balcón cuando Anselmo la desnudó por completo y por eso
apoyó el pezón en mi brazo al regresar. Bailar los tres juntos con Mariana en
el centro, dándole vuelta continuamente, que Anselmo me la entregara a mí, que
yo se la devolviera a Anselmo. Ella ya no era más que en nosotros y nosotros
sólo queríamos dársela al otro. Pero Mariana estaba más presente que nunca
entonces. Su sonrisa de complicidad y alegría… Saberse desnuda más allá de toda
desnudez. La piel de Anselmo en su espalda, la mía en sus pechos; mi sexo en
sus nalgas, las piernas de Anselmo entre las de ella; sus manos en el cuello de
él, mi boca en su boca. Su boca. Toda ella está allí. No. Ella no está en
ningún lado. Pero llegar a su boca fue una detención. No lo supe en ese
momento. Luego estábamos los tres en el piso, besándola, y Anselmo dijo: “Vamos
al cuarto.” ¿De quién era allí Mariana, en el piso, entregada a nosotros? De
nadie más que de ella misma.
Si vuelvo a verla no sabría cómo hablarle. Sólo puedo
imaginarla aquí, en este cuarto, en esta casa. Todo cerrado. Imaginarla;
repetirla. ¿Para llegar a dónde? Lo que imagino empieza y termina en su cuerpo.
Ella acostada en esta cama, desnuda como un árbol, vestida de sí misma, con los
ojos cerrados, Anselmo al lado, ella tendiendo el brazo hacia mí, “Ven,
cógeme”. Tú solo.” Su boca entreabierta dejando ver los dientes, la cabeza
echada hacia atrás, el pelo castaño y yo sabiendo que iba a entrar en ella,
allí, donde había estado Anselmo, que ahora ella me estaba esperando. “Ven, ya,
ven.”
Afuera está la escuela. No sé qué hora es. El jardín debe
estar vacío. El tiempo de las clases. Todo es pausa. Una inmovilidad. Vivimos
entre un abismo y otro, brincando hacia el punto de apoyo, sin darnos cuenta.
Tú miras salir a las niñas desde la ventana y es muy bello. El momento en que
se desparraman, primero en el jardín y luego afuera, en la calle. Siempre desde
la ventana, imagen a través de la ventana. Mariana como una imagen. Encontrarla
de pronto avanzando hacia ti en la calle. Saber que iba a llegar. Ese instante.
Ya la había visto. ¿Y ella a ti? No,
todavía no. Mariana vestida… Sólo puedes ver una falda gris. No puedes ver
nada. Su cara es lo que importa y lo que le dirías. Te diría: “Hola, Mariana” y
tú te detendrías, alta y esbelta, no avergonzada ni sorprendida, dejando de
caminar nada más. Tú quieta y lo demás girando a tu alrededor. Mariana con su
falda gris, su suéter negro, sus botas. No traería nada debajo y yo lo sabría.
¿Dónde podría ocurrir eso? Tiene que pasar. La dejé ir como si lo más fácil del
mundo fuera volverla a ver. Lo real tiene tal evidencia que no deja pensar, ni
prever. Estabas cansado, querías dormir. No es cierto. Te molestó que ser fuera
con Ansel-
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