Monday, June 4, 2012

4 de junio de 2012


arbitrariedad. Yo en la rotonda, besando a quien sé tan bien, unos labios fríos como el cemento de las bancas y Anselmo llegando a buscarme. Salir al parque y empezar a caminar por las calles vacías, bajo los fresnos, con las luces entre las ramas y una niña entre los dos. ¿Es siempre lo mismo? Jamás, desgraciadamente. No tiene nada que ver. Finalmente se toman fotografías para que todo se quede quieto. Y uno gana dinero con eso y la fotografía se borra también. Anselmo lo ha hecho mejor. Pero ahora quiere desaparecer. No se llega con alguien como Mariana cuando al día siguiente se va uno al Japón. Un monje con hábito amarillo y la cabeza rapada. Idiota. La gente que más entiende de todo. Mariana oyendo en verdad los poemas, tal vez, y en cambio oyéndolo, sin escuchar, hablar sólo conmigo de nosotros. Sin escuchar, quién sabe. Te gusta que sea así. Puedes recordar mejor su figura. Desnuda bajo la falda y el suéter, con botas, empezando a beber.
Una disponibilidad. A ella le complacía venir con Anselmo. Estaba con él, acompañándolo en su última noche y dejaba ver que, en medio de toda la intimidad entre Anselmo y yo, ella sabía cosas que yo no podía conocer. Las mujeres tenemos una relación distinta. Sin decirlo. Sólo la actitud. Jamás pretendió comentar nada que pudiera parecer inteligente. Me sentí inquieto cuando empezó a caminar por la casa. “¿Vives con unas tías entonces?” “No. Ellas ocupan la parte de abajo. Pero esto es totalmente independiente. Ya lo viste al entrar.” Mariana viniendo ahora a esta casa, sola. Tengo sus fotografías. Todo es ridículo. Lo imborrable de algo inexplicable. “Mira, ésta es Mariana.” Su mano en la mía y ella quitándose el abrigo. La sensación de mi casa mientras ella iba de un lado a otro y Anselmo ponía finalmente el libro en el librero, con todo cuidado, como siempre, aunque no se diera cuenta, igual que lo hacía en su cuarto cuando todavía vivía con su madre.
Resplandeces desde el más absoluto desorden, tirada aquí, en la cama, a mi lado, al lado de Anselmo, tu cuerpo sin fin, de nadie. “¿Qué me están haciendo? No. Sí. Háganmelo.” Mis manos se encuentran las de Anselmo en tus pechos, en tu estómago liso como un espejo, tu boca se tiende hacia adelante y no sabe qué labios llegarán a ella, beso tus piernas desde tus pies perfectos y veo en mi ascenso la cabeza de Anselmo que ha apoyado la cara en tu estómago. Tu dolor al entrar yo por detrás, la sensación de estarte abriendo. Pero tú no eres más que una superficie que gime y se retuerce.
Anselmo se sentó junto a ti en el sillón cuando regresaste al que ha era tu lugar. Primero te besó en el cuello mientras tú me hablaba, ajena por completo en apariencia a ese beso o sin tener que pensar

No comments:

Post a Comment