El olor de esta cama y del cuarto y
de la casa. Debe estar por todos lados. Este estar acostado a oscuras y si paso
las manos por mi cuerpo son las de ella. Pero no me excito, sino que recuerdo.
Ya todo es mental. Sin embargo, si entrara ahora, si no se hubiera ido, si
apareciera por esa puerta, desnuda, dejando ver el triángulo negro de su sexo y
su ombligo tan plano y extendido donde puse el dedo y su cintura y sus caderas
inverosímiles y se acercara. Tiene una frente recta y estrecha y el arco de las
cejas más perfecto que he visto. De entre las dos sale una raya vertical a
veces. ¿Por qué lo hizo Anselmo? No fue adrede, lo sé. Tenía miedo de irse de
pronto; pero venía con ella. ¡Qué despedida! No tiene derecho a dejarme así.
¿Pero cómo es? Tal vez él no le da importancia a ella y yo tampoco tengo por
qué dársela. Un objeto también. Imposible. Anselmo la miraba cuando se sentó
como yo sé que puede mirar. La nostalgia de la perfección y lo fugaz. Uno toma
fotografías por eso. Sólo lo inmóvil cuenta; pero lo inmóvil está muerto.
Entonces se puede ir a Japón a contemplar jardines de arena. Dijo: “esta es
Mariana. Está bien, ¿no?” Ella se rió. “No me mires así.” Tiene una voz cada
vez más ronca, que no es bonita y luego es todo. “¿Qué me están haciendo?”, dijo
de pronto con una cara de sorpresa en la que estaba el gusto por la ofensa, por
el hecho de mostrar que la reconocía como ofensa y la aceptaba como un
homenaje. Y uno sabía que no podía estar más seductora y adoraba que pudiese
fascinarse de tal modo a sí misma, hasta el olvido total, hasta ser su primera
víctima.
Crear una secuencia narrativa para
mí solo, por el placer de repetir. Da lo mismo que se abran los ojos: todo se
borra alrededor. No existe este cuarto que ahora llega hasta mí. Puedo mirar
los cuadros y las paredes y la ventana. Cuando entramos acá desnudos todos ya,
Anselmo me pidió que dejara la puerta abierta para que entrase luz. Mariana
tenía y la mano en mi sexo. Me deseaba a mí. Lo supe cuando se acercó, sin ropa
sólo con sus calzones negros, y apoyó un pezón en mi brazo y lo movió. La
música era indispensable como ayuda en ese momento. Sabía que me iba a echar
los brazos al cuello y tendría todo su cuerpo pegado al mío, ese cuerpo que
acababa de ver, largo, esbelto, con los pechos tan separados. La gente no se
desnuda así, como ella lo hizo. Pero no era este cuarto sino la sala. No veas
nada. Recuerda. Mientras Anselmo decía: “Voy a ser un monje con hábito amarillo
y la cabeza rapada”, ella estaba quiera, sentada en mi sillón, con las piernas
cruzadas. Vi sus rodillas y pensé que tenía un aspecto muy serio y sensual,
pero quién sabe dónde estaba la sensualidad. La llevaba consigo y no la negaba
en ningún momento, pero tampoco le pertenecía, no a la que quería ser en ese
instante. Ella
No comments:
Post a Comment