Monday, June 18, 2012

18 de junio de 2012

del día. Imposible preservación. Alrededor todo es movimiento. Desde que se dejó atrás la doble casa después de la difícil operación de acomodo, mientras el aspecto de las calles y las construccciones que la cercan cambian continuamente sin llegar a tomar forma, el tiempo fluye imperceptiblemente, sin ninguna sustancia material, más transparente que la misma luz, pero, como ella, se ve ensuciado sin cesar por ese inevitable precipitarse sobre sí mismo que no se muestra más que en la cada vez menos agradable tarea de decidir cuál es la ruta más rápida y adecuada, más adecuada por rápida, provocando la perentoria impaciencia de la tía Eugenia.
---¡No vamos a llegar nunca! A estas alturas la hostia debe estar ya en lo alto. ¡La elevación, Esteban! ¿Tú sabes lo que es eso?
Está sentada en el asiento delantero del pequeño coche, junto a su sobrino, y su voluminosa figura con el bastón de ébano y puño de marfil al lado de la pierna derecha y la larga y blanca mano cubierta de pequeñas pecas en el dorso apoyada en la puñadura de tal modo que los cuidados dedos doblados no dejan ver el único anillo que se permite usar todavía porque no se lo quita nunca, ocupa tdo el espacio, no del supuestamente amplio interior del coche al que ha sido tan complicado que entrara, sino del mundo. Hay algo en su belleza que desafía todo. Esteban la quiere y la respeta. Enmarcados por el pelo blanco, en sus perfectas facciones los ojos azules guardan y conservan un fulgor en el que se preserva quién sabe qué oculto sueño. Por eso era imposible que dejara de obedecer cuando su tía Eugenia le pidió que las acompañara a ella y su otra tía a la primera comunión de unos sobrinos desconocidos para él y que les tomara fotografías. La ironía no disimulaba la ilusión de su tía. Ella que nunca sale iba a trasladarse hasta un convento situado en el otro extremo de la ciudad. No en el otro extremo: en lo impensable, lejos de la casa alrededor de la cual todo gira. Han salido, tarde por culpa de Esteban, han entrado al coche, su tía Delia atrás, su tía Eugenia adelante, aunque la operación de acomodo no ha sido sencilla en ninguno de los dos casos, y ahora la tía Delia contempla con mirada ávida el espectáculo de los árboles que se adelantan hacia ellos abriéndose de pronto para dejar admirar el surtidor de una fuente. Tal vez la ciudad no es bella; hay demasiado ruido, ese inalterable rumor de enjambre que se escucha ininterrumpido desde su cuarto o la sala y que empezó a invadir la tarde mezclándose con los habituales gritos y el timbre de la escuela sin que ella recuerde cuándo; esas elegantes construcciones modernas, como dice Eugenia, han dejado en efect las casas conocidas aisladas como islas en medio de derrumbes y altos fresons solitearios rodeados siempre de au-

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