Thursday, June 7, 2012

7 de junio de 2012


y nadie para verla, sin contarnos a Anselmo y a mí que estábamos adentro.
Busca un orden. Una palabra tras otra hasta levantar una torre, esbelta y firme como el cuerpo de Mariana. Así se hace: acostado en una cama, cerrado en un cuarto, viendo sin ver, oyendo sólo las palabras que no dices, perdido en un ensueño que alimenta el deseo disuelto. ¿Será posible que Anselmo esté en un avión ahora? Sólo Mariana es real y no sé dónde está. Estaba sentada de nuevo e en el sillón cuando regresé con la cámara y las luces. Tenía las piernas cruzadas y los brazos apoyados en los brazos del sillón. Se quedó quieta mientras encendía las lámparas. Fue una pausa bajo la luz total que se hizo de pronto. La fotografía borra el espacio antes de mostrarlo. Mariana se veía absolutamente sola y asustada, quizás. Dio un trago del vaso que tenía en la mano. “¿Y ahora qué?”, preguntó. “Vas a ser la modelo de Esteban”, dijo Anselmo. La primera vez que disparé todavía estaba en la misma posición. Luego se inclinó para bajar el cierre de sus botas. Ella, por su cuenta. Sus piernas desnudas eran el principio de algo para lo que no hay palabras. Unos pies perfectos. Era como si se protegiera mostrándose. Lo mismo que con los gestos. Y la voluntad de obedecer. O la necesidad. ¿Por qué una voluntad, por qué una necesidad? Mariana no se tiene.
Se echó hacia atrás en el sillón, levantó un brazo, como siempre, pero ahora con la copa en la mano, y alzó una pierna. Le tomé muchas fotos allí. Ni siquiera sé dónde estaba Anselmo todo ese tiempo. Ni tampoco al levantarse ella. Sólo volví a verlo cuando la regresó al sillón y quiso quitarle el suéter. “No, espera”, dijo Mariana y lo que se quitó fue la falda. No había dejado de beber, pero era otra cosa además. La cámara la transformaba. Estoy segura de que en ninguna foto es la misma. Sin falda sus piernas son interminables, como su espalda cuando se inclinó a bajar el cierre de las botas. Mariana sólo puede compararse consigo misma. Pero tú la estás evocando. Repetirla en palabras. Mi fantasma de Mariana. No podía ser más visible cuando se quitó el suéter, mirando hacia la pared, de espaldas a nosotros. El gesto fue de un desprendimiento que la despojaba por completo dejándola sola con la decisión de ofrecerse. Imaginé la cara que no podíamos ver y cuando se volvió era exactamente ésa. Pero antes de espaldas, su cuerpo dividido en dos por el calzón. La imposible relación de su cintura y sus caderas. Y sus nalgas que todavía no veía y por las que he entrado oyéndola quejarse y sintiéndola abrirse al mismo tiempo, inexistente ya, un puro recipiente del deseo, rota en su placer, cuerpo sin cuerpo entre dos cuerpos y centro sin fondo pero que marcaba el límite, el espacio del grito y su abso-

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