Wednesday, June 13, 2012

12 de junio de 2012


balcón cuando Anselmo la desnudó por completo y por eso apoyó el pezón en mi brazo al regresar. Bailar los tres juntos con Mariana en el centro, dándole vuelta continuamente, que Anselmo me la entregara a mí, que yo se la devolviera a Anselmo. Ella ya no era más que en nosotros y nosotros sólo queríamos dársela al otro. Pero Mariana estaba más presente que nunca entonces. Su sonrisa de complicidad y alegría… Saberse desnuda más allá de toda desnudez. La piel de Anselmo en su espalda, la mía en sus pechos; mi sexo en sus nalgas, las piernas de Anselmo entre las de ella; sus manos en el cuello de él, mi boca en su boca. Su boca. Toda ella está allí. No. Ella no está en ningún lado. Pero llegar a su boca fue una detención. No lo supe en ese momento. Luego estábamos los tres en el piso, besándola, y Anselmo dijo: “Vamos al cuarto.” ¿De quién era allí Mariana, en el piso, entregada a nosotros? De nadie más que de ella misma.
Si vuelvo a verla no sabría cómo hablarle. Sólo puedo imaginarla aquí, en este cuarto, en esta casa. Todo cerrado. Imaginarla; repetirla. ¿Para llegar a dónde? Lo que imagino empieza y termina en su cuerpo. Ella acostada en esta cama, desnuda como un árbol, vestida de sí misma, con los ojos cerrados, Anselmo al lado, ella tendiendo el brazo hacia mí, “Ven, cógeme”. Tú solo.” Su boca entreabierta dejando ver los dientes, la cabeza echada hacia atrás, el pelo castaño y yo sabiendo que iba a entrar en ella, allí, donde había estado Anselmo, que ahora ella me estaba esperando. “Ven, ya, ven.”
Afuera está la escuela. No sé qué hora es. El jardín debe estar vacío. El tiempo de las clases. Todo es pausa. Una inmovilidad. Vivimos entre un abismo y otro, brincando hacia el punto de apoyo, sin darnos cuenta. Tú miras salir a las niñas desde la ventana y es muy bello. El momento en que se desparraman, primero en el jardín y luego afuera, en la calle. Siempre desde la ventana, imagen a través de la ventana. Mariana como una imagen. Encontrarla de pronto avanzando hacia ti en la calle. Saber que iba a llegar. Ese instante. Ya la había visto. ¿Y ella  a ti? No, todavía no. Mariana vestida… Sólo puedes ver una falda gris. No puedes ver nada. Su cara es lo que importa y lo que le dirías. Te diría: “Hola, Mariana” y tú te detendrías, alta y esbelta, no avergonzada ni sorprendida, dejando de caminar nada más. Tú quieta y lo demás girando a tu alrededor. Mariana con su falda gris, su suéter negro, sus botas. No traería nada debajo y yo lo sabría. ¿Dónde podría ocurrir eso? Tiene que pasar. La dejé ir como si lo más fácil del mundo fuera volverla a ver. Lo real tiene tal evidencia que no deja pensar, ni prever. Estabas cansado, querías dormir. No es cierto. Te molestó que ser fuera con Ansel-

No comments:

Post a Comment