transofrma sus rostros o los muestra en su auténtica medida, como nadie sabe que son, como en verdad son. Tal vez la alada transparencia del mármol, despojada de su peso, podría fijar ese éxtasis en el que la herida se convierte en un desconocido placer. Son nada más una niña y un niño, ella uno o dos años mayor, vestidos con la imitación de un hábito blanco en el que todo se ha simplificado, con un sencillo crucifijo de madera colgando sobre el pecho. Están de rodillas, con la mirada fija en los movimeintos del oficiante, y son muy bellos. Se parecen y no se parecen. Las facciones de él son más espirituales; las de ella no abandonan su feminidad. Es la misma boca tierna y sensual; la nariz es más aristocrática y perfecta en uno, más personale en ella; la frente de la niña es amplia y abombada, la de él estrecha; la cara de él menos alargada que la de ella; la forma de la cabeza, con el pelo rubio, con el pelo castaño, descansando en un cuello increíblemente largo y frágil, es igualmente perfecta en su diferencia, predominantemente inteligente en él, seductora a partir de su originalidad y su irreductible carácter en ella; pero cualquier separación es una semejanza. Se trata siempre del misterio a través del cual se muestra la inocencia. Su propio rapto les es ajeno. Los han instruido sobre la manera como deben comportarse y ellos han encontrado la obediencia. Siguiendo órdenes las sobrepasan y les devuelven su sentido original. Algo va a entrar a ellos, se alojará en su cuerpo, se quedará allí, adentro, protegido y seguro en ese espacio cerrado, y ese algo, siempre invisible, que no termina de aparecer nunca y se resiste a mostrarse, es la divinidad.
Pasa la elevación y fray Alberto Gurría se acerca a hablarles a Mercedes y Luis antes de darles por primera vez la comunión. Sabe cada una de sus palabras. El sermón es banal y falso para él. Pero en la atención de los niños descubre lo que esperó encontrar tanto tiempo atrás algún día. Eso se ha perdido. En su lugar hay un oficio como cualquier otro. Se vive en un convento y se dice misa y se escuchan desde la reclusión de un confesionario, aislado y distante en esa garita sin fondo, habiendo perdido el rostro, las susurradas palabras del mundo y se asiste a muertes untando aceites en pieles frías y marchitas, se pone sal en la boca de bebés berreantes lujosamente ataviados y se vierte agua en su frente dándoles una identidad, se casa a parejas ingenuas o impuras, se asiste a la desgarradora ceremonia por la que uno también entró al oficio y alguna vez, al amanecer, antes de regresar a la celda, se respira un aire tan diáfano que es irreconocible o en la capilla de un convento de monjas se enfrenta uno, en la cara de sus sobrinos, de los que ha perdonado un día antes los pecados, con el rostro de la primera comunión. Uno es culpable en-
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