arbitrariedad. Yo en la rotonda,
besando a quien sé tan bien, unos labios fríos como el cemento de las bancas y
Anselmo llegando a buscarme. Salir al parque y empezar a caminar por las calles
vacías, bajo los fresnos, con las luces entre las ramas y una niña entre los
dos. ¿Es siempre lo mismo? Jamás, desgraciadamente. No tiene nada que ver.
Finalmente se toman fotografías para que todo se quede quieto. Y uno gana
dinero con eso y la fotografía se borra también. Anselmo lo ha hecho mejor.
Pero ahora quiere desaparecer. No se llega con alguien como Mariana cuando al
día siguiente se va uno al Japón. Un monje con hábito amarillo y la cabeza
rapada. Idiota. La gente que más entiende de todo. Mariana oyendo en verdad los
poemas, tal vez, y en cambio oyéndolo, sin escuchar, hablar sólo conmigo de
nosotros. Sin escuchar, quién sabe. Te gusta que sea así. Puedes recordar mejor
su figura. Desnuda bajo la falda y el suéter, con botas, empezando a beber.
Una disponibilidad. A ella le
complacía venir con Anselmo. Estaba con él, acompañándolo en su última noche y
dejaba ver que, en medio de toda la intimidad entre Anselmo y yo, ella sabía
cosas que yo no podía conocer. Las mujeres tenemos una relación distinta. Sin
decirlo. Sólo la actitud. Jamás pretendió comentar nada que pudiera parecer
inteligente. Me sentí inquieto cuando empezó a caminar por la casa. “¿Vives con
unas tías entonces?” “No. Ellas ocupan la parte de abajo. Pero esto es
totalmente independiente. Ya lo viste al entrar.” Mariana viniendo ahora a esta
casa, sola. Tengo sus fotografías. Todo es ridículo. Lo imborrable de algo
inexplicable. “Mira, ésta es Mariana.” Su mano en la mía y ella quitándose el
abrigo. La sensación de mi casa mientras ella iba de un lado a otro y Anselmo
ponía finalmente el libro en el librero, con todo cuidado, como siempre, aunque
no se diera cuenta, igual que lo hacía en su cuarto cuando todavía vivía con su
madre.
Resplandeces desde el más absoluto
desorden, tirada aquí, en la cama, a mi lado, al lado de Anselmo, tu cuerpo sin
fin, de nadie. “¿Qué me están haciendo? No. Sí. Háganmelo.” Mis manos se
encuentran las de Anselmo en tus pechos, en tu estómago liso como un espejo, tu
boca se tiende hacia adelante y no sabe qué labios llegarán a ella, beso tus
piernas desde tus pies perfectos y veo en mi ascenso la cabeza de Anselmo que
ha apoyado la cara en tu estómago. Tu dolor al entrar yo por detrás, la
sensación de estarte abriendo. Pero tú no eres más que una superficie que gime
y se retuerce.
Anselmo se sentó junto a
ti en el sillón cuando regresaste al que ha era tu lugar. Primero te besó en el
cuello mientras tú me hablaba, ajena por completo en apariencia a ese beso o
sin tener que pensar
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