pero ella no lo sabía y al mismo tiempo no podía dejar de saberlo. Culpable de ser Mariana, inocente por ser Mariana. Detrás de los niños ahora, en otro papel, que también le correspondía. Esteban toma unas fotografías más. El hombre arrodillado junto a Mariana lo está mirando. tiene un aspecto que esteban aprueba, inseguro y melancólico cuando supone que nadie lo ve y quizá comprende aquello por lo que acaban de pasar los niños. Esteban vuelve a retratar a las dos figuras vestidas de blanco cuyos ojos no se apartan del altar.
Fray Alberto dice ya en voz alta las últimas oraciones arrodillado en el últio escalón. Su voz cadenciosa, buscadamente aguda, monótona, se mezcla con la de la monja. Después, se levanta y sale. El altar queda vacío. Un momntáneo cintilear de los cirios; el perfume de las flores que va a quedarse solo. Los dos monaguillos han seguido a fray Alberto. La música se reinicia. La monja se pone de pie, se acerca a los niños y les nidica que deben emprender el desfile hacia afuera. Es una pausa intolerable; ahora es imposible aceptar que todo ha terminado. Cargado con sus luces y cámaras, Esteban se precipita hacia la entrada para retratar a los niños mientras salen.

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